
Después de cerrar la etapa de César decentemente con La guerra del planeta de los simios, muchos pensamos que lo más sensato era dejar la saga descansar. Pero ya sabemos cómo funciona Hollywood y aquí estamos, varios siglos después dentro de la historia, con El reino del planeta de los simios intentando abrir una nueva trilogía. El relevo cae en manos de Wes Ball y la sensación que deja es clara: es un espectáculo impresionante de ver, pero le falta ese golpe en la mesa que sí tenían las anteriores.
La película nos sitúa generaciones después de César. Su figura se ha convertido casi en mito y, como suele pasar, sus enseñanzas han sido reinterpretadas, manipuladas y directamente pervertidas. La idea es potente: los simios ya dominan el mundo y ahora el peligro no viene tanto del humano como de ellos mismos. Hay un líder, Proximus César, que utiliza el nombre del antiguo icono como herramienta de poder, y ahí había materia prima para un conflicto ideológico serio, casi religioso. El problema es que el guion apunta cosas interesantes pero rara vez profundiza. Todo se queda en la superficie, como si la película tuviera miedo de mancharse las manos.
A nivel visual es una barbaridad. Aquí no hay discusión. La captura de movimiento y los efectos digitales están a un nivel que ya roza lo insultante. Los simios no solo parecen reales, es que tienen un estilo y textura que hace diez años parecían imposibles. Hay planos en ruinas cubiertas de vegetación, estructuras invadidas por el agua y paisajes postapocalípticos que son puro deleite. La fotografía tiene momentos realmente preciosos y el trabajo técnico sostiene la película incluso cuando la historia empieza a desinflarse. Es cine grande, de pantalla grande, de dejarte llevar por la inmersión.

Pero claro, no todo es músculo digital. Cuando vienes de una trilogía que convirtió a César en uno de los grandes personajes de la ciencia ficción moderna gracias, en gran parte, al trabajo de Andy Serkis, el listón está altísimo. Aquí el nuevo protagonista cumple, y el reparto humano tiene presencia —especialmente Freya Allan, que aporta carisma y misterio—, pero ninguno termina de tener ese peso dramático que arrastraba la saga anterior. Se nota que estamos ante el inicio de algo y no ante una historia cerrada y contundente. Todo parece diseñado para sembrar, no para recoger.
El gran problema es el ritmo. Son más de dos horas y veinte minutos que, siendo sinceros, no siempre lo justifican. Hay tramos de aventura bastante clásicos, incluso simpáticos, pero falta tensión real. Falta conflicto que duela. Falta esa sensación de que lo que está en juego es algo irreversible. Muchas escenas se alargan más de la cuenta y otras que deberían ser demoledoras pasan sin demasiado impacto. Es como si la película tuviera todos los ingredientes para cocinar algo épico, pero se quedara a medio fuego.

También se echa en falta algo más de riesgo. La trilogía anterior se atrevía a ser sombría, casi trágica, con un tono adulto y reflexivo. Aquí hay apuntes de crítica sobre el poder, la manipulación del legado y la corrupción de los ideales, pero nada termina de explotar. Es una entrega correcta, incluso sólida por momentos, pero demasiado contenida. Demasiado calculada.
Al final, El reino del planeta de los simios no es ni mucho menos un desastre. Se deja ver, tiene momentos muy logrados y amplía el universo con coherencia. Pero viniendo de donde venimos, sabe a poco. Es técnicamente espectacular, visualmente impactante y promete cosas interesantes de cara al futuro, pero como primera piedra de una nueva etapa le falta carácter y, sobre todo, le falta chicha. Y cuando una saga ha demostrado que puede aspirar a la grandeza, conformarse con ser simplemente correcta deja un regusto un poco agridulce.
