Los siete magníficos (Antoine Fuqua, 2016)

Más de medio siglo después de que un grupo de actores de la talla de Yul Brynner, Steve McQueen, Charles Bronson, James Corburn y Eli Wallach, entre otros, protagonizaran una película que triunfo en el cine, igual o más que la versión original de Akira Kurosawa, Los siete samuráis, en plena era dorada de los remakes, llega a nuestros cines… Los siete magníficos, versión de 2016.
Después de que el malvado empresario Bartholomew Bogue arrase el pueblo de Rose Creek para conseguir el máximo beneficio de sus minas, y acabe con la vida de alguno de los granjeros locales, una de sus viudas, Emma Cullen va en busca de alguien que pueda hacer frente a Bogue y su ejército de mercenarios. Así es como, en el camino, se cruza con Sam Chisolm, un agente de la ley de color y antiguo soldado de la Unión, que duda en ofrecerle lo único que, seguramente está a su alcance… Venganza. Para luchar contra Bogue, Chisolm reunirá a un grupo pistoleros formado por Josh Faraday, un tahúr bocazas, Goodnight Robicheaux, un francotirador sudista, Billy Rocks, un lanzador de cuchillos chino, Jack Horne, un cazador de pieles rojas, Cosecha Roja, un guerrero comanche, y Vazquez, un forajido mexicano. Juntos harán todo lo que esté en sus manos para que unos granjeros que nunca han disparado una arma se enfrenten al mayor ejército privado del Oeste.
Antoine Fuqua —conocido por ser el director de películas de acción como Training Day (2001) o Objetivo: La Casa Blanca (2013)— se pone tras las cámaras para hacer el remake de uno de los westerns más destacables de la época dorada del género, y la verdad sea dicha, no se le da nada mal. Dejando de lado un argumento cargado de heroísmo y sacrificio —algo que comparte con sus dos predecesoras—, la fuerza de esta película recae sobre una ambientación muy cuidada y unos actores a la altura de la situación. Y es que los actorazos que ha escogido para protagonizar la película son el plato fuerte, porque reunir a Denzel Washington, Chris Pratt, Ethan Hawke, Vincent D’Onofrio, Byung-hun Lee, Martin Sensmeier y Manuel Garcia-Rulfo, con Haley Bennett, Peter Sarsgaard y Matt Bomer como secundarios, ya es todo un puntazo a favor. Sin embargo, no todo es tan perfecto. En cuanto al reparto, a pesar de que todos hacen un trabajo excelente, hay un par de patas que cojean, la primera es la de Peter Sarsgaard, es decir, el villano, que no llega a estar a la altura de los héroes, por lo que, ya desde un principio, está claro que no vencerá. Pero la que realmente es más preocupante es la de Denzel Washington, que no acaba de encajar, no porque no lo haga bien, sino porqué interpreta a un vaquero del mismo modo que ha interpretado a un policía, a un piloto de avión, o a un mafioso, y eso, en el personaje principal, se nota, y mucho. Por el otro, sin embargo, encontramos a Ethan Hawke o Vincent D’Onofrio que literalmente bordan su papel, demostrando que había sido escrito para ellos.
En el mismo sentido, otra de las baza con la que juega esta película son los personajes tópicos, y no para mal, sino para bien. Encontramos al tahúr, al mejicano, al nativo norteamericano, o al cazador ermitaño, aportando algo más de variedad que la versión de 1960, en la que único que destacaba entre tanto vaquero blanco, era la calva de Yul Brynner.
Como decíamos, el otro puntal en el que se sostiene —ya que el guión no podría considerarse como tal— es un ambientación más que correcta, y que sigue la estela de otras películas y westerns modernos, en las que todos los detalles están cuidados con sumo cuidado. Sin embargo, algo que veremos que se distingue de películas como Django o Los odiosos ocho, es que la dentadura de los personajes brilla y mucho, dejando claro que Tarantino se fija en los spaghetti westerns, mientras que Fuqua se decanta por los westerns americanos.
Por muy buena que sea la adaptación y la revisión de un clásico como Los siete magníficos, la historia sigue siendo absolutamente la misma y, evitando spoilers, los cambios al final son bien pocos, ya que el mensaje y la base del argumento no ha cambiado ni un ápice, sin aportar nada nuevo.
Al final, cuando sales de la sala, sabes varias cosas. ¿La interpretación es buena? Sí. ¿El argumento es bueno? Sí. ¿Es un buen western? Sí. ¿Aporta algo nuevo? No. ¿Hacía falta? Puede que para el bolsillo de alguien sí, pero para el resto del mundo… No. Por cierto, para aquellos fetichistas de las bandas sonoras, que sepan que sin bien la de esta película es buena, la mítica canción de la película de 1960, brilla por su ausencia.