300 (Zack Snyder, 2006)

Abr 6, 2018 | Una historia de película

Un emisario del gran Imperio persa llega a las puertas de Esparta con las cabezas de los reyes que han conquistado, para convencer a Leónidas, su rey, de que no presente batalla y se arrodillé ante Jerjes, rey y dios de los persas. Sin embargo, Leónidas lo toma como un insulto y arroja al emisario a un pozo, declarando oficialmente la guerra. Para hacer frente al descomunal ejército persa, Leónidas pretende llevar a sus hombres al estrecho de las Termópilas, dónde hacer frente al enemigo, que se no podrá más que impactar contra los escudos hoplitas, y en el que sus numerosas fuerzas no supondrán un elemento de superioridad. Pero los éforos y el oráculo le prohíben entablar batalla porque la sagrada festividad de la Carnea se acerca, y no se lucha durante esta fiesta, pero, sobre todo, porque han sido sobornados por espías persas.

Sin embargo, el buen Leónidas tiene un plan alternativo, reunirá su guardia personal de trescientos espartanos y, con ellos, se encaminará a la batalla, para cumplir con su obligación como líder de los griegos libres.

La paradoja espartana

Uno de los ejes centrales del argumento de 300, alrededor del que se articula la principal justificación por la que Leónidas quiere enfrentarse a los persas en el campo de batalla, no es otro que la defensa de la democracia, de la libertad y de la forma de vida de los griegos. Sin embargo, en la realidad, los espartanos si bien vivían como hombres libres, teniendo un enorme grado de igualdad entre ellos, no eran ajenos al concepto de esclavitud —o de servidumbre—, al contrario, era uno de los pilares sobre los que se sustentaba su forma de vida.

En una secuencia de la película, Leónidas quiere hacer notar a su colega arcadio Daxos, que aún siendo menos hombres, ha traído mucho más soldados que él. La película nos da como explicación el duro entrenamiento y la fuerte educación que recibían los espartanos desde pequeños, pero en realidad también era por que, mientras ellos se convertían en los mejores hoplitas de la Antigua Grecia, un «ejército» de ilotas se encargaba de trabajar la tierra y de las tareas diarias que sostenían a Esparta, más allá de la guerra y el gobierno.

Los ilotas no eran simples esclavos con los que se comerciaba libremente —que también estaban presentes, pero en menor número—, sino que serían más próximos al concepto de siervo o esclavo público, ya que estaban adscritos a la tierra que trabajaban, otorgada a los ciudadanos libres de Esparta. Estos ciudadanos libres o «iguales» —traducción del término homoioi—, no tenían más que entrenarse, mientras que los ilotas cultivaban la tierra de la que se quedarían una parte importante como renta, para cumplir con sus obligaciones dentro de la estructura de la ciudad-estado. Pero no solo eso, sino que además, por ejemplo, dentro de la educación espartana o agogé, existía la krypteia. Esta prueba que consistía en declarar oficialmente la guerra a los ilotas cada año, para que los jóvenes más preparados se enfrentaran a ellos solo con un puñal, sin que ello constituyera un crimen, sino un acto de guerra, cuando en realidad formaba parte del entrenamiento de los futuros homoioi.

Este es solo uno de los ejemplos de la crueldad que imperaba en Esparta, y no solo hacia sus siervos, sino entre ellos mismos. Como vemos en la película, en la ciudad-estado se implantó una estricta eugenesia, ya que al nacer, los niños y niñas eran examinados, y si no cumplían unos estándares de belleza o robustez, eran descartados y arrojados en el Apóthetas, cerca del monte Taigeto, para que murieran. Del mismo modo que, durante su infancia, las muestras de afecto era escasa o inexistentes, y llegada a la edad de siete años, los niños se integraban en una especie de unidades militares. En ellas, bajo la atenta mirada de un maestro, eran entrenados en técnicas de combate y atletismo, siendo sometidos a duras condiciones de vida —pasaban frío, hambre, o apenas se bañaban—, para endurecerlos, tanto física como mentalmente. Todo en pos de la excelencia física de sus hombres y mujeres.

