
Con la cantidad de biopics musicales que han llegado en los últimos años, era cuestión de tiempo que Hollywood se lanzara a contar la vida del Rey del Pop. Y lo hacía, además, con un reto enorme: hablar de uno de los artistas más importantes, influyentes y controvertidos de la historia de la música. Michael, dirigida por Antoine Fuqua, opta por el camino más seguro. El resultado es una película entretenida, espectacular en lo visual y musical, pero demasiado preocupada por proteger el mito como para atreverse a explorar de verdad a la persona.
Lo primero que hay que reconocer es que Jaafar Jackson es, sencillamente, la mejor decisión de toda la producción. El sobrino de Michael no solo tiene un parecido físico sorprendente, sino que reproduce su forma de hablar, de caminar, de bailar y hasta esos pequeños gestos que hicieron inconfundible al artista. Hay momentos en los que cuesta distinguir dónde termina Jaafar y empieza Michael Jackson. No es una simple imitación, consigue transmitir esa energía casi magnética que convertía cualquier aparición del cantante en un espectáculo.
También merece una mención el actor Colman Domingo que interpreta a su padre Joseph Jackson. La película deja claro desde el principio el ambiente de presión y abuso que marcó la infancia de Michael, y esas escenas funcionan muy bien. Son probablemente las más interesantes del metraje porque muestran el origen de muchos de los fantasmas que acompañaron al cantante durante toda su vida. El problema es que la película parece perder el interés en profundizar sobre ellos en cuanto Michael alcanza el éxito.

Y ahí aparece el mayor defecto de Michael. Todo está tratado con excesivo cuidado. Sí, vemos algunos conflictos personales, alguna referencia a sus inseguridades o a la complicada relación con su imagen, pero siempre desde una distancia prudencial, como si el guion tuviera miedo de incomodar a alguien. Nunca termina de meterse en el barro. Prefiere enseñar al icono antes que al ser humano.
Da la sensación de estar viendo una sucesión de grandes éxitos perfectamente recreados más que una historia que quiera explicar cómo se construyó ese mito. Los conciertos, los videoclips y las actuaciones están rodados con muchísimo mimo y son un auténtico regalo para cualquier fan. Musicalmente es una delicia y visualmente tiene momentos espectaculares. Pero precisamente por eso acaba resultando frustrante: dedica mucho tiempo a reproducir escenas que todos conocemos y muy poco a enseñarnos el trabajo obsesivo, la creatividad y el perfeccionismo que hicieron posible esas actuaciones.
La película parece asumir que el espectador ya sabe quién fue Michael Jackson y simplemente quiere volver a escuchar sus canciones más famosas. Apenas vemos el proceso creativo detrás de discos históricos, la relación con colaboradores fundamentales o cómo nacieron muchas de las decisiones artísticas que terminaron definiendo su carrera. Todo aparece ya terminado, como si las ideas simplemente surgieran por arte de magia.

Comparada con otros biopics recientes, especialmente Bohemian Rhapsody, esta se queda un escalón por debajo. La película sobre Freddie Mercury también suavizaba muchos aspectos de la realidad, pero al menos construía una historia con un claro arco dramático y conseguía equilibrar espectáculo y desarrollo de personajes. Michael, en cambio, da demasiados saltos entre momentos icónicos sin que exista una verdadera evolución narrativa. Es más un homenaje ilustrado que un retrato cinematográfico.
Y es una pena, porque material había de sobra. La obsesión enfermiza por el perfeccionismo, las interminables sesiones de ensayo, la creación de álbumes revolucionarios como Thriller o Bad, su complicada relación con la fama o la enorme soledad que arrastró durante toda su vida apenas se exploran. Todo aparece mencionado, pero casi nunca desarrollado.
Eso sí, sería injusto decir que la película aburre. Todo lo contrario. Las más de dos horas pasan con facilidad gracias a un ritmo muy ágil, una fotografía muy cuidada y una banda sonora que, evidentemente, juega sobre seguro porque hablamos de uno de los mejores catálogos musicales de todos los tiempos. Cuando la película se convierte en espectáculo funciona francamente bien.

Quizá el detalle que mejor resume la propuesta sea su propio final. Lejos de cerrar una etapa importante de la vida del artista, deja claro que esto es solo la primera parte de una historia más grande. Es una decisión comprensible por la enorme cantidad de acontecimientos que marcaron la vida de Michael Jackson, pero también deja la sensación de haber visto una introducción demasiado larga. Muchas de las cuestiones realmente complejas quedan aplazadas para una continuación que todavía está por llegar.
En definitiva, Michael es un biopic entretenido, técnicamente impecable y con un Jaafar Jackson sencillamente extraordinario, pero demasiado edulcorado para convertirse en el retrato definitivo del Rey del Pop. Funciona como homenaje al artista y como espectáculo musical de primer nivel, pero se queda corto a la hora de explicar al hombre que había detrás del mito. Si buscas revivir los grandes momentos de Michael Jackson, probablemente salgas satisfecho. Si esperabas comprender mejor a una de las figuras más fascinantes y complejas de la música, seguramente te quedarás con la sensación de que esta historia todavía tiene mucho que contar.
