Cuaderno de Bitácora de un Trekkie. Fecha Estelar 1439.7

En muchas ocasiones oímos que el capitán de la Enterprise hace referencia a las directivas o órdenes de la Flota Estelar, un conjunto de leyes por las cuáles se rigen los miembros de todas las tripulaciones y que deben ser cumplidas a rajatabla para el correcto funcionamiento de la Federación Unida de Planetas. Pero entre ellas destaca y prevalece siempre la primera, que dice así:
“Como el derecho de cada ser viviente de vivir en concordancia con su normal evolución cultural es considerado sagrado, ningún personal de la Flota Estelar interferirá en el sano y normal desarrollo de la vida y cultura alienígena. Entre sus interferencias se incluye la introducción de conocimiento superior, fuerza o tecnología a un mundo cuya sociedad es incapaz de manejar esas ventajas sabiamente. El personal de la Flota Estelar no violará este Mandato Principal, aún para salvar sus vidas y/o naves, al menos que estén actuando para corregir una violación anterior o una contaminación accidental de dicha cultura. Esta Directiva precede sobre todas la otras consideraciones y lleva consigo la mayor obligación moral.”
Es decir: no interfieras, a menos que sea para corregir una interferencia. La ley clara y concisa, no se necesita ser un genio para interpretarla, pues incluso así, cada capitán hace lo que le place cuando se encuentra a millones de quilómetros de distancia de la central de la Flota.
Con Kirk era fácil de comprender, sabías que, a pesar de que repitiera una vez tras otra la importancia de esta primera norma, a la mínima se la saltaba a la torera y que le daba igual las consecuencias, siempre y cuando cumpliera con su deber moral. En cambio, con Picard, es completamente diferente, ya que el bipolarismo del personaje -del que hablaremos en otras entregas del Cuaderno de Bitácora- hace que en algunos episodios donde debería cumplir dicha norma no lo hace por algún motivo romántico o incomprensible, y en otros, donde por el bien de una civilización, debería no hacer ni caso a las leyes de la Flota, las cumple como si no tuviera sentimientos. Es en ese momento que mi cara se parece a la de Data, ya que no logro comprender como, en una universo y en una civilización tan avanzada como la que los miembros de la Flota pretenden defender, las leyes que la rigen son, habitualmente, tan laxas.
Este ambiguo cumplimiento de las leyes de la Flota, hace que, inconscientemente, recuerde las palabras de un célebre pirata, el capitán Barbossa, que responde lo siguiente cuando Elizabeth Turner le invita a cumplir el código pirata:
“¡Primero!, vuestro regreso a tierra no formaba parte del trato, de modo que no estoy obligado a nada. Segundo, debéis ser pirata para que se os aplique el código, y no lo sois. Y tercero, el código son más unas directrices que verdaderas normas… ¡Bienvenida a bordo de la Perla Negra, señorita Turner!”
Y no puedo evitar imaginarme a Kirk -a Picard no, porque es demasiado peripuesto- con un parche en el ojo y un loro al hombro diciendo:
“¡Primero!, vuestro transporte al planeta Athos IV no formaba parte del trato, de modo que no estoy obligado a nada. Segundo, debéis pertenecer a la Flota para se os apliquen las órdenes, y no lo sois. Y tercero, las Órdenes Generales de la Flota Estelar de la Federación de Planetas Unidos son más unas directrices que verdaderas normas… ¡Bienvenido a bordo de la Enterpirse, señor Chekov!”
Star Trek, la última frontera. Estas son las experiencias de un trekkie advenedizo en una misión dedicada a la exploración de capítulos desconocidos, al descubrimiento de nuevos personajes, de nuevas películas, hasta alcanzar lugares donde ningún friki ha llegado antes.

Apéndice I: En la anterior entrega de Cuaderno de Bitácora de un Trekkie, mencioné que la barba de Riker apareció sin más en la serie y que nadie hizo un comentario al respecto. Pues me equivocaba, el bueno de Q -del que ya hablaremos más detenidamente en otra entrada de este Cuaderno- en mitad de una discusión con Riker le suelta: “No eras así antes de dejarte barba”, haciendo que todos los presentes se miren entre ellos con mirada cómplice.