En este sentido, las mujeres no se quedaban exentas, ya que también eran entrenadas desde pequeñas en la lucha y la gimnasia, con el único fin de ser capaces de engendrar nuevas generaciones de soldados. Pero, a su favor, tenían una mayor libertad que las mujeres de otras ciudades griegas, ya que aunque, sometidas a los varones, su papel era vital en la sociedad espartana, algo que las igualaba en consideración a los hombres. Y aunque no pudieran formar parte del gobierno, de los órganos públicos o del ejército, tampoco tenían la obligación de hacerse cargo de las tareas domésticas, para lo que tenían esclavos.

Como podemos ver, Esparta no era un lugar idílico de la Antigua Grecia, al contrario, era uno de los entornos más duros en los que vivir, tanto si se formaba parte de los «iguales», como de cualquier otro estrato de la sociedad, como los ilotas. En este sentido, Frank Miller —autor del cómic en el que se basa la película, del que hablaremos más adelante—, no duda en decir: «No quería hacer Esparta en términos [históricos] demasiado precisos, porque en última instancia sí quiero que se apoye a los espartanos. No podía mostrarlos siendo tan crueles como lo eran en realidad. Los hice tan crueles como pensaba que un público moderno podía soportar». Y no nos engaña, ya que tanto en el cómic como en la película, los elementos de crueldad —dejando de lado la dureza de los combates contra los persas— son reducidos a lo mínimo imprescindible para comprender su excelencia militar.

Los hoplitas y la falange

Como veíamos en el apartado anterior, toda la cultura espartana estaba enfocada a dar lugar a una élite militar.

Nuestras culturas podrían compartir muchas cosas.
Hemos compartido nuestra cultura con vosotros toda la mañana.

En este diálogo entre Leónidas y Jerjes, tras los primeros enfrentamientos de la batalla, es el propio rey griego el que equipara la cultura espartana con la guerra. Pero, ¿en qué consistía esta excelencia militar tan apreciada por los espartanos?

Como veremos durante toda la película —sobre todo en las escenas dedicadas a la batalla—, la forma de luchar de los espartanos se caracteriza por una técnica muy particular de entablar combate, la falange. Aunque esta técnica no era única de los espartanos, ya que era la habitual de la mayoría de ciudades-estado de la Antigua Grecia, fueron lo soldados lacedemonios los que enfocaron todos sus esfuerzos en dominarla.

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Además, no solo veremos su funcionamiento, sino que el propio Leónidas nos resumirá, a la perfección, como funciona:

Luchamos como una única e impenetrable unidad. Ahí es dónde reside nuestra fuerza. Cada espartano protege al soldado de su izquierda, desde el muslo hasta el cuello con su escudo. Un solo punto débil y la falange se viene abajo.

Sin embargo, a pesar de esta acertada descripción y que durante toda la película veamos la falange en acción, la forma como es representada es mucho más estética de cómo era en realidad. Muchos especialistas están de acuerdo en comparar los combates de la falange como una melé de rugby, es decir, consistía, sobre todo, en empujar con los escudos hasta conseguir romper la línea defensiva del enemigo, y hacer que este huyera en todas direcciones, deshaciendo su formación. Los únicos que no se retiraban, como no podía ser de otro modo, eran los espartanos, que luchaban hasta morir. Es cierto que, en la secuencia del primer ataque de los persas, los espartanos de la película hacen exactamente esto, aguantar el envite de las tropas persas y, después, empujar hasta romper sus primeras líneas.

Sin embargo, a partir de aquí, la falange se convierte en un ariete humano que, una vez ha entrado en el campo de batalla, se despliega dando lugar a luchas individuales o en pareja. Cierto es que escenas de este tipo se daban cuando, por ejemplo, se cazaba al enemigo en retirada, pero nunca en los enfrentamientos directos y, mucho menos, por hoplitas de la infantería pesada, cargando con todo su equipamiento.

