Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017)

Cuando se anunció la secuela de Blade Runner (1982) temí lo peor, una adaptación de uno de los films más representativos de la historia, en una época llena de refritos, secuelas y blockbuster facilon donde prima los efectos especiales y la acción, no me inspiraban mucha confianza. Y más teniendo en cuenta lo que hizo Ridley Scott con Prometheus (2012). Temía algo parecido. Pero el marrón se lo pasaron al director Denis Villeneuve que tras la genial La llegada (2016) parecía el hombre indicado para llevar a cabo dicho proyecto. Y por suerte no defraudó.
Blade Runner 2049 es una más que digna sucesora de la original y una de la mejores películas hechas en lo que llevamos de año. Villeneuve a sabido coger lo que hizo grande a la primera y darle su toque propio de director, un estilo que recuerda a la de La llegada. Del mismo modo Blade Runner 2049 cuenta con un ritmo lento, su puesta en escena y sus grandilocuentes planos nos ponen en situación de lo que vamos a ver, y es que a nadie le engañe, aquí no vamos a encontrar un peli llena de acción como las que estamos acostumbrados a ver últimamente.
La historia transcurre treinta años después de los sucesos del primer film. K (Ryan Gosling) es un Blade Runner a la caza de los últimos replicantes conocidos como Nexus 8. La búsqueda de uno de ellos le conduce a la pista de Rick Deckard (Harrison Ford), un ex-Blade Runner que lleva desaparecido treinta años.
Lo primero que llama la atención es la increíble belleza de sus planos, la fotografía es preciosa en todo momento, el mundo de Blade Runner se reconoce en seguida aunque ahora todo es como más limpio y frío, alejándose un poco de lo oscuro y sucio de los escenarios de la primera, a la vez que el neón, la lluvia o la arena siguen haciendo acto de presencia, pero es sin lugar a dudas una peli visualmente preciosa con una atmósfera sobrecogedora. Del mismo modo, la banda sonora ahora corre a cargo de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch, por lo que el estilo se aleja de la de Vangelis y nos recuerda mucho al estilo y ritmo ofrecido en Dunkerque (2017).
La historia se mantiene fiel a la idea de las emociones tan humanas que muestran los replicantes, el eslogan más humanos que los humanos es el reclamo de la trama Blade Runner y de la novela original de Philip K. Dick en la que se basa ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?. A pesar de que quedó bastante claro el final de la original, tras sus cuarenta mil versiones y montajes distintos, aun parece que hay bastantes dudas sobre la naturaleza de Deckard, y lo curioso es que tampoco nos los aclaran en esta. Lo que sí nos cuentan es lo que pasó con Rachel y el secreto que ocultó junto con Deckard, un secreto del que está muy interesado el señor Wallace y el cual podría suponer toda una revolución en el mundo de Blade Runner. La trama es buena y mantiene la atención del espectador, quizá sea algo más compleja y rebuscada aunque pierde un poco el tono filosófico de la primera, no tenemos frases tan grandes como las contadas por Roy. 


 En cuanto al reparto, el protagonismo se lo lleva Ryan Gosling como el nuevo Blade Runner, Gosling no me parece un actorazo en el hecho de transmitir emociones, pero en esta ocasión, por la situación y los hechos de peli, su estilo “particular” interpretativo encaja perfectamente. Por su parte, Harrison Ford haciendo de Rick Deckard es Harrison Ford haciendo de Harrison Ford, ya sabemos que no tiene problemas en interpretar a sus viejos personajes tan queridos. También tenemos a Robin Wright como la supervisora de K o a Ana de Armas como una especie de novia virtual del prota. Uno de los que más destacan en la peli ha sido Jared Leto como Niander Wallace, el dueño y creador de los nuevos replicantes, con lo poco que sale Jared demuestra una vez más que es uno de los mejores actores del panorama actual. La sorpresa la ha dado Sylvia Hoeks, una actriz poco conocida que interpreta el papel de villana, el cual realiza más que correctamente. Destacar también el papel de Dave Bautista y la querida reaparición de Edward James Olmos, aunque sea de manera testimonial. Quizá lo que le ha faltado al reparto es contar con un personaje de la talla de Roy Batty, aunque lo mostrado es más que bueno.
Sin duda alguna, Blade Runner 2049 es una muy digna secuela, mantiene su ritmo sin caer en la trampa de las películas actuales, no es un blockbuster al uso y por lo tanto no gustará a todo el mundo, algo que ya pasó con la primera. Tampoco se la considerará mejor que la primera, pero eso es algo que ya se espera, no creo que nadie esperara que fuera mejor que la original. Aun así, es de lo mejorcito que hay actualmente, una peli muy equilibrada, ¿se podría haber hecho mejor? Sin duda. Pero en los tiempos que corren era más probable hacerla peor. Blade Runner 2049 es junto a Mad Max: Fúria en la carretera (2015) el ejemplo de como se tienen que hacer secuelas hoy en día, ojalá Ghost in the shell (2017) hubiera seguido ese camino.


