
Es inevitable empezar este análisis sin mencionar al elefante en la habitación: Ídolos es el intento desesperado del cine patrio por tener su propio F1: The Movie, la cinta que Joseph Kosinski y Brad Pitt nos regalaron en 2025 y que cambió las reglas del juego. Pero claro, las comparaciones son odiosas y aquí duelen más que una caída en plena curva a doscientos por hora. Mientras que la producción estadounidense derrochaba medios, épica y un realismo técnico que te hacía sentir el olor a neumático quemado, la película de Mat Whitecross se queda en una versión de marca blanca, un «low cost» que intenta camuflar su falta de alma con mucho brillo de videoclip y un montaje frenético que a veces marea más de lo que emociona. Si en «F1» teníamos a pesos pesados como Pitt y nuestro Javier Bardem dándole una pátina de prestigio a la adrenalina, aquí nos tenemos que conformar con un reparto que parece sacado de una carpeta de instituto.
La trama es un festival de clichés que ya hemos visto mil veces y, sinceramente, mejor ejecutados. Tenemos a Edu, el piloto rebelde y talentoso pero con una actitud de niñato insoportable que interpreta Óscar Casas. El problema es que a Casas el papel le queda grande; intenta transmitir esa rabia interna y ese fuego de la competición, pero se acaba perdiendo en una gesticulación que no termina de cuajar, lejos de la sobriedad y el carisma que requería un personaje así. A su lado, Ana Mena hace lo que puede como Luna, pero su personaje es el epítome del «interés amoroso» sin apenas trasfondo ni agencia propia, funcionando más como un complemento estético que como un motor real para la historia. La química entre ellos, de la que tanto se ha hablado por los cotilleos del rodaje, no basta para sostener un guion que hace aguas por todos lados y que recurre al manido conflicto del padre traumado que entrena al hijo para buscar su propia redención.

Es que el guion es, sin duda, el punto más flojo de esta moto que no arranca. Los diálogos rozan lo vergonzoso en ciertos momentos, con un aire de telefilm de sobremesa o culebrón adolescente que choca frontalmente con la supuesta espectacularidad visual que pretende vender. Esa relación entre el padre, interpretado por un Claudio Santamaría que es el único que aporta algo de dignidad y tablas al conjunto, y el hijo resulta artificial y forzada. No hay una evolución real, solo una sucesión de situaciones predecibles: el talento indomable, el pasado trágico, la redención final… Es cine de esquema prefabricado donde el espectador va tres curvas por delante de la película. Parece que han cogido el manual del cine deportivo más básico y se han limitado a cambiar los coches por motos de Moto2, olvidándose de que para que nos importe quién gana la carrera, primero nos tienen que importar los personajes.
Técnicamente, no se puede negar que el director sabe dónde poner la cámara para que todo luzca bonito y moderno. Las escenas de carreras están bien rodadas, el sonido de los motores ruge con fuerza y visualmente cumple con los estándares mínimos de un blockbuster veraniego. Pero es una cáscara vacía, una «velocidad sin emoción» que se pierde en su propia estética publicitaria. Es como si hubieran querido imitar los cameos de pilotos reales de la película de F1 metiendo con calzador a Marc Márquez o Aspar, buscando una validación que la película no se gana por sí sola.

Al final, Ídolos se queda en un producto de consumo rápido, puro escapismo adolescente que como pieza cinematográfica es totalmente olvidable. Es una pena que, teniendo el potencial del motociclismo profesional, se haya optado por la vía del postureo visual en lugar de profundizar en el drama humano de un deporte tan sacrificado. El problema no es que el cine español quiera hacer espectáculos comerciales, ojalá hiciera más. El problema es hacerlos sin personalidad, calcando estructuras ajenas y creyendo que poner cámaras rápidas y música atronadora basta para emocionar. F1: The Movie podrá ser puro cine espectáculo, pero al menos sabía exactamente qué quería ser. Ídolos ni siquiera tiene eso claro.