En este sentido, como veremos más adelante, tanto el autor del cómic como los realizadores de la película, al momento de escoger como contaban la historia de los trescientos espartanos, hicieron una selección entre elementos reales que conservaría, los que descartarían y los que añadirían. En este punto en concreto del análisis, nos interesa fijar nuestra mirada en como iban ataviados y cual era el equipo de los hoplitas que aparecen en el film.

El principal elemento que nos sorprende al ver 300, es que los espartanos luchan sin ningún tipo de coraza, con el pecho al descubierto. Esta licencia artística, que proviene del cómic, en que los espartanos luchaban absolutamente desnudos, puede derivar de una doble motivación. Por un lado, la cultura espartana veneraba el cuerpo de los suyos, en el día a día era relativamente normal que tanto hombres y mujeres fueran desnudos, algo que escandalizaba al resto de griegos, pero, en combate, lucían las corazas de bronce o de materiales más ligeros, incluso, más adelante, se llegó a combatir sin ella. Y, por el otro, las formas de la coraza acostumbraban a ser las mismas de las de un torso musculado, habitual en los cuerpos de los espartanos. Pero no debemos criticar en exceso a Miller y Snyder por esto, ya que en la mayoría de representaciones de, por ejemplo, el rey Leónidas, lo muestran desnudo, como en la pintura de Leónidas en las Termópilas, de Jacques-Louis David, o la estatua que se encuentra en la actualidad en el lugar dónde transcurrió la batalla.

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A parte de este elemento, el resto del equipamiento que lucen los espartano se asemeja a la realidad, ofreciéndonos una imagen bastante fidedigna de lo que era un hoplita griego. Además de la coraza, un hoplita iba protegido por el casco, en el caso espartano habitualmente era el de tipo corintio, con un apertura horizontal para los ojos y otra vertical para la nariz y la boca. Se elaboraban a partir de una sola lámina de bronce y se forraban con fieltro, y en ocasiones se decoraban con crines. La verdad era que, desde el interior del casco, se veía poco y se oía menos, pero los hoplitas más experimentados actuaban pegados como una sola unidad, aún así, las órdenes se daban con trompetas, por lo que era imposible realizar ataques sorpresa o sigilosos. En la parte baja de las piernas, llevaban grebas, atadas con correas y moldeadas para que se adaptaran al máximo a la forma de la pierna del soldado.

Como armas ofensivas, los hoplitas luchaban con las dory, o lanzas largas, de dos metros de largo, que hacían salir desde detrás de sus escudos, y, cuando estás se rompían, algo habitual, también llevaban las xiphos, unas espadas cortas de doble filo y hoja recta.

Pero, la parte más importante de un hoplita y, por lo tanto, de una falange, era el escudo o hoplon o aspis. Su amplio diámetro, de alrededor de un metro, hacía que además de proteger el lado izquierdo del soldado que lo llevaba, también protegía el derecho del que tenía al lado, como dice Leónidas en la ya mencionada cita: «Cada espartano protege al soldado de su izquierda, desde el muslo hasta el cuello con su escudo». Y era precisamente así como funcionaban las falanges hoplitas, todo una línea de escudos perfectamente encajados, a través de los cuales el enemigo solo veía los cascos por arriba y las piernas protegidas por las grebas por debajo. Este tipo de combate, si bien era muy sólido y podía soportar duros ataques, consistentes en empujones constantes, en cuanto algún soldado perdía el escudo, se había una brecha que era imposible de taponar. Estas situaciones, derivaban en un combate cuerpo a cuerpo entre las tropas, o bien la solución de la batalla en cuestión de apenas una hora.

En toda Grecia, los hoplitas lucían armaduras hechas a medida, con las corazas y los escudos decorados con motivos de sus familias, y muchas veces eran transmitidos de padres a hijos. Sin embargo, algo que podemos ver en la película, el caso espartano era diferente, eran los únicos que llevaban un uniforme, todo el equipamiento era el mismo, y el escudo, en lugar de mostrar motivos de la familia a las que pertenecían, tenía la letra griega lambda, en referencia a Lacedemonia. De igual modo, llevaban una capa roja, como la que vemos en la película, pero con la que no luchaban nunca.