Drácula (Tod Browning, 1931)

Renfield es un abogado que viaja desde Inglaterra a lo más profundo de Transilvania para encontrarse con el Conde Drácula, sin embargo, en cuanto lo comunica a los habitantes de un pueblecito a mitad de camino, estos le aconsejan que no prosiga con su camino hasta la mañana siguiente, ya que las montañas esconden misterios que se rebelan durante la noche. En contra de los consejos, el abogado, que tiene interés por cerrar el negocio de la venta de una abadía en Londres y que no tiene miedo de las habladurías, sigue con el viaje y se encuentra con el Conde en su viejo castillo, un sitio abandonado y gobernado por la muerte. Tras unos primeros instantes un tanto incómodos, Renfield se pone al trabajo y le ofrece los papeles de la compra, pero, en mitad de ello se corta con una hoja de papel, y una pequeña herida en el dedo le empieza a sangrar, algo que lleva a Drácula y a sus esposas a perder el control, convirtiéndolo en algo más que un abogado, en su siervo. Tras una ajetreada travesía, en la que todos los marineros mueren, Renfield y las pertenencias de Drácula llegan a Londres. Mientras que el abogado es encerrado en un sanatorio, las cajas del Conde son trasladadas a su nueva propiedad en Londres, desde dónde el vampiro causará estragos mientras que el profesor Van Helsing empezará a seguir las pocas y sutiles pistas que deja tras él.
Aunque la primera película de vampiros destacable es Nosferatu (1922) de F. W. Murnau, un descarado plagio de la obra de Bram Stoker, la realidad es que la que marcó el pistoletazo de salida a las adaptaciones de las obras del autor irlandés, será la producida por Universal y protagonizada por Bela Lugosi, que además abría una nueva etapa del cine de terror.
El joven productor y fundador de la Universal, Carl Laemmle Jr., vio en la historia del escritor irlandés, adaptada ilegalmente por el expresionismo alemán, un éxito comercial, así que no dudó en adquirir los derechos de la historia de forma adecuada y proyectó llevarla a la gran pantalla al estilo de El jorobado de Notre Dame (1923) y El fantasma de la ópera (1925).
El ritmo de la película dirigida por Tod Browning es cuanto menos teatral, pero no es de extrañar cuando se basa en el guión de la adaptación para los escenarios de la novela gótica de Bram Stoker, escrita por Hamilton Deane y John L. Balderston. Y es que además, aunque en un principio no convenciera al productor y al director, el escogido para el papel fue Bela Lugosi, un actor de origen similar al personaje que estaba dando vida a Drácula en Broadway, que se impuso frente a otros actores de la talla de Paul Muni o Lon Chaney. Y, aunque de rebote, la elección fue cuanto menos acertada, ya que Lugosi consiguió crear un icono de la cultura popular contemporánea, ya que a pesar de carecer de grandes dotes artísticas supo combinar un elegante porte de galán con unas expresiones y unos movimientos aterradores que dieron al personaje la dicotomía que todos conocemos.
La historia de Drácula siempre producirá terror en la mente del público —aunque sea por su pésima adaptación como la más reciente protagonizada por Luke Evans—, sin embargo, estamos hablando de una película de hace más de ochenta años, por lo que es inevitable que no nos produzca el mismo terror que al público de cuando se estreno. Aún así, el halo de oscuridad que envuelve toda la cinta, con fuertes contraluces, con unos blancos muy brillantes y muy bien situados —como en los ojos de Drácula— y los largos silencios ausentes de banda sonora, más propios del cine mudo, hace que la sensación de intriga, que no terror, nos lleve a quedarnos pegados a la pantalla hasta el final. Una obra maestra del cine clásico.

