Tarantino Unchained. Por Francesc Marí


«Cuando la gente me pregunta si fui a la escuela de cine les digo: “No, fui al cine”».

Y debe ser así, porqué se nota cuando uno ve una película de Tarantino, que este hombre ha visto mucho cine y tiene claro lo que le gusta.
Cualquiera podría decir que la única gracia de las películas de Tarantino es la sangre y la violencia extrema, sin embargo, se estaría equivocando al concentrar todo el estilo de este realizador en un solo elemento de los que le caracterizan. Si se tuviera que escoger una sola de las características de su estilo —que por suerte es algo que tenemos que hacer—, debería escogerse su especial habilidad en la mescolanza de géneros muy dispares. Repasando su filmografía —tanto como director como guionista— veremos que ha trabajado suspense, cultura pop, humor, blaxploitation, ninjas y samuráis, grindhouse, bélico, western, vampiros, gore y un largo etcétera. Y lo mejor de ello es que no lo ha hecho cogiendo cada vez un género diferente, ni mucho menos, sino que se ha dedicado a mezclarlos, incluso dando lugar a diferentes estilos de rodaje, según si en esa escena utilizaba uno u otro. En este sentido, Kill Bill es el ejemplo más claro de este coctel de géneros, ya que en una sola película —para aquellos que no lo sepan la intención de Tarantino era estrenar las dos partes juntas— tenemos elementos de las películas de samuráis, películas de ninjas, thrillers de acción, escenas realizadas como anime, y todo ello ambientado en el suroeste de Estados Unidos, escenario típico de westerns. Por otro lado, referente al cambio de estilo de rodaje según la escena, encontramos Malditos Bastardos, en la que se cruzan varias historias y se llevan a cabo de forma distinta —cambiando enfoques, fotografía, banda sonora, etcétera— según si se narra la historia de Aldo Raine, más del estilo de las películas bélicas clásicas, como Los violentos de Kelly (Brian G. Hutton, 1970) o Doce del patíbulo (Robert Aldrich, 1967); mientras que las escenas protagonizadas por Shoshanna son llevadas a cabo de forma más drámatica e intimista, acorde con la historia que se está contando. Es por esto que Tarantino tienen ese algo especial, esa misteriosa habilidad, en convertir las tramas e historias clásicas de la Serie B —kung-fu, ninjas, western, vampiros—, en grandes éxitos del cine.
Venga, va, ahora hablaremos de la sangre. Bien es sabido que Tarantino tiene una tendencia natural a usar en exceso la sangre, llegando al extremo que tuvo que poner en blanco y negro la escena de «Los 88 maníacos» de Kill Bill para pasar la censura americana. No puedo negar que sin los litros de sangre, muchas veces exagerados —como sucede en la escena del tiroteo en casa de Calvin Candie, en la que la sangre sale a borbotones de los cuerpos, incluso cuando están muertos, siguen soltando grandes chorros de sangre cada vez que reciben un balazo—, el cine de Tarantino no sería lo mismo. Pero lo que siempre me he preguntado, ¿le hacen algún tipo de oferta en sangre falsa? A ver, visto como un negocio, si yo fuera un fabricante de sangre falsa haría lo que fuera para conseguir un contrato en exclusiva con este tío, porque literalmente me haría de oro. Pero volviendo a la sangre y la violencia, ya clásicas del estilo de Tarantino, es algo que le ha granjeado gran número de críticas, muchos porque no entendían el motivo de su uso y muchos otros por tener miedo que esta violencia, supuestamente gratuita, desembocara en violencia real… ¡Es que nadie piensa en los niños! Pero, por un segundo, imaginémonos como sería Django Desencadenado sin la sangre y la violencia, o Malditos Bastardos, o Reservoir Dogs… ¡O Pulp Fiction! Seguramente se hubieran convertido en cintas carentes de sentido, ya que muchas escenas e historias de Tarantino no se entenderían sin todos esos litros de sangre saliendo a chorro de todas partes. Sin ir más lejos, la mítica escena en la que Michael Madsen corta la oreja a Kirk Baltz en Reservoir Dogs, fue tan fuerte que incluso la gente abandonaba la sala por no poder soportarla, incluso Rick Baker, especialista en efectos de maquillaje, tuvo que dejar de ver la peli porque, como él mismo afirmó: «la violencia de esa escena era enervante por su alto grado de sensación de realismo».
La pregunta que supongo que todos os estaréis haciendo —y si no lo hacéis, deberíais—, es ¿de dónde ha salido todo este imaginario que ha utilizado Tarantino en sus películas durante más de veinte años? Pues es algo muy sencillo, y que hace referencia a su escuela, el cine. A pesar de haber nacido en Knoxville, Tennessee, desde que tuvo dos años Tarantino creció y se educó al sur de Los Ángeles, en un barrio con un alto grado de mezcla étnica, estando expuesto a un gran número de influencias y culturas populares. Para colmo, cuando tuvo quince años abandonó los estudios para dedicarse en cuerpo y alma a tomar clases de actuación. Además, Tarantino creció en un lugar en el que las salas de cine todavía proyectaban un sin número de películas de kung fu, artes marciales y una larga lista típica de la serie B, y terminó trabajando en un videoclub, en el que discutía día y noche de cine, a la vez que recomendaba películas a los clientes, y se fijaba con ávido interés el tipo de películas que le gustaba alquilar a la gente. No es de extrañar pues, que después de recibir esta curiosa y ecléctica educación cinematográfica, el tipo de cine que ha escribe, dirige y produce este realizador tenga un estilo tan característico.
Tarantino es uno de los maestros modernos del cine, ya que con solo siete películas estrenadas hasta el día de hoy ha conseguido hacerse un hueco entre los grandes del cine de todos los tiempos. ¿Qué cómo sé que es un maestro, un autor que dirían algunos? Pues muy sencillo, porque le odias o lo amas, pero no te deja indiferente. Igual que sucede con Alfred Hitchcock o Woody Allen, Tarantino o te gusta mucho o no te gusta nada lo que hace, y es normal, porque su cine tiene un sello muy identificativo, y no me refiero solo a la sangre y la violencia, sino también al tipo de historias que narra y como lo hace, de esa forma tan poco convencional que lo ha convertido en lo que es, simplemente… Tarantino.