
23 de noviembre de 1971
18:22h
Winnemucca, al norte del estado de Nevada
El utilitario de alquiler se detuvo a las afueras del pueblo. No porque no quisiera entrar, sino porque, con total seguridad, si entraba demasiado pronto saldría por el otro extremo, perdiéndose lo que podía haber en el interior de aquellas cuatro calles perdidas en mitad del desierto del norte de Nevada.
Henri detuvo el motor y le dio un codazo a Jacques, que dormitaba profundamente en el asiento del copiloto.
—Es tu turno.
—¿Ya? —preguntó un tanto hastiado.
—Sí, además, hemos llegado a la mitad del camino y, como me has pedido, me he parado en cuanto viera que había una tienda de bricolaje o algo parecido… Ahí la tienes.
Jacques abrió los ojos y miró hacia el exterior por la ventanilla. Al horizonte se veía el llano terreno de aquel estado desértico, atravesado por una carretera de dos carriles acompañada solo por los postes que sostenían un cable que se perdía en el infinito. Y, plantadas en mitad de todo aquello, unas cuantas casas bajas organizadas en un cruce de pocas calles y en el que se veía lo básico para que se pudiera vivir allí: una oficina de correos, una gasolinera, un restaurante, una tienda de comida y, a su lado, la que parecía la de bricolaje y cosas para el hogar, seguramente del mismo dueño. Era como si allí no hubiera pasado el tiempo y todavía estuvieran viviendo en la era de los pioneros.
—Esperaba algo más, no sé…
—¿Más grande y con más «posibilidades»?
Jacques asintió.
—Pues no es así. Recuerda que no estamos en París, querido amigo, sino en mitad del jodido desierto —gruñó Henri.
—¿Estás bien?
El bretón se frotó el rostro.
—No, es solo el cansancio.
Jacques miró a su amigo y salió del vehículo.
—Estírate detrás que ahora vuelvo y sigo conduciendo yo.
Henri aceptó.
—¿Qué vas a buscar? —preguntó mientras se escurría a la parte trasera del enorme turismo.
—Un par de cosas que necesito para llevar a cabo mi plan.
Henri lo interrogó con la mirada, pero no dijo nada y Jacques se alejó en dirección a las dos tiendas.
Cuando regresó unos minutos más tarde, Henri dormía plácidamente y aprovechó ese instante antes de arrancar de nuevo el coche y emprender de nuevo la marcha. Se sentó en el asiento del copiloto y empezó a vaciar la bolsa de plástico que llevaba con todo lo que había comprado. Un maletín, una manguera roja, un reloj-despertador, cinta aislante negra y un fajo de cables finos y de colores varios. Cortó la manguera en ocho trozos iguales de un palmo con una navaja y los ató con la cinta, a la vez que le unía los cables y el reloj y lo distribuía todo en el interior del maletín negro. Se sorprendía de que lo hubiese encontrado todo, incluso el maletín, en aquel lugar perdido de la mano de la Dios, ya que pensaba que tendría que comprarlo al final del viaje.
Al terminar contempló su obra y sonrió satisfecho.
—¿Que es toda esta basura? —preguntó Henri, que se había despertado al oír como su amigo trasteaba con lo que había.
—Mi arma secreta.
Henri lo interrogó con la mirada, aunque en seguida leyó los pensamientos de Jacques en su rostro.
—¿De verdad crees que conseguirás hacer creer que todo esto es una bomba?
—Sí, solo tengo que aprovecharme de la sugestión de la mente en un momento de tensión.
El bretón frunció el ceño.
Jacques no dijo nada más, era tarde y tenían que ponerse de nuevo en marcha. Salió del coche, lo guardó todo en el maletero y regresó a la parte delante para ocupar el asiento detrás del volante. Henri ya estaba en el lugar del copiloto con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la ventanilla. No dormía, pero descansaba tanto como le era posible.
Sin decir nada, Jacques arrancó el motor y se incorporó de nuevo a la carretera vacía que se extendía a lo largo del desierto. La hora de la verdad se acercaba y, cada vez, tenía más ganas de enfrentarse al reto.
***
24 de noviembre de 1971
15:07h
Vuelo NWA 305, sobre el cielo de Portland
Sin ningún imprevisto, las ruedas del vuelo 305 de la Northwest Orient Airlines despegaron de la pista para recorrer el corto trayecto hasta el aeropuerto de Seattle-Tacoma. Las azafatas, Alice Hancock, Tina Mucklow y Florence Schaffner, después de procurar de que todos los pasajeros estuvieran cómodos y servidos, ocuparon sus respectivos asientos y esperaron a que sus servicios fueran requeridos por los pasajeros o por algún otro miembro de la tripulación. En concreto, Florence Schaffner se sentó en el asiento que había en la zona de cola, justo por detrás de la última fila de asientos en la que solo viajaba un pasajero silencioso y discreto.
Apenas hubieron transcurrido unos minutos del despegue, cuando el vuelo ya recorría los cielos del noroeste de Estados Unidos, que el enigmático pasajero de la última fila la llamó. Educadamente, ella se levantó, dio un par de pasos y dijo:
—¿En qué puedo ayudarle?
Él, sin decir nada, le alargó una pequeña nota a Florence, que, como de costumbre, se la guardó en el bolsillo. Lamentablemente, no sería la primera vez ni la última que un hombre le diera una nota de ese estilo, que contendría un número de teléfono o una hora y un lugar para verse más tarde para tomar una copa. Así que no le dio mayor importancia y regresó a su asiento.
Sin embargo, al cabo de un instante, el hombre volvió a llamarla.
—Yo de usted abriría la nota.
Florence enarcó una ceja, nunca se había encontrado con un viajero tan insistente en cuanto a dichas notas se trataba. Para no entablar una discusión absurda en el vuelo, ella sacó la nota del bolsillo y la abrió para leerla. Este era el texto: «Señorita, tengo una bomba en mi maletín y deseo que se siente a mi lado».
Incrédula, Florence ocupó el asiento del pasillo de la fila dieciocho y le entregó la nota al hombre que se la pidió en cuanto se sentó a su lado.
—¿Es cierto?
—Sin duda.
Y antes de que ella pudiera pedirlo, el hombre abrió suavemente el maletín y le permitió ver su contenido: lo que parecían ocho cartuchos de dinamita