La batalla de las Termópilas

La batalla de las Termópilas, eje central de 300, se enmarca en las Guerras Médicas, que enfrentaron el Imperio aqueménida de Persia y las ciudades-estado de Grecia. Concretamente, en la Segunda Guerra Médica, en la que Jerjes I, hijo de Darío I el Grande, buscó concluir lo que había empezado su padre y así ampliar aún más las fronteras de su vasto Imperio, buscando enmendar la derrota de Maratón, diez años antes.

Por un lado, Jerjes reunió un ejército y una flota inmensos, mientras que, frente a él, la mayoría de las ciudades-estado griegas se aliaron —bajo la tutela de Atenas y Temístocles— para hacer frente a la invasión, pero aún así sus fuerzas eran menores. Como vemos en la película, las fuerzas espartanas eran de unos trescientos soldados, y tuvieron que enfrentarse a un ejército que, según estimaciones modernas, debía rondar los doscientos mil hombres. Ahora bien, como ya se apunta en la película, los espartanos no lucharon solos, aunque si fueron los líderes de la defensa de las Termópilas y fueron los últimos que se quedaron a resistir hasta el final el envite de los persas. En sentido, según las fuentes que difieren bastante las unas de las otras, el total de las fuerzas griegas en las Termópilas debían ir desde los cinco mil a los once mil soldados, más o menos, entre espartanos, tespios, arcadios, tebanos, corintios, o focenses, entre otros, así como todas las fuerzas de apoyo, como los ilotas, que actuaban de siervos y escuderos de los espartanos.

Sin embargo, con el paso de los años, las Termópilas, dejaron de ser una misión suicida a convertirse en un referente del sacrificio humano frente a la opresión, sobre todo al seguir las narraciones de Heródoto o otros autores antiguos, que prefirieron dejar que este episodio de la historia envuelto con un halo de mito.

Ahora bien, dejando de lado los elementos añadidos y descartados —como veremos en el siguiente apartado—, 300 hace un retrato bastante fiel de cómo evoluciono el combate, los diferentes días que transcurrieron, como los espartanos —y los demás hoplitas— resistieron uno tras otro los ataques de los persas, y, como al final, fueron aplastados, dando tiempo de que las fuerzas griegas pudieran recuperarse.

Es interesante ver que, a pesar de la escasez de fuerzas y que los números no són muy fieles, ni seguros —ni en la película, ni en las fuentes antiguas—, lo que si logra transmitir 300 es como los espartanos y sus aliados, aún muriendo, consiguieron una increíble victoria, sobre todo al tener un número de bajas cinco veces inferior al de los persas.

Si por un lado —salvando todas las distancias en cuanto a cómo luchaban, en lo que pesa más un factor estético— 300 retrata de una manera aceptable la batalla de las Termópilas, por el otro se olvida de mencionar un hecho que fue paralelo e igual de importante, como la batalla de Artemisio.

Mientras que el paso de las Termópilas las fuerzas dirigidas por Leónidas y sus trescientos hombres intentaban frenar el paso de los persas por tierra, una flota de más de doscientos barcos hacían lo mismo con los barcos de Jerjes, cuyo viaje se veía obligado a pasar por el estrecho de Artemisio.

Es cierto que, cuando los espartanos llegan a las Termópilas, pueden ver como la flota de Jerjes es destruida por un temporal, sin embargo, no fue exactamente así como sucedió. La flota persa contaba con, aproximadamente, mil doscientos barcos, pero cuando llegó a las costas del Peloponeso ya había perdido unos cuatrocientos navíos por un temporal. Además, las fuerza navales de Jerjes se dividieron en dos, mientras una parte se enfrentaba a los griegos en Artemisio, otra intentaba circunnavegar la isla de Eubea, con el objetivo de atrapar a los griegos por la espalda, pero la flota se perdió por otro temporal. Así pues, es probable que, entre temporales y aliados griegos, la flota persa se viera reducida a la mitad, haciendo que Jerjes y sus hombres empezaran a ver las dificultades de su avance por la peculiar orografía de Grecia, tanto por mar como por tierra.

