Invádeme si te atreves. Por Francesc Marí

Mars Attacks! (Tim Burton, 1996), Independence Day (Roland Emmerich, 1996), Cowboys & Aliens (Jon Favreau, 2011), Battleship (Peter Berg, 2012), Los Vengadores (Joss Whedon, 2012), Bienvenidos al fin del Mundo (Edgar Wright, 2013), Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013), Al filo del mañana (Doug Liman, 2014) o Falling Skies (Robert Rodat, 2011-2015) son algunas de las películas y series de televisión de un género tan habitual de la ciencia ficción como son las invasiones de alienígenas. Sin embargo, todas estas películas —y muchas otras que se me deben escapar— se caracterizan por mostrarnos una forma un tanto peculiar de la habitual trama de invasión y conquista típica de La guerra de los mundos. En estas películas, si bien siempre los aliens empiezan con un fuerte ataque que pone contra las cuerdas a la humanidad, esta coge fuerzas y valor de cualquier parte para plantar cara y enfrentarse a los invasores, aunque que termine en derrota. Ya que, como bien dice Tony Stark/Iron Man en Los Vengadores:

«Si no podemos salvar la Tierra, sin duda la vengaremos».

Y esta no es una amenaza vacía. ¡Qué va! Porque los humanos tenemos unos co***es como un toro, y puede que al final acabemos derrotados, esclavizados o muertos, pero no nos quedaremos con los brazos cruzados mientras unos recién llegados vienen a conquistarnos sin nuestro permiso.
Todas las películas que muestran esta clase de resistencia por parte de los humanos a ser conquistados por invasores del espacio, tienen tres elementos que son indispensables para que funcione bien: la poca probabilidad de victoria, el discurso patriótico y el sacrificio humano.
La trama siempre empieza con una invasión sin previo aviso —aunque es normal, nadie invade a otro avisándole antes de que va a hacerlo— con todo un armamento superior al nuestro, y ello deriva en toda una oleada de muerte y destrucción. Destruyen nuestros símbolos más queridos —o los más queridos de los americanos—, como la Casa Blanca, Nueva York o la Torre Eiffel, es decir, nos golpean donde más duele, y nos obligan a recluirnos en nuestras madrigueras aterrorizados.
Puede que ellos tengan las armas más grandes, las naves más peligrosas, pero sin duda, no los tienen tan bien puestos como nosotros. Ya que literalmente nos la suda si son pequeños hombrecillos verdes o monstruos titánicos, la naturaleza del ser humano es plantarles cara hasta el último respiro.
Sin embargo, y ahora viene la segunda fase, siempre tenemos a un líder político o militar que es consciente del peligro que corremos, pero que sabe que somos capaces de enfrentarnos a él. En ese instante, en un momento de sentimiento patriótico altísimo mezclado con una sensación de auto-conservación de la especie, ese hombre suelta un gran discurso en pos de enaltecer los corazones todos los que lo oigan, para llenarlos de valor y enfrentarse a ese foráneo. En este sentido, el discurso más clásico es el que se marca el presidente Thomas J. Whitmore, interpretado por Bill Pullman, en Independence Day:

«En menos de una hora, estos aviones se unirán a otros de todo el Mundo, para lanzar la mayor batalla aérea en la historia de la humanidad. La humanidad, esa palabra adquiere hoy un nuevo significado. Tenemos que dejar a un lado nuestras insignificantes diferencias, estaremos unidos por un interés común. Tal vez, el azar ha querido que hoy sea 4 de Julio, y que de nuevo vayáis a luchar por vuestra libertad. No para evitar tiranía, opresión o persecución, sino la aniquilación. Luchamos por nuestro derecho a vivir, a existir. Y si vencemos hoy, el 4 de Julio ya no será únicamente una fiesta norteamericana, sino el día en que el Mundo declaró al unísono: No desapareceremos en silencio y en la oscuridad. No nos desvaneceremos sin luchar. Vamos a vivir, vamos a sobrevivir. Hoy celebramos nuestro día de la Independencia».

Si es que los humanos somos como la típica clase de alumnos rebeldes, entre nosotros estamos a matar, siempre peleándonos por tonterías, pero si viene alguien de fuera y amenaza a alguno de nosotros, que se prepare, porque le vamos a dar tal somanta de palos que le va a dar igual de que planeta proceda, ya que le vamos a echar del nuestro volando.
Y lo daremos y lo sacrificaremos todo para hacerlo. A pesar de las pobres armas de las que dispongamos, a pesar de estar acorralados y medio exterminados, cogeremos cualquier cosa que tengamos al alcance, sea un avión de hace veinte años, un acorazado de la Segunda Guerra Mundial o un viejo tocadiscos, y nos meteremos en la boca del lobo —o del alien— para patearle el culo. Puede que perdamos al vida, pero nos dará absolutamente igual siempre que, con ello, logremos vencer al invasor.
Porque una cosa que no saben los aliens es que estamos como auténticas regaderas. Cuando estamos entre la espada y la pared, siempre recurrimos a alocados planes que, a priori, son impracticables, pero con la adrenalina, el cabreo y un poco de alcohol somos capaces de cualquier cosa.
Es por todo esto que, si alguna vez, algún alien se atreviera a pisar la Tierra, antes de presentarse como un temible invasor, le recomiendo que se mire detenidamente todas estas películas, ya que sabría de lo que somos capaces los humanos y se lo pensaría dos veces antes de poner un pie en nuestra querido planeta. Porque puede que nosotros nos lo carguemos antes, pero no vamos a permitir que unos extraterrestres del tres al cuarto lo hagan en nuestro lugar… ¿No?