El prestigio de Christopher Nolan. Por Francesc Marí


Todo efecto mágico consta de tres partes o actos. La primera parte es la presentación. El mago muestra algo ordinario. Las películas escritas y dirigidas de Christopher Nolan -dejando a parte las que pertenecen al universo de Batman y DC Comics-, siempre empiezan con algo sencillo. Una cosa pequeña o cotidiana, a quién nadie le da demasiada importancia. Un insecto, una foto o un sueño. Durante los primeros minutos de la película no duda en mostrártelo. Te lo enseña sin reparos, como si no tuviera nada que esconder. Puedes comprobar que tras esa pequeña cosa no se esconde nada, incluso llegas a pensar que es un juego de manos del cineasta para que no prestes atención a lo que realmente importa.
El segundo acto es la actuación. El mago, con eso que era ordinario, consigue hacer algo extraordinario. Nolan coge esa cosa cotidiana y la transforma a su gusto para vertebrar un argumento que va más allá de los límites de nuestra imaginación. Ya desde sus inicios como creador de cine, Christopher Nolan demuestra un talento innato para sorprender al espectador. En Doodlebug -su primer corto en blanco y negro-, lo que parecía ser la lucha de un hombre contra un insecto esquivo, resulta ser un hombre que se persigue a sí mismo. En Following -su primer largometraje, aún en blanco y negro-, un marginado sin futuro se convierte en todo un ladrón de guante blanco. Más adelante, en Memento, lo que en un principio no es más que una foto polaroid, con el paso de los minutos se convierte en la memoria de un hombre que no recuerda nada. En su película más reciente, Origen, nos enseña que los sueños no solo se sueñan, sino que se crean y se comparten, incluso que contienen peligros y reglas. Aunque la que aún sigue haciendo correr ríos de tinta es El truco final, en la que su talento como mago del séptimo arte se hace patente. En todas estas películas, Nolan coge algo simple y banal y consigue hacer algo impresionante, rizando el rizo del argumento.
Pero todavía no aplaudiréis, que hagan desaparecer algo no es suficiente, tienen que hacerlo reaparecer. Por eso, todo efecto mágico consta de un tercer acto, la parte más complicada, este acto es… el prestigio. Aunque, como hemos dicho antes, Nolan tiene un talento innato para sorprender, donde reside de verdad su prestigio como contador de historias, es en el desenlace. Durante más de hora y media no hace más que ir complicando el argumento, hasta tal punto que el final es prácticamente inalcanzable para la mente del espectador. Hasta que en el último instante nos lo deja caer como un vaso de agua fría. Nos cuenta que ha sucedido, pero no como.
Entonces intentaréis descubrir el truco, pero no lo conseguiréis. Por que en el fondo, no queréis saber cual es. Lo que queréis es que os engañen. Tras ver una película de Nolan las dudas surgen a la superficie. ¿Teddy le dice la verdad a Leonard, y él mismo juega con su memoria, o realmente le engaña? ¿Angier se ha suicidado en cada actuación, o es un truco de magia? ¿Cómo logra Borden cambiarse por Fallon para huir de la horca? ¿Cobb ha logrado cumplir realmente su sueño, o ha llegado a su catarsis? Todo el mundo intenta responder estas dudas. Existen miles de teorías sobre ellas, algunas bien fundamentadas y que, muy probablemente, se acercan a la verdad de Nolan, y muchas otras fruto de teorías dignas de las mejores conspiraciones.
Pero en realidad nos da igual, porque el auténtico espectáculo de las películas de Christopher Nolan reside en que, a pesar de enseñarte todas las piezas, llegándolas a poner frente a tu nariz, al final, logra hacernos pensar. Porque lo que realmente queremos no es que nos lo cuente todo con pelos y señales, sino que nos sorprenda haciéndonos dudar.