La realidad entre el cómic y el cine

Como hemos podido ver cuando hablábamos del equipamiento de los hoplitas o de cómo se desarrolló la batalla de Artemisio, paralela a la de las Termópilas, ni Frank Miller, ni Zack Snyder, en ningún momento quisieron crear una fuente histórica fidedigna, sino contar una historia basada en hechos pasados. Es por este motivo que, al momento de hacerlo, escogieron unos elementos y descartaron otros, así como añadieron otros inexistentes o procedentes de otros momentos históricos.

Siguiendo en la línea del equipamiento de los hoplitas espartanos —que cómo hemos visto, es relativamente acertado—, podemos ver que uno de los elementos que ha sido mucho más modificado, es el aspecto de los persas. Desde el más simple soldado hasta Jerjes, todos los persas —muchos de los cuáles necesariamente no lo eran, aunque formaran parte del Imperio y de su ejército— muestran un aspecto un poco excesivo. Sin ir más lejos, y para no entrar en cada uno de los uniformes que se ven en la película, los Inmortales, son presentados como unos tenebrosos guerreros que luchan con dos espadas de aspecto oriental, otorgándoles características propias de los ninjas, e, incluso, en la película su piel y su rostro son propios de monstruos, algo que en el cómic no sucede. En realidad, los Inmortales, si bien era un cuerpo de élite del ejército persa, eran humanos, no tenían nada de sobrenatural, pero eran tantos que cuando uno caía, había otro para reemplazarlo, algo que les valió su sobrenombre. Por otro lado, aparecen unas extrañas criaturas, gigantes deformes, grandes humanos con cuchillas en vez de manos, animales de tamaños descomunales, así como seres con la cabeza de una cabra. Pero el que destaca por encima de todos, es la manera con la que se representa a Jerjes I, no solo por su aspecto, sino también por su tamaño. En realidad Jerjes lucía la característica barba de la moda persa, así como tampoco era un gigante.

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Todos estos elementos más «fantasiosos» son exclusivos de la película, sin embargo, aunque parezcan fuera de lugar, pueden ser positivos a la hora de utilizar 300 como fuente histórico, aunque tenga que ser con cierta distancia. La justificación que hacen tanto Miller como Snyder de la inclusión de estos elementos, es la de mostrar al espectador como los griegos veían a los persas y todo lo que los acompañaba, desde sus soldados al propio Jerjes, al que se equipara con un dios, tal y como era venerado en su Imperio.

Pero mientras que estos elementos se pueden justificar y aceptar hasta cierto punto, hay otros que no pasan desapercibidos, y los éforos son los primeros. En la película son representados como unos sacerdotes místicos, lascivos y enfermos de lepra, depravados y obsesionados en aprovecharse físicamente del oráculo, pero la realidad no era esta. La verdad era que los éforos eran magistrados escogidos anualmente para presidir el consejo de Esparta, hacerse cargo de los juicios civiles y la recogida de impuestos, o responsabilizarse de la política exterior, el entrenamiento de los jóvenes, en otras funciones, como, por ejemplo, acompañar a los soldados a la batalla. Como, por lo que podemos ver, lejos quedan de la imagen de sacerdotes anclados en su sitio de poder y encargados de consultar el oráculo, que no estaba en Esparta, sino Delfos.

De la misma manera, otro personaje que es desvirtuado, en busca de un mayor dramatismo argumental, es Efialtes. Si bien es cierto que existió y que guió a los persas por la retaguardia de los espartanos, en ningún momento las crónicas hablan de que fuera un espartano deforme que se había salvado de la eugenesia. En realidad, era un campesino de Tesalia, que seguramente traicionó a los espartanos a cambio de una recompensa que nunca recibió.

