
La historia de Familia de alquiler nos propone un viaje íntimo por la soledad, la conexión y los roles sociales en el Japón contemporáneo. La película se centra en Phillip Vanderploeg, un actor estadounidense en Tokio que, tras tocar fondo profesional y personal, acepta un trabajo en una peculiar agencia de “familias de alquiler”, ofreciendo compañía a extraños en celebraciones, funerales o situaciones que requieren de un rostro amable que no existe en su vida real.
Desde la primera escena, Rental Family nos sitúa en el bullicioso Tokio actual, donde Phillip—interpretado con sensibilidad por Brendan Fraser—atraviesa no solo las calles de la ciudad, sino su propio sentimiento de alienación. En lo técnico, la película se mueve con soltura entre el drama y la comedia ligera, con un guion coescrito por Hikari y Stephen Blahut que aspira a equilibrar empatía y reflexión filosófica sobre la necesidad humana de pertenecer. El resto del reparto —que incluye a Mari Yamamoto, Takehiro Hira, Shannon Mahina Gorman y Akira Emoto, entre otros—, completa un mosaico de personajes que, individualmente, representan distintas formas de vacío emocional o deseo de conexión.
La directora Hikari propone una mirada contemplativa, a veces demasiado suave, sobre un fenómeno real —los servicios de alquiler de compañía en Japón— que sirve de espejo para interrogantes universales sobre la autenticidad de las relaciones humanas. La premisa, inspirada en una práctica real, abre preguntas éticas y emocionales interesantes, aunque la película opta mayormente por un tono cálido antes que por un examen crítico profundo.
El guion se esfuerza en mostrar distintos casos —desde bodas improvisadas hasta identidades familiares prestadas— con la intención de explorar cómo el ser humano trata de llenar sus vacíos afectivos. Sin embargo, en ocasiones recurre a estructuras narrativas algo previsibles, con arcos emocionales que, aunque satisfactorios, no siempre escapan a clichés del género dramedia. Esto no es del todo un defecto, pero sí una limitación para quienes esperen un comentario radicalmente original sobre el tema.
Brendan Fraser —protagonista indiscutible de la cinta— ofrece una interpretación sobria y emocionalmente franca, construyendo a Phillip como alguien vulnerable sin caer en la caricatura. Su presencia en pantalla ancla la película y permite que otros personajes, a menudo más sutiles en sus motivaciones, respiren con naturalidad. La química con Shannon Mahina Gorman, quien interpreta a Mia, una niña cuya vida familiar ha sido fracturada, es uno de los aspectos más logrados y conmovedores del filme, funcionando como núcleo emocional central.

La fotografía de Takurô Ishizaka capta con elegancia la luz cambiante de Tokio, alternando entre espacios abiertos y rincones íntimos que reflejan el mundo interior de los personajes. La película avanza con un ritmo deliberado: no hay prisas por cerrar arcos dramáticos, sino por dejar que el espectador se sumerja en cada situación. Esto puede funcionar como virtud para quienes gustan de la contemplación, o como ralentización en exceso para quienes prefieren narrativas más tensas. La banda sonora, compuesta por Jon Thor Birgisson y Alex Somers, acompaña con delicadeza los matices emocionales de la historia, reforzando los momentos más íntimos sin sobrecargarlos. La música subraya sin manipular, una decisión coherente con el enfoque reflexivo del filme.
Rental Family aspira a ser una meditación sobre cómo construimos la familia, el amor y su significado en un mundo cada vez más fragmentado. En su desarrollo se plantean cuestiones esenciales: ¿qué hace que una relación sea “real”? ¿Puede una interacción fingida desembocar en una conexión genuina? Estas preguntas están presentes, aunque nunca se exploran con la profundidad filosófica que la premisa prometía. En lugar de eso, la película opta por un enfoque más suave, que prioriza la calidez emocional sobre la crítica social intensa.
Estamos ante una película que late con honestidad, aunque su corazón sea a veces demasiado benévolo. Desde mi perspectiva como espectadora encuentro en esta película una propuesta sincera, conmovedora y perfecta, aunque incompleta. Su excelente calidad se debe a su capacidad de conmover sin traicionar la complejidad de sus personajes, aunque a veces ascienda por senderos narrativos predecibles. ¿Es una película que invita a pensar? Sí, pero sobre todo a sentir, y en ese sentido cumple con creces.
La decisión de Hikari de orientar el relato hacia la empatía y el afecto más que hacia un comentario social incisivo puede dejar a algunos deseando mayor rigor crítico, pero la autenticidad emocional —en especial gracias a la actuación de Brendan Fraser y los pequeños destellos de humanidad en escenas claves— compensa con creces estas fragilidades. En última instancia, Rental Family nos recuerda que todos, incluso quienes parecen más desconectados, anhelan ser vistos y reconocidos.
