
La película de Paul Thomas Anderson ha arrasado en los Oscar con seis estatuillas, incluyendo mejor película y mejor dirección, imponiéndose a Sinners de Ryan Coogler. Las expectativas estaban por las nubes. Y eso casi siempre suele ser un problema.
La película es, sin duda, un prodigio técnico. Anderson vuelve a un estilo más excesivo, más libre, donde la cámara no para quieta, la música invade cada escena y la tensión está siempre presente. La trama se presenta como una adaptación libre de Vineland, rodada en celuloide, con secuencias en gran formato, hay momentos visualmente espectaculares que recuerdan por qué este director sigue siendo uno de los grandes. La edición acompaña bien ese caos controlado, aunque en ocasiones parece más un intento de sostener un conjunto narrativo que no termina de cuajar.
Porque si algo deja claro Una batalla tras otra es que no basta con el envoltorio. El guion se siente disperso, irregular, con muchas ideas flotando —política, terrorismo, familia, paranoia— pero sin una verdadera cohesión. El arranque, con un prólogo excesivamente largo, ya marca el tono de lo que vendrá después: personajes apenas esbozados, situaciones que se suceden sin demasiado peso emocional y una historia que parece avanzar sin un destino claro.
En ese caos hay elementos que sí funcionan. Leonardo DiCaprio está brillante, construyendo un personaje neurótico, desubicado, un antihéroe paranoico que deambula en bata, casi una versión decadente de el Nota de los Coen. Sus escenas tienen vida, especialmente cuando comparte pantalla con Benicio del Toro, donde se intuye una especie de buddy movie que la película apenas explora. Ahí hay química, humor y personalidad. De hecho, su interpretación resulta, en conjunto, más interesante que la de Michael B. Jordan en Sinners, pese a que la Academia haya premiado a este último.

En el lado contrario, Sean Penn ofrece un villano completamente desdibujado, pasado de vueltas hasta rozar la caricatura. Su personaje no impone ni incomoda, más bien desconecta, y se convierte en uno de los puntos más débiles del conjunto. Esto enlaza directamente con el tratamiento político de la película, que resulta demasiado obvio, subrayado, sin la ambigüedad que cabría esperar en una obra de Anderson.
El ritmo tampoco ayuda a elevar el conjunto. Hay tramos donde la película engancha, donde su tono caótico funciona y mantiene el interés, pero también otros donde se vuelve repetitiva, incluso algo pesada. No es tanto una cuestión de duración como de densidad mal gestionada. Cuando una película de este nivel hace que el espectador pierda la atención en ciertos momentos, algo no está terminando de funcionar.
Al final, Una batalla tras otra se queda en una obra que se admira más de lo que se disfruta. Tiene momentos brillantes, un acabado técnico impecable y un DiCaprio en gran forma, pero también arrastra un guion débil, personajes poco desarrollados y una sensación constante de que podría haber sido mucho más. Como ganadora del Oscar a mejor película, deja más dudas que certezas. Es una buena película, sí, pero el traje de “obra maestra” o incluso de “mejor del año” le queda grande.
