
Predator: Badlands es una de esas películas que no son un desastre, pero tampoco justifican su existencia más allá del experimento. La idea de contar la historia desde el punto de vista del Depredador era, sobre el papel, justo lo que la saga necesitaba para no seguir repitiendo la misma cacería de siempre. El problema es que esa buena intención se queda a medio gas y acaba convertida en algo bastante más tibio de lo que uno espera cuando entra a ver una película de Predator. La sensación general es de ser una más dentro de una franquicia que ya lleva demasiados bandazos. Se deja ver, tiene momentos sueltos que funcionan, pero nunca termina de morder ni de dejar huella.
El director, Dan Trachtenberg, el mismo de la anterior Predator: La presa, vuelve a intentar expandir el lore y darle otra perspectiva a la criatura. Aquí el enfoque de convertir al Depredador en protagonista absoluto y casi en héroe no es en sí una mala idea, pero la ejecución falla porque lo humaniza en exceso. En el momento en que deja de ser un cazador implacable para convertirse en alguien con conflictos emocionales, vínculos familiares y hasta momentos de ternura, pierde gran parte de lo que lo hacía fascinante y aterrador. Se diluye la esencia del personaje y se rompe esa sensación de peligro constante que definía a la saga.
La película arranca con fuerza, con un inicio que funciona y te mete bien en situación. Sin embargo, a medida que avanza va perdiendo colmillo de forma preocupante. La aparición de ciertos elementos “adorables” y el empeño en que empaticemos constantemente con el Depredador acaban diluyendo por completo su condición de amenaza. Ya no impone, ya no incomoda, y en más de una escena provoca más simpatía que miedo. Y eso, en una saga como esta, es un problema serio. El Depredador no debería dar pena ni caer bien: debería ponerte nervioso, hacerte sentir que en cualquier momento alguien va a acabar despellejado.
A nivel visual, hay cosas que funcionan y otras que chirrían bastante. El abuso del CGI se nota demasiado y se echa muchísimo de menos el peso físico de los efectos prácticos, de los trajes y del animatrónico de toda la vida. Todo es demasiado limpio, demasiado digital, demasiado seguro, como si la película tuviera miedo a mancharse las manos. Parece diseñada para no molestar a nadie, para encajar en un molde más cercano al blockbuster familiar que al cine de ciencia ficción salvaje, violento y sudoroso que definió la saga en sus orígenes.

Elle Fanning cumple en su doble papel y tiene presencia en pantalla, pero su personaje tampoco termina de justificar del todo su importancia dentro del conjunto. Funciona más como acompañamiento conceptual que como verdadero motor dramático, y eso refuerza la sensación de que la película va dando bandazos entre querer ser algo nuevo y no atreverse a romper del todo con lo que Disney espera de una franquicia de este calibre. Hay ideas interesantes alrededor de su personaje, pero se quedan en bocetos, nunca terminan de desarrollarse con la profundidad necesaria.
Al final, Predator: Badlands se queda en tierra de nadie. Si te olvidas de que es una película de Depredador, puede pasar por un entretenimiento correcto, un cinco raspado que no duele ni molesta. Pero llevando ese nombre encima, la exigencia es otra, y ahí es donde flojea sin remedio. La humanización excesiva del monstruo, el tono demasiado dócil y la falta de mala leche hacen que esta entrega se sienta como un paso atrás respecto a las anteriores. No es un desastre, pero sí una oportunidad claramente desaprovechada de hacer algo realmente distinto sin traicionar la esencia de uno de los iconos más temibles del cine de ciencia ficción.