Mars Attacks! (Tim Burton, 1996)

Películas sobre invasiones extraterrestres se han hecho muchas. La mayoría han sido de terror, suspense o de acción, pero evidentemente también ha habido hueco para la comedia. Mars Attacks! no deja de ser una parodia de los clásicos de ciencia ficción con mucho humor negro y mucha ironía, es por eso que esta película se ha convertido en un clásico dentro del género.
La trama no deja de ser la clásica invasión, en este caso, marciana. Un montón de platillos volantes procedentes de nuestro planeta vecino llegan a la tierra y lo que parece un primer encuentro pacifico y amistoso se vuelve en una matanza terrestre. Los militares intentan hacerle frente pero el poder de destrucción marciana es muy superior.
Hasta ahí no hay nada diferente de cualquier tipo parecido de película pero el tono cómico es su gran baza. Mars Attacks! es una parodia de las películas "yankees" propias de los años cincuenta/sesenta durante la guerra fría, donde Estados Unidos son los buenos y el resto del mundo los malos, inserte aquí comunistas, vietnamitas, oriente medio, marcianos, etc. Y por supuesto con todos los tópicos y clichés de la época. Tim Burton ha sabido dotar al film con ese toque irónico y conseguir reírse de uno mismo, tenemos escenas divertidas, absurdas y totalmente delirantes, y es que estos marcianitos bajitos y cabezones son bastante gamberros y les gusta "liarla parda".
La película tiene ese toque de cine de serie B y evidentemente los efectos especiales son, digamos, bastantes flojos, pero es algo que encaja perfectamente con el estilo de película, esto no es un Independence Day, no necesitas grandes efectos especiales ni realismo científico, está hecha así de mal a propósito. Los marcianos tienen la clásica apariencia que se imaginaban en los cincuenta, los platillos volantes son los clásicos esos redondo que giran sobre si mismo, los militares tienen esa mentalidad de querer utilizar bombas nucleares para solucionarlo todo y como siempre la resolución del conflicto, la victoria contra los invasores se consigue de manera casual y absurda. El héroe es un don nadie sin ningún tipo de habilidad, por eso esta película me gusta mucho compararla con la de Independence Day porque resultan muy diferentes, de extremos opuestos pero con un planteamiento parecido, además las dos se estrenaron el mismo año por lo que se acentúa más esa diferencia de estilos.
Pero en lo que mejor ha sabido trabajar la película es en su increíble reparto, hay una gran cantidad de actores que podemos reconocer al momento, tenemos a Jack Nicholson como presidente de Estados Unidos, Glenn Close como la primera dama, Pierce Brosnan como el científico guaperas, Martin Short como el secretario de prensa, Sarah Jessica Parker como reportera, Natalie Portman como la joven hija del presidente y muchos más como Michael J. Fox, Annete BeningRod Steiger, Danny DeVito, Jim Brown, Lukas Haas, Jack Black… si hasta sale Tom Jones cantando su famosa canción. De todos ellos Jack Nicholson es quien se lleva la palma, su papel como presidente de Estados Unidos lo convierten en uno de los más creíbles y representativos del cine, con discurso incluido, y eso que esta peli es una comedia.
Evidentemente la trama simplemente es un trámite de tópicos del género, la única pega es que el ritmo se desinfla un poco en su parte final, perdiendo esa frescura que vemos representada en esa primera parte. 
Mars Attacks! ya es uno de esos clásicos del género de ciencia ficción de invasiones extraterrestres y sobretodo de la comedia y la sátira política, uno de esos films que tienes que haber visto al menos una vez en la vida. No por su calidad, si no por lo que representa.

Stargate SG-1 T.6-10 (Syfy, 2002-2007)

En anteriores artículos… Descubrimos el peligro de los Goa’uld, que Teal’c tenía un gusano en el estómago que se llamaba Junior, que los aliens más poderosos del universo, realmente, son pequeños y grises, y, lo más importante, la capacidad de O’Neill para hacer chistes malos… Y ahora, la conclusión.

