Mission: Impossible (Brian De Palma, 1996)

Últimamente Tom Cruise nos tiene acostumbrados a todo tipo de películas de acción, desde la acción más pura y dura como Jack Reacher, hasta las de ciencia ficción como Minority Report (Steven Spielberg, 2002) o La guerra de los mundos (Steven Spielberg, 2005), pasando por las más fanfarronas como Noche y día (James Mangold, 2010) o las versiones más recientes entregas de la franquicia de Misión Imposible. Pero cuando se metió en la producción de Mission: Impossible, todavía no se había convertido en el tipo duro que es ahora, aunque, sin duda, debía tener ganas de convertirse en ello.
Paramount era la poseedora de los derechos de la serie de televisión original —que estuvo en antena entre 1966 y 1973, que contó con la participación de actores como Peter Graves, Peter Lupus, Greg Morris, Martin Landau y Leonard Nimoy— y hacía tiempo que quería llevar una versión renovada a la gran pantalla, pero no fue hasta que un fan de la serie, llamado Tom Cruise, se acercó y aseguró tener una buena idea para la cinta. Con la estrella que también actuaba como productor, no fue difícil dar con un director que se atreviera a dirigirla, en este caso Brian De Palma, y unos guionistas como David Koepp y Robert Towne, que fueran capaces de crear una historia que convenciera a todas las partes.
Con una historia trepidante, un director con muchísimo talento y un protagonista dispuesto a todo para que la cinta triunfase, se reclutó a un reparto de lujo para que acompañara a Tom Cruise en esta aventura de espías, formado por Jon Voight, Emmanuelle Béart, Henry Czerny, Jean Reno, Ving Rhames, Kristin Scott Thomas, Vanessa Redgrave y Emilio Estevez, y el resultado fue digno de los responsables de esta Mission: Impossible
En mitad de una operación en Praga en la que un equipo de la FMIFuerza de Misión Imposible— tiene la misión de recuperar una lista de agentes infiltrados de esta agencia secreta que está a punto de ser robada, todos los compañeros del agente Ethan Hunt van cayendo uno tras otro, hasta que solo queda él, que es acusado de ser un topo que esta ganando dinero por vender los secretos de la agencia. Tras huir de las manos de sus antiguos jefes, y para limpiar su nombre y el de sus compañeros caídos, Hunt actuará a espaldas de la agencia, sirviéndose de los viejos agentes repudiados, para hacerse con la lista y destapar el topo que lo ha acusado a él de un crimen que nunca ha cometido.
La historia es un vertiginoso espiral de intrigas que gira en torno a un Ethan Hunt que no sabrá muy bien que sucede, prácticamente hasta el final. Pero esta es la excusa perfecta para que un sinfín de situaciones tensas se planteen ante nuestros ojos mientras intentamos averiguar quién a orquestado toda la operación de tráfico de información que acabado con el equipo de Hunt.
Quiero hacer hincapié en que, unas líneas más arriba, he utilizado el término «situaciones tensas», no de acción o con adrenalina, y es que, queramos o no, Mission: Impossible no es una cinta de acción al uso, o como mínimo no lo es del estilo de otros tipos duros. Ahora todo el mundo ve a Ethan Hunt y, por lo tanto, también a Tom Cruise como un tipo duro del cine, sin embargo, cualquiera podrá ver también que, como mínimo, en la primera entrega de la franquicia aún no lo era. Durante toda la película, si bien hay ciertas escenas en las que la acción se desparrama por todos los fotogramas —véase el mítico descenso al ordenador de Langley o la persecución final en el tren—, existe un deseo de mostrar cierto realismo en la película.


En otros casos de tipos duros —véase Rambo / Stallone, por ejemplo—, la película de origen no nos muestra nada, al contrario, puede estar completamente desconectada de las secuelas. Sin embargo, en Misión Imposible vamos viendo una evolución de entrega en entrega que ha acabado con lo que hoy todos esperamos, en las que Hunt hace todo tipo de virguerías acrobáticas y realmente imposibles, poniéndose en peligro, pero en esta primera película descubrimos la semilla de todo ello. Mucho antes de se metiera en una turbina de agua gigante sin detenerla, o hiciera escalada libre en Dubai, hizo otras muchas cosas, a parte de derrapar con la rueda delantera de una moto. Para empezar, es un personaje que los tiene cuadrados a pesar de que, al principio, parece más un graciosillo que otra cosa; ya que se atreve a meterse en la central de la CIA solo para vengarse de los que ponen en duda su integridad, y lo hace pasando por encima de un sistema de seguridad inviolable, pero que consigue violar, suspendiéndose en el aire solo armado con unas gafas y un disquete —hoy en día completamente desfasado, por si alguien no se había dado cuenta—; y, para rematar el tema, se dedica a pasearse por el techo de un TGV en marcha sin ningún tipo de arnés de seguridad, mientras que los villanos van con todo un equipo de ventosas, a la vez que un helicóptero intenta cortarlo como si fuera una mortadela.
¿Por qué digo todo esto? Vale que no son más que un par de escenas en una película, en la que, si bien el ritmo es trepidante, no es una ristra de explosiones y disparos sin cesar durante un par de horas, sin embargo, descubrimos en estas partes de la historia el germen de lo que se convertirá la franquicia y, sobre todo, el personaje de Cruise, que aún hoy, con más de cincuenta tacos, sigue sorprendiendo con un estado físico envidiable, eso sí, sin dejar atrás una inmejorable y legendaria banda sonora tan esencial para esta película como Cruise.