Cuando las franquicias mataron el cine. Por Francesc Marí

Ahora mismo, estamos en una época en la que la industria del cine está gobernada por las grandes franquicias, como Marvel, DC, Harry Potter, Bond, Star Wars, que generan miles de millones en ingresos al año para sus respectivos responsables. Además, por lo que parece, la mayoría de realizadores, productores y estudios sueñan crear franquicias nuevas que explotar en taquilla, y así gobernar la industria.

«Una franquicia para gobernarlos a todos, una franquicia para encontrarlos, una franquicia para atraerlos a todos y atarlos en las butacas eternamente».

¿Por qué parafraseo a El Señor de los Anillos? Muy sencillo, ya que es el ejemplo perfecto para entender esta situación. A finales de los noventa, un director neozelandés prácticamente desconocido, Peter Jackson, se hace cargo de uno de los proyectos más ambiciosos de la historia del cine, llevar a la pantalla la historia creada por J. R. R. Tolkien. ¡Genial! Se hacen tres películas para tres libros, rodadas como una sola —del mismo modo que el escritor dio a luz su obra—, pero no todo es tan bonito como parece. Unos cuantos años después, los productores de ESDLA deciden que quieren sacar más jugo al universo de la Tierra Media, cogen el libro de El Hobbit —que de por sí ya es más breve que cualquiera de la trilogía de El Señor de los Anillos—, y en lugar de hacer una sola peli, fuerzan toda la maquinaria para hacer tres… ¿En serio? ¡¿Tres?! ¿Por qué lo hicieron? Muy sencillo, por lo mismo que mueve este mundo, más dinero.
Pero estoy divagando, volviendo al tema de las franquicias, lo que para todos es más que evidente, la lucha entre Marvel y DC, entre Disney y Warner, parte de una carrera casi armamentística para ver quién la tiene más grande… La franquicia, claro. Al principio, el Universo Cinemático de Marvel nació de rebote, Iron Man tiene éxito, Iron Man 2 también, etcétera, etcétera… Todos conocemos la historia. Pero ¡Alerta!, que no solo existen héroes en Marvel, que los señores de Warner-DC, tienen a Batman, que salía de completar una brillante trilogía sobre el caballero oscuro de la mano de Christopher Nolan, y Superman. Pues ala, damos el pistoletazo de salida para empezar a generar un universo dónde no había ninguno, solo por el hecho de no permitir al otro hacer lo que le plazca. Esto es un «yo también, más y mejor», como si fueran críos. Y claro, si DC saca sus pesos pesados, Marvel también, pues las compañías que tienen derechos sobre algunos de sus superhéroes, como Spider-Man o Los Cuatro Fantásticos, se apuntan al carro provocando lo inevitable… El desastre.
Vale que no todo es malo, lo admito, pero entre tanto bombazo taquillero, en el que todos los que tengan una trilogía parecen estar obligados a sacar cuartas y quintas partes completamente innecesarias, por muy entretenidas que sean. Sin embargo, en medio de toda esta vorágine de estrenos de supuestos peliculones pertenecientes a las mil y una franquicias, ha habido muchos heridos y demasiados heridos. A los casos de los ya mencionados Spider-Man o Los Cuatro Fantásticos, deberíamos sumarle entregas que pueden destrozar una franquicia: Linterna Verde, La jungla: Un buen día para morir, Terminator Génesis, Piratas del Caribe: En mareas misteriosas, por poner algunos ejemplos. O supuestos inicios fallidos de una nueva franquicia que parece no estar a la altura de las expectativas —que para aquellos modernos que no lo sepan, me estoy refiriendo al «hype»—, pero ¿realmente eran tan malas estas películas?
Después de este amplio rodeo, por fin llegó a lo que me ha traído a escribir este rollo, ¿todas esas películas que querían sentar las bases para una nueva franquicia eran tan malas como todo el mundo afirma? Para responder a esta pregunta, me fijaré en tres casos, todos ellos de Disney, pero planteados desde situaciones diferentes. Estoy hablando de John Carter (2012), El llanero solitario (2013) y Tomorrowland (2015).
El primero fue un proyecto atrevido, el segundo fue una apuesta sobre seguro y el tercero fue intento por repetir un éxito, pero todos ellos tienen dos cosas en común: fracasaron en taquilla —si repasamos los números, a pesar de ser grandes producciones que rondaban los doscientos millones de dólares, recaudaron poco más que eso, justito para pagar los gastos y no perder dinero—, y tanto crítica como público los vilipendió con crueldad, pero ¿por qué?


En el caso de John Carter (2012), fue algo muy atrevido, al recuperar un héroe del pasado e intentar revivirlo en el siglo XXI. Había funcionado otras veces ¿qué podía pasar? basada en uno de los grandes libros de la ciencia-ficción espacial, la serie de libros de Edgar Rice Burroughs, se destinó grandes sumas de dinero a unos espectaculares efectos especiales y, aunque es dónde más cojea, se contrató a un reparto bastante llamativo, todo ello bajo las órdenes de un director de éxito como es Andrew Stanton —Bichos, una aventura en miniatura (1998), Buscando a Nemo (2003) o WALL·E (2008), todos de animación, pero éxitos al fin y al cabo—, entonces ¿qué sucedió para que fuera considerada una de las peores películas del 2012?


El segundo caso, El llanero solitario (2013), fue algo distinto al anterior. Si bien se recuperó un viejo personaje de la radio y la televisión de los años treinta y cincuenta, en esta ocasión, en lugar de arriesgarse con un reparto flojo y un director poco experimentado al trabajar con actores, se recurrió a la misma fórmula que había triunfado en Piratas del Caribe: Gore Verbinski + Johnny Depp. Lo que se intentó es reproducir la trilogía pirática en el Lejano Oeste. De nuevo, efectos especiales, grandes actores, una buena historia, bastante original para lo que estamos acostumbrados en los años que corren, pero, de nuevo, fue un fiasco en taquilla, crítica y público. ¿Qué pasó?


Finalmente, el caso más reciente se plantea desde un punto de vista similar, pero exactamente desde la misma óptica. Tomorrowland, también dirigida por un experto de la animación como es Brad Bird, aunque con cierta experiencia dirigiendo actores, en concreto, Misión imposible: Protocolo fantasma (2011), se cogió la misma idea de partida de Piratas del Caribe, cogemos una de las atracciones más famosas de los parques de atracciones de Disney y la llevamos al cine, otorgándole una profundidad argumental que, de por sí, carece. Una vez más, se reúnen grandes efectos especiales, un excelente reparto y una historia más que original, ¿qué ocurrió para que haya pasado sin pena ni gloria por la taquilla mundial? Admito que la intención de Tomorrowland no es la de crear una nueva franquicia, sin embargo, si hubiera tenido éxito, ya estarían programando todo un universo cinematográfico a su alrededor.
Me veo obligado a admitir que, en ninguno de los tres casos, estamos hablando de obras maestras del séptimo arte, pero no por ello deben ser tratadas como todo lo opuesto. En este caso, ¿qué sucedió con ellas? Tenían una buena historia, un buen director y un excelente equipo, tanto técnico como artístico, además de un estudio como es Disney detrás capaz de mover grandes cantidades de personas a su alrededor. ¿Cuál es el motivo para que pasaran desaparecidas o se convirtieran en lo peor de sus respectivos años? Pues la respuesta es muy sencilla… El momento.
Sí, sí, así de simple. El motivo por el cual estas películas literalmente se estrellaron fue el momento en que se estrenaron. Para aquellos que duden de esto, preguntaos ¿qué hubiera pasado con Piratas del Caribe: La maldición de la Perla Negra, si se hubiera estrenado diez años después de cuando lo hizo? El batacazo hubiera sido muy parecido al de estas películas. Por mucha estrella, mucho efecto especial y mucho profesional que hubiera detrás, el tipo de historias, argumentos y tramas con las que juega —tanto la primera entrega de Piratas del Caribe como John Carter, El llanero solitario y Tomorrowland— no encajan en la mentalidad que tiene el público hoy en día. El concepto de base es que son películas familiares que tratan temas adultos, pero que tienen la capacidad de entretener a grandes y pequeños.
En 2003, cuando se estrenó Piratas del Caribe, el cine venía de una época no muy buen, las películas de animación de éxito se podían contar con los dedos de una mano, las películas de aventuras habían pasado a mejor vida, y solo se aguantaban, aunque por los pelos, el cine de acción y romántico. Y entonces, de repente, sin que nadie se lo esperara, aparece una gran producción, al estilo de la época dorada del cine pero hoy en día, que tiene todo lo esencial para que guste a todo tipo de públicos. Ahora, en cambio, más de diez años después, cuando cada semana tenemos un estreno de este tipo —o, como mínimo, que puede atraer a gran número de personas a las salas—, películas como John Carter, El llanero solitario o Tomorrowland no serán más que, en el mejor de los casos, una película del montón y, en el peor, el fracaso del año.
Hoy en día, cada vez que pisamos una sala de cine, esperamos gran número de explosiones, personajes carismáticos con chascarrillos continuos, y una escena post-créditos que nos haga esperar con emoción la siguiente película, aunque sepamos que ya está programada para un día concreto seis meses después.
Con todo esto, ¿qué quiero decir? Pues que, a pesar de que muy a menudo se estrenan películas de gran calidad como espectáculo, el hecho de, por un lado, ser tan continuas y, por el otro, estar, por defecto, afincadas en una franquicia, no está convirtiendo en unos comodones, tanto al público como a los realizadores. Ellos hacen cine sobre seguro; mientras que nosotros no nos arriesgamos a sentirnos decepcionados con algo nuevo, si con la quinta, la sexta o la vigesimocuarta entrega de algo que ya conocemos, estamos satisfechos. ¿Quién se atreve a hacer una película que no tiene el respaldo de tres anteriores? ¿Quién se atreve a ir a las salas a ver algo cuyo argumento no se viene planteando desde hace años? Absolutamente nadie. Y aún hay menos gente dispuesta a admitir que, si bien podemos estar viviendo una muy buena época en el cine, los cimientos sobre la que se sustenta son, como poco, tambaleantemente preocupantes. Lo que nos llevará, tarde o temprano, a enfrentarnos al hecho de qué sucederá cuando la gente esté agotada de tanto superhéroe.
Así que, llegados a este punto, creo, si bien no podemos renunciar a estos tipos de estreno —ya que sería absurdo—, deberíamos replantearnos la manera en que llegan a nosotros. Por poner un último ejemplo, el estreno de Star Wars. Episodio VII: El despertar de la fuerza, es uno de los más esperados porque, dejando de lado las expectativas, hace diez años que se estrenó lo último de esta franquicia, y más de treinta del episodio precedente. Sin embargo, a partir de ahora, y durante, como mínimo, seis años, se prevé una película de Star Wars al año —no cada tres como había sido en los casos de las originales y las precuelas—, ¡Cada año! Es como si la franquicia Bond, que estrena con tiempo suficiente para digerir tanto sus entregas buenas como las malas, además de producir las películas de la saga principal, se dedicará a hacer spin-off de Q o Moneypenny.
Si, estos estudios que creen que satisfacen al consumidor saciándolo con una media de dos películas de cada franquicia al año, tuvieran la visión de espaciar más estos estrenos, o hacer una cosa tras otra, no todas a la vez —iremos a ver la película de Boba Fett igual, tanto si está entre el episodio VIII y el IX, como si se estrena después—, tendríamos la oportunidad de que películas muy prometedoras destacaran un poquito más, consiguiendo que, cada año, disfrutáramos y recordáramos más películas a parte de Marvel XXIII y Star Wars XIX.