Después de que la cadena Showtime decidiera no renovar para una sexta temporada Stargate SG-1, sumado con el distanciamiento de Michael Shanks, que apartaba al personaje del Dr. Daniel Jackson de la trama, y al elevado coste que podía tener la producción de un solo capítulo, la serie veía seriamente comprometida su continuidad, pero, para nuestra suerte —sí, digo «nuestra» porqué hubiéramos perdido unos de los hitos de la televisión de ciencia ficción—, la cadena de televisión Syfy decidió adquirir los derechos de emisión, permitiendo que el SG-1 pudiera seguir viviendo sus aventuras a la vez que mataban un gao’uld tras otro.
Sin embargo, si bien se había logrado salvar a la serie, también hubo importantes cambios que hicieron que Stargate, poco a poco, dejara de ser lo que había sido hasta entonces. Pero vamos por partes.
El primer cambio del que somos testigos es de la incorporación de un nuevo personaje al reparto principal, en sustitución de Daniel Jackson. El personaje elegido fue Jonas Quinn —que conocimos al final de la quinta temporada— cuya habilidad de rápido aprendizaje le permitirá ocupar el lugar de «sabio» que había dejado Michael Shanks. Para ser sinceros, Jonas no era Daniel, pero tampoco fue una pérdida tan importante, argumentalmente, pero si para los fans, que hicieron lo imposible para que Shanks reemprendiera el personaje —a pesar de un par de apariciones como un «Ascendido» y dándole la voz al asgardiano Thor—, pero…
¿Pero Daniel Jackson no estaba muerto? No, no. Y no estaba muerto, no, no. Y no estaba muerto, no, no. Estaba tomando cañas… Perdón, quería decir: Estaba de parranda… ¡Uy tampoco!... Estaba con los ascendidos. No estaba muerto, estaba ascendido. No estaba muerto, estaba ascendido.
Después de este momento «rumbero» que no viene muy a cuento con la serie, pero que si viene a explicar muy bien lo que parece un malentendido en la serie. Así que, entre el final de la sexta temporada y el inicio de la séptima, Daniel Jackson regresa, como si no hubiera pasado nada, para ocupar el lugar que Jonas le había mantenido calentito. Personalmente, el momento en el que Jonas se despide del SG-1 es uno de los más tristes, ya que si bien no era uno de los históricos de la ficción, había conseguido hacerse un lugar en ella.
En pocas palabras, después de este cambio, la cosa volvió a la normalidad, sino hubiera sido que la continuidad de la serie se veía amenazada año tras año. Esto provocaba que los productores y creativos creyeran que cada final de temporada era el final de la serie, un hecho que los llevó a cometer algún error de cálculo, pero ninguno como el que tuvo lugar al final del séptimo año. Pensando que la cosa se acababa, las «grandes mentes pensantes» se percataron que, a lo largo de todas las temporadas, habían matado muchos malos pero ningún bueno, así que era imperiosamente necesario que alguien muy querido por la audiencia cayera. Así que, en una jugada no muy bien ensayada, se produjo un patinazo épico, haciendo que la Dra. Frasier, un pilar del Comando Stargate y una de los secundarios de lujo, fuera abatida en el campo de batalla. Siendo sinceros, mejor ella que O’Neill, Teal’c o Carter, pero igualmente, fue un error que más tarde tuvieron que corregir incluyendo una nueva doctora en las dos últimas temporadas. Pero bueno, la baja de la Dra. Frasier no sería la última.
A partir de la octava temporada es cuando se empieza a ver un cambio más radical en la estructura de la serie. En primer lugar, el General Hammond —para mi uno de los mejores personajes junto con O’Neill— dejó la serie por los problemas de salud que Don S. Davis, el actor que lo interpretaba, dejando que fuera el recién ascendido —de rango no de plano de existencia— General O’Neill ocupara su lugar, apartándolo de las misiones que emprendía el SG-1.
Para colmo, Richard Dean Anderson, buque insignia de la serie, para la novena temporada se apartó de la interpretación para dedicarse enteramente a su familia. Y si por un lado hizo alguna que otra aparición esporádica, uno de los pilares de Stargate SG-1 había desaparecido. Pero no te preocupes futuro «gater», o «gatie», o como narices se llamen los seguidores de Stargate, no hay mal que por bien no venga.
La ausencia de Don S. Davies y de Richard Dean Anderson provocó algo que, en la mayoría de ocasiones, necesita una serie de larga duración como esta, una renovación para refrescarla y renovarla de pies a cabeza. Y eso sucedió en Stargate.
Para empezar, en un final trepidante, en los últimos cinco episodios de la octava temporada, las grandes amenazas de los Replicantes y los Goa’uld son borradas del mapa por completo, forzando a que la trama se derive en algo nuevo. A pesar de que Ba’al —al que podríamos llamar «el último de los Goa’uld»— seguirá tocando los c***nes, pero se pasa a ser una trama secundaria, para dejar espacio a unos nuevos enemigos, los Ori. Estos seres ascendidos, al principio parecen un refrito de los Goa’uld, unos seres con poderes superiores a los humanos, sin embargo, a partir de la segunda mitad de la novena temporada y durante toda la décima, esta trama se viene arriba y se vuelve trepidante.
Pero los cambios más destacados son las incorporaciones de nuevos personajes. Al principio se puede pensar que nadie puede llegar a la altura del coronel Jackson, pero para sustituirlo al frente del SG-1 se fichó a Ben Browder —protagonista de Farscape— para que interpretara al coronel Cameron Mitchell, y la verdad sea dicha, consigue llenar el vacío de O’Neill. El personaje es igual de gamberro, pero con una personalidad propia, diferente, incluso más descarada que su predecesor.
Otra de las importante incorporaciones el general Hank Landry que, a efectos prácticos, sustituye al general Hammond. El papel fue a parar a manos de Beau Bridges, que consiguió algo que parecía imposible, presentar un personaje a medio camino entre el descarado O’Neill y el responsable Hammond.
Finalmente, hubo una incorporación que debió ser sorpresa incluso para los responsables de la serie, la del personaje de Vala Mal Doran. Este personaje —interpretado por otra vieja conocida de Farscape, algo que nos harán notar cuando ella y Browder se encuentren y se digan la típica frase de «¿No nos conocemos?»— ya apareció durante la octava temporada siendo un contrapunto perfecto para Daniel Jackson, después pasó a ser recurrente tanto al principio como al final de la novena, para incorporarse al elenco principal para la décima. Vala es la descripción de una chica mala, una contrabandista que no deja de soltar comentarios con doble sentido, mientras no cesa de meterse en líos. A mi parecer, este personaje era necesario, ya que si bien las bromas de O’Neill no dejaban de arrancarnos una sonrisa tras otra, ese era uno de los pocos focos de humor.
Aún con todos los cambios de reparto, de argumento y de estructura, el cambio más relevante que sufrió la serie fue el que O’Neill nos hace notar con una simple y sencilla palabra lanzada al aire: ¿Y ese pelo, Teal’c?
A pesar de que las tramas planteadas a lo largo de las dos últimas temporadas se podrían considerar cerradas durante los últimos capítulos de la serie regular, como sucede con todas las series de largo recorrido, los fans y todo el equipo responsable siempre quieren algo más, lo que podríamos llamar la guinda del pastel, y esto, habitualmente, se traduce en una película, en este caso, dos: Stargate: El arca de la verdad (Robert C. Cooper, 2008) y Stargate: Continuum (Martin Wood, 2008).
En otras ocasiones, las películas darían para un artículo completo, pero en este caso —al igual que sucedió con Star Trek— las películas, que se estrenaron en la televisión en 2008, se podrían considerar como más capítulos. Es decir, los personajes son los mismos, los villanos también, y las tramas se establecen como los capítulos dobles que ya nos ofrecieron durante la serie.
En la primera de las películas, la misión del SG-1 es acabar con la última de los Ori, la hija de Vala, sin embargo las cosas se complicarán con la aparición especial de los replicantes, esos malditos insectos mecánicos que no hacen más que multiplicarse. Mientras Carter y Mitchell intentan controlarlos en una de las naves humanas; Daniel, Vala y Tea'lc emprenderán la búsqueda de la «Arca de la Verdad», un aparato antiguo que tiene la capacidad de acabar con los Ori.
A pesar de que los señores del sistema Goa'uld «teóricamente» estaban muertos, en Stargate: Continuum, descubrimos que hay uno que sigue al pie del cañón intentado hacerse con el dominio de la galaxia, Ba'al. A pesar de que en los últimos capítulos de la serie creímos que habían acabado con él, la jugarreta que hizo con los clones, nos hace ver que el auténtico Ba'al la sigue liando parda y, en esta ocasión, se mete a toquetear la línea del tiempo para acabar con los miembros del SG-1. Pero tranquilos, se trata del SG-1, ¿qué podría salir mal?
Puede que Stargate SG-1 no sea la serie de ciencia ficción más realista, ni más documentada, pero tiene algo de lo que otras series carecen, entretenimiento. Cierto es que hay momentos, como en todas las series de largo recorrido, que se hace un poco pesada, pero la mayoría del tiempo nos divierte con sus guiones, nos entretiene con sus explosiones y, lo más importante, nos hace pasar un buen rato mientras la vemos.