
Como fan de Mortal Kombat desde hace décadas, reconozco que cuando anunciaron esta secuela tenía cierta esperanza. No porque la película de 2021 fuese una maravilla precisamente, sino porque parecía haber dejado el terreno preparado para algo mucho más interesante. El torneo estaba a las puertas, Johnny Cage iba a entrar en escena y, sobre el papel, todo apuntaba a una continuación que abrazaría de una vez por todas la esencia de los videojuegos. Y, en parte, eso es exactamente lo que hace. El problema es que en el proceso se olvida de casi todo lo demás.
Si la anterior película pecaba de ser una introducción interminable a algo que nunca llegaba a ocurrir, Mortal Kombat II se va al extremo contrario. En esta, se decide eliminar prácticamente cualquier atisbo de desarrollo narrativo para centrarse en lo que supuestamente todos queríamos ver: combates. El resultado es una película mucho más cercana al espíritu de los videojuegos, llena de personajes reconocibles, referencias constantes y enfrentamientos encadenados. Sobre el papel debería ser un acierto. En la práctica no termina de funcionar.
El principal problema es que la película apenas tiene historia. No es que la trama sea sencilla, es que prácticamente no existe. Los personajes van de una pelea a otra sin que haya una progresión clara ni un conflicto especialmente interesante que sostenga el conjunto. Todo parece una excusa para enlazar el siguiente combate, y cuando una película de dos horas se construye únicamente alrededor de eso, necesitas que las escenas de acción sean memorables.
Y ahí llega la gran decepción.
Quitando algún enfrentamiento puntual, la mayoría de los combates resultan sorprendentemente mediocres. Las coreografías carecen de la contundencia y creatividad que uno espera de una franquicia basada precisamente en artes marciales imposibles y luchadores extravagantes. Hay demasiados cortes de montaje, demasiada dependencia del CGI y muy pocos momentos que realmente transmitan la sensación de estar viendo a guerreros legendarios enfrentándose entre sí. Paradójicamente, una película cuyo principal atractivo son las peleas acaba fallando precisamente en las peleas.
El abuso de efectos digitales tampoco ayuda. Mortal Kombat siempre ha sido una saga exagerada y fantástica, pero aquí muchas secuencias parecen generadas por ordenador hasta el punto de perder peso visual. Hay momentos en los que cuesta sentir que los personajes están realmente interactuando entre ellos o con los escenarios. Todo tiene un aspecto artificial que termina restando impacto a la acción.

La gran incorporación de esta secuela es Johnny Cage, interpretado por Karl Urban. Y, curiosamente, acaba siendo también lo mejor de la película. Su carisma, su actitud chulesca y ese punto de humor autoconsciente aportan una energía que el resto del reparto no consigue transmitir. Cada vez que aparece en pantalla la película parece despertar durante unos minutos. No es que el personaje esté especialmente desarrollado, pero al menos resulta divertido y aporta algo de personalidad a una historia que va bastante justa de ella.
También hay que reconocer que los aficionados a los videojuegos encontrarán numerosos guiños, referencias y recreaciones visuales que funcionan razonablemente bien. El director Simon McQuoid demuestra conocer el material original y, en algunos planos concretos, consigue capturar esa estética exagerada y espectacular que caracteriza a la saga, así como los «Fatalities». El problema es que esos momentos aparecen de forma demasiado aislada como para sostener toda la película.

Y es aquí donde inevitablemente surge la comparación con sus predecesoras. Mortal Kombat II es más fiel a los videojuegos que la entrega de 2021, sí. Tiene más personajes, más combates y más fan service. Pero también pierde aquello que, con todas sus limitaciones, intentaba construir la anterior: una mínima sensación de historia. Puede que Mortal Kombat no fuese gran cosa, pero al menos parecía querer contar algo. Esta secuela parece conformarse con enseñarte una colección de luchas sin demasiada cohesión.
Y aun así, ninguna de las dos consigue acercarse a la que sigue siendo, para mí, la mejor adaptación cinematográfica de la saga: Mortal Kombat de 1995. Sí, sus efectos especiales han envejecido. Sí, tenía limitaciones evidentes de presupuesto. Pero entendía perfectamente qué hacía especial a Mortal Kombat. Tenía personalidad, una banda sonora inolvidable, personajes carismáticos y, sobre todo, alma. Algo que esta nueva secuela busca desesperadamente entre toneladas de CGI y combates olvidables sin llegar a encontrarlo.
En definitiva, Mortal Kombat II es una película que entretiene lo justo. Los fans encontrarán suficientes referencias para pasar un rato agradable y la presencia de Johnny Cage aporta el carisma necesario para evitar el desastre absoluto. Sin embargo, la ausencia casi total de trama, unas peleas sorprendentemente poco inspiradas y una dependencia excesiva de los efectos digitales terminan convirtiéndola en un espectáculo bastante vacío. Más fiel al videojuego que su predecesora, sí, pero también bastante menos interesante. Y cuando una película de Mortal Kombat no consigue que sus combates sean lo mejor de la función, algo ha salido mal.
