
Como amante de los géneros fantásticos, con predilección por las rarezas que mezclan acción, horror y un poco —o mucho— de locura, Abraham Lincoln: Cazador de vampiros era una parada obligatoria en mi ruta cinéfila. Estrenada en 2012 y dirigida por Timur Bekmambetov —responsable también de la pasada de vueltas Wanted—, esta película adapta la novela homónima de Seth Grahame-Smith, y nos propone una versión del siglo XIX donde los vampiros no sólo existen, sino que tienen un papel crucial en la historia de Estados Unidos… y solo el bueno de Abraham puede enfrentarlos, hacha en mano. Sí, esto es historia revisionista con esteroides, sangre CGI y un toque steampunk que grita: «¡Déjate llevar!».
La historia es, sin duda, el núcleo excéntrico de la propuesta. ¿Qué pasa si convertimos al decimosexto presidente de los Estados Unidos en un cazador de criaturas nocturnas sedientas de sangre? Pues pasa que obtienes una especie de Batman histórico con sombrero de copa. Aunque la premisa pueda parecer ridícula —y lo es, en el mejor sentido—, el guion se toma a sí mismo bastante en serio, lo cual sorprendentemente funciona. Hay una lógica interna que sostiene este universo: los vampiros están infiltrados en las altas esferas del poder esclavista, y Lincoln, con su tragedia personal como motor, se convierte en el improbable héroe con ideales y habilidades de combate casi sobrehumanas. Es una mezcla atrevida, que a veces se tambalea por tomarse demasiado en serio, pero también consigue algunos momentos épicos que logran enganchar.
El reparto cumple sin alardes, pero con eficacia. Benjamin Walker, como Abraham Lincoln, consigue humanizar al mito, con una interpretación sobria que equilibra la tristeza del joven huérfano con la convicción del hombre que busca justicia… con hacha. No es carismático al nivel de un héroe de acción clásico, pero esa es justamente su gracia: es un tipo común con una misión sobrenatural. Dominic Cooper aporta el carisma que falta con su personaje mentor, Henry Sturges —aunque sus apariciones en el prólogo y el epílogo sobran—, y Rufus Sewell como el villano vampírico Adam es deliciosamente malvado, aunque algo desaprovechado. Por su parte, Mary Elizabeth Winstead como Mary Todd aporta dulzura, pero su rol queda algo limitado por un guion que no le da demasiado que hacer.

La fotografía, a cargo de Caleb Deschanel, es uno de los aspectos más destacables del film. Aquí es donde mi corazoncito de fan del género se alegra. La paleta oscura, los contraluces dramáticos y las secuencias de acción bañadas en sangre digital y filtros azulados crean una atmósfera que roza lo gótico-industrial. Hay escenas que parecen sacadas de un cómic de terror steampunk, y eso es un piropo. El ralentí, tan querido por Bekmambetov, a veces se siente excesivo, pero hay momentos visualmente hipnóticos —como la pelea sobre una estampida de caballos— que se quedan contigo, aunque sea solo por lo absurdo y espectacular.
Abraham Lincoln: Cazador de vampiros no es una película para todos los gustos, pero si —como yo— disfrutas de los cruces de géneros imposibles, las reinterpretaciones descabelladas de figuras históricas y la acción sangrienta con un estilo visual marcado, te va a resultar un festín tan peculiar como entretenido. No busca ser profunda, aunque ocasionalmente lo intenta, y su punto fuerte está en su compromiso total con una idea ridícula llevada con estilo.
Aunque no es perfecta —algunas líneas de diálogo son de cartón y ciertos personajes merecían más desarrollo—, es imposible no aplaudir su osadía y su identidad propia. Además, ¿cuántas películas pueden decir que convirtieron a Lincoln en un justiciero nocturno antiesclavismo con un hacha plateada? Exacto. Ideal para una noche de palomitas, mirada cómplice y ganas de ver algo diferente.
