
Vale, lo admito: cuando me dijeron que Acero puro iba de robots boxeadores, pensé: “meh, Transformers con esteroides”. Pero como cinéfila que se atreve con todo y que ha visto desde gladiadores espaciales hasta vampiros bailando breakdance, decidí darle una oportunidad… y no me arrepiento. Shawn Levy nos entrega una cinta que, sin reinventar la rueda, logra entretener, emocionar y, sorpresa, hasta enternecer.
La premisa es sencilla pero efectiva: en un futuro cercano, el boxeo humano ha sido sustituido por robots. Charlie Kenton —un Hugh Jackman encantadoramente desastroso— es un exboxeador venido a menos que intenta ganarse la vida manejando a estas bestias mecánicas. Todo da un giro cuando entra en escena su hijo Max, con quien no tiene precisamente la relación más sana del mundo. Spoiler sin spoilers: encontrarán un viejo robot, lo entrenarán, y sí, habrá redención, peleas espectaculares y muchas emociones de esas que te hacen mirar disimuladamente la cebolla que “alguien” cortó oportunamente cerca del sofá.
La historia no es revolucionaria, cierto. Tiene sus clichés y momentos predecibles, pero también tiene corazón. Y eso, cuando se combina con peleas de robots coreografiadas como si fueran danza de combate, funciona. Además, el desarrollo entre padre e hijo, aunque básico, está bien llevado y no cae en lo empalagoso.
Como siempre, Hugh Jackman lo da todo. Literalmente: sudor, rabia, carisma y un poquito de culpa paternal. Su química con el joven Dakota Goyo (Max) es el eje emocional de la película. Goyo, por su parte, es sorprendentemente bueno; no es de esos niños insoportables que uno quiere golpear, sino que tiene chispa, agallas y una dosis justa de ternura.
Evangeline Lilly cumple con su papel de apoyo emocional y técnico, aunque me habría encantado verla con un rol más activo. El elenco secundario hace lo suyo, sin grandes alardes, pero encajando bien en este universo de acero y emociones humanas.

Visualmente, Acero puro es un caramelito. La fotografía destaca especialmente en las escenas de combate: luces frías, neones industriales, planos cerrados que nos meten en la acción como si estuviéramos dentro del ring con los robots. Hay un cuidado en la estética que evita que se vea genérica; incluso los momentos más íntimos tienen una luz cálida y natural que contrasta con la frialdad del metal, resaltando la dualidad tecnología-humanidad. Los robots están excelentemente integrados, con efectos prácticos y CGI que no cantan. Se sienten reales, pesados, con personalidad propia, y eso, para alguien que adora la ciencia ficción bien hecha, se agradece muchísimo.
Acero puro no cambiará tu vida, pero es una experiencia de lo más disfrutable. Tiene acción, emociones, y un robot llamado Atom que podría ganarse el corazón de cualquiera. No es perfecta, ni lo intenta. Pero como amante del cine de género, le reconozco su mérito: hacer que un drama familiar envuelto en acero resulte emocionante, divertido y visualmente atractivo. Ideal para una noche de palomitas y emociones metálicas con alma humana.
