Una compañía de héroes. Capítulo 4


De pronto una explosión cercana al fuselaje del avión hizo que Nesty se despertara del sueño consciente que había tenido. Se tocó los labios, aún podía sentir los labios de su esposa en lo suyos. Solo por ella haría lo imposible para regresar con vida, solo por volver a tenerla entre sus brazos y sostener a su hijo haría cualquier cosa.
Los alemanes los habían detectado y no permitirían que los aviones aterrizasen. Pero ellos no querían aterrizar. Todos y cada uno de los miembros de esa compañía, sin excepción, habían sido entrenados para ser la élite militar de los ejércitos Aliados, y lo eran, pero tan bien eran humanos. El retraso del día anterior, el exceso de peso y los nervios estaban jugando malas pasadas a todos y cada uno de los hombres que había en esos aviones. Había quién rezaba, quién se mordía las uñas, quién estaba completamente mareado y quién no podía contener el vómito. Pero todos tenían clara una cosa, sabían que tenían que hacer y que sus compañeros harían lo mismo.
Las explosiones se repetían a su alrededor y de pronto la luz roja se encendió.
—¡Muy bien muchachos! —gritó el jefe del pelotón por encima del ruido—. ¡Ha llegado el momento para el que nos hemos estado preparando!
Tal y como habían entrenado miles de veces, se levantaron, se anclaron a la guía y esperaron que la luz verde se encendiera. Entonces escucharon y sintieron una gran explosión a su derecha, uno de los aviones había sido derribado.
—¡Mierda! —exclamó el jefe de pelotón mirando a través de la puerta de salida—. ¡Era el avión de Meehan!
—¿Qué vamos a hacer señor? —preguntó el técnico de radio bastante asustado.
—¡¿Qué que vamos a hacer?! ¡¿QUÉ QUE VAMOS A HACER?! —respondió el jefe de pelotón indignado por la pregunta de uno de sus hombres—. ¡Vamos a saltar! ¡Vamos a buscar el hijo de puta que lo ha derribado! ¡Y le vamos a reventar la tapa de los sesos!
—¡Currahee! ¡Currahee! —respondieron todos gritando.
Tras unos segundos que parecieron horas, la luz verde se iluminó y los hombres empezaron a saltar. Uno tras otro se arrojaban al vacío confiando en que su equipo respondiera como era debido. Llevaban exceso de peso, además a última hora les habían dado una estúpida bolsa de pierna que no tenía otra utilidad que complicarles el salto.
Al final le tocó a Nesty, se acercó a la puerta del avión y pudo contemplar el espectáculo de luz y fuego que les estaban brindando los alemanes, mientras que miles de paracaídas blancos se abrían hasta donde le alcanzaba la vista. Cambió de opinión. Podían ganar aquella guerra. No por las armas, sino por el valor que aquellos hombres demostraban tener al saltar sobre el enemigo en un territorio completamente hostil.
Con la confianza renovada, Nesty respiró hondo y saltó al vacío.
El resto es historia.

* * *

Todos esos recuerdos habían volado a través de la mente del viejo Nesty Martínez en cuestión de pocos segundos. De repente se dio cuenta de que hacía décadas que había realizado aquel salto, y ahora tan solo se enfrentaba a su nieto que lo contemplaba desde su regazo.
—¿Estás bien abuelo? —preguntó un poco preocupado.
Nesty lo miró a los ojos rezando para que su nieto nunca se viera obligado a vivir lo que él había vivido. Finalmente, recuperó el hilo de la pregunta que le había hecho antes el pequeño y respondió.
—No, pero serví en una compañía de héroes.

Fin

Una compañía de héroes © Francesc Marí, 2016.
Imagen: War Soldiers © ThePixelman, 2014.
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