Si bien, como hemos visto al principio de este análisis, hubo elementos que fueron descartados al momento de crear tanto el cómic como la película, como puede ser la exclusión de la servidumbre y la esclavitud en la cultura espartana. Hubo otro elementos propios del día a día de los espartanos que también fueron descartados en pos de hacer a los protagonistas más verosímiles y congruentes con la mentalidad occidental actual. En la realidad espartana, el matrimonio y la procreación entre hombres y mujeres eran piezas esenciales, pero las relaciones homosexuales estaban al orden del día, así como el adulterio consentido. Puntualizamos consentido ya que, si se cometía adulterio sin el permiso del marido, ello constituía delito, mientras, sí que se permitía el intercambio de parejas, con el fin de engendrar a individuos mejores y más preparados para el futuro de Esparta, no había problema alguno, ya que encajaba en su mentalidad que también permitía la eugenesia. Del mismo modo, aunque los maridos y las esposas se respetaran mutuamente y tuvieran hijos en común, las prácticas homosexuales eran permitidas, bien vistas e, incluso, promovidas desde jóvenes, durante la educación, tanto en hombre como en mujeres, con el fin de estrechar lazos dentro de la comunidad o de las unidades militares. Este elemento, que era uno de los pilares de la sociedad espartana, en ningún momento es mencionado o insinuado en la película, más bien al contrario, ya que incluso en el cómic, los espartanos tildan a los atenienses de «afeminados» —boy-lovers en la versión original—, cuando en realidad eran estos los que veían con malos ojos las prácticas de los espartanos. En este sentido, uno de los pocos elementos destacables de la secuela, 300: El origen de un Imperio, es que los atenienses llaman a los espartanos, pederastas, y en parte tenían razón, ya que las relaciones se acostumbraban a tener entre personas de diferentes edades, para que los mayores protegieran a los jóvenes.

Finalmente, y para ver que no solo se modificaron elementos de la historia de forma «negativa» en búsqueda del dramatismo, sino que también se busco añadir elementos históricos pero modificados para la ocasión, pero completamente verídicos. Por ejemplo, la secuencia en la que Leónidas arroja a los emisarios al pozo, si bien no lo hizo este rey espartano, lo hizo otro, concretamente Cleómenes, su predecesor, cuando los emisarios de Darío I el Grande solicitaron «tierra y agua», asegurándoles que, en el fondo del pozo, lo encontrarían. Es por este motivo, que Leónidas no pudo hacerlo, ya que Jerjes, conocedor del destino de los emisarios de su padre, decidió no enviar nuevos a Esparta.

Aunque era un deshonor sobrevivir a los compañeros de armas, hubo un espartano que salió vivo de las Termópilas, Aristodemo. Pero a diferencia de Dilios, que se convertirá en el que lleve el mensaje de Leónidas a los espartanos, Aristodemo fue vilipendiado y repudiado hasta que, en la batalla de Platea consiguió resarcir su honor.

Como podemos ver, 300 es el ejemplo perfecto de la ficción con base real —en la que las piezas de la realidad son escogidas, descartadas o modificadas, en pos del argumento—, ya que en ningún momento se pretende recrear la historia de las Termópilas, sino contar una historia que entretenga al espectador moderno.

300 como fuente histórica

La faceta histórica de esta película es controvertida, no se puede negar lo evidente, sin embargo, una vez se ahonda en los elementos históricos y se separan de los fantasiosos —tanto los añadidos en el cómic, como los añadidos en la película—, vemos que se hace una representación bastante aceptable de un hecho histórico tan lejano a nosotros como la batalla de las Termópilas.

Ahora bien, mientras que con otras películas podemos confiar en lo que se nos narra, en este caso se tiene que coger todo con pinzas y analizarlo de forma pormenorizada, para ver si todos los elementos encajan. En este sentido, si tomamos 300 como fuente histórica, debemos hacer más caso de lo que se narra que de lo que se enseña, ya que la ambientación —aunque ciertos elementos son acertados— en su mayoría esta repleta de licencias históricas y bastante equivocados.

Es por ello que 300 permite solo un primer acercamiento a las polis griegas del siglo V a.C., cuando estás se enfrentaban y se aliaban las unas con las otras, y el Imperio aqueménida pretendía someterlas.