
Hubo una época en la que Troya (2004), dirigida por Wolfgang Petersen, era vista como un blockbuster histórico bastante irregular. Se le criticaba por simplificar la Ilíada, por eliminar casi todo el componente mitológico y por sacrificar el rigor histórico en favor del espectáculo. Durante años quedó en esa categoría de películas entretenidas, pero lejos de ser consideradas grandes clásicos del género.
Sin embargo, el paso del tiempo y la poca calidad del cine actual, han hecho mejor a esta película.
Resulta curioso que, en pleno 2026, cuando el próximo estreno de La Odisea de Christopher Nolan ha generado un intenso debate sobre su estética, el diseño de producción y la caracterización de algunos personajes, Troya haya ganado tantos puntos simplemente por comparación. No porque sea una película perfecta, que no lo es, sino porque transmite una sensación de autenticidad que muchas superproducciones actuales parecen haber perdido.
Gran parte de esa impresión nace de su apartado visual. Petersen apostó por localizaciones naturales, escenarios construidos a gran escala y una fotografía que, incluso veinte años después, mantiene un aspecto orgánico. Las ciudades, las playas y los campos de batalla tienen textura y peso, todo muy Mediterráneo. No da la sensación de estar viendo personajes moviéndose dentro de un enorme decorado digital, sino personas recorriendo lugares reales.

A eso se suma un reparto que sigue funcionando extraordinariamente bien. Brad Pitt puede que no fuera el Aquiles más fiel al poema de Homero, pero consiguió crear una figura carismática, arrogante y obsesionada con alcanzar la inmortalidad a través de la gloria. Eric Bana, por su parte, ofrece probablemente el mejor personaje de toda la película. Su Héctor representa el honor, la responsabilidad y el sacrificio, convirtiéndose en el verdadero corazón emocional del relato. El enfrentamiento entre ambos sigue siendo uno de los grandes duelos del cine épico moderno precisamente porque detrás de las espadas existen dos formas completamente opuestas de entender la vida.
La película, por supuesto, se toma enormes libertades respecto a la Ilíada y a los acontecimientos históricos. Reduce personajes, altera cronologías, elimina prácticamente toda la intervención de los dioses y modifica numerosos sucesos. Quien busque una adaptación rigurosa del texto de Homero no la encontrará aquí.

Pero Petersen tuvo claro qué era lo realmente importante conservar. La muerte de Patroclo como detonante de la furia de Aquiles. La tragedia de Héctor enfrentándose a un enemigo superior sabiendo que probablemente no regresará con vida. El orgullo desmedido de Aquiles, que define todas sus decisiones. Y, por supuesto, el legendario Caballo de Troya, convertido en el golpe definitivo que pone fin a la guerra. Aunque cambie el camino para llegar hasta esos momentos, entiende cuáles son los pilares emocionales que han mantenido vivo este relato durante casi tres mil años.
Quizá lo más llamativo sea que Troya hoy parece una película más elegante de lo que muchos recordaban. En una época donde gran parte del cine épico depende de fondos digitales, iluminación artificial y diseños que dividen al público, la producción de Petersen desprende una naturalidad que el tiempo ha revalorizado. No significa que el cine actual sea incapaz de alcanzar ese nivel, pero sí demuestra que muchos de nosotros seguimos apreciando esa sensación de realidad física que ofrecen los escenarios y el vestuario cuando tienen un mayor peso frente al ordenador.

Precisamente por eso, La Odisea de Nolan afronta un desafío enorme. Más allá de la inevitable comparación entre dos historias pertenecientes al mismo universo mitológico, el director británico tendrá que convencer de que su propuesta visual y narrativa puede estar a la altura de unas expectativas gigantescas. El debate previo demuestra que el público examina cada detalle con lupa. La respuesta definitiva solo llegará cuando la película se estrene, pero recuperar hoy Troya sirve para recordar que algunas obras, pese a sus defectos, terminan envejeciendo mucho mejor de lo que parecía en su momento.
Puede que nunca fuera la adaptación definitiva de Homero, pero sí acabó siendo una de las últimas grandes epopeyas históricas de Hollywood realizadas con una ambición visual que, vista desde 2026, resulta incluso más admirable que cuando llegó a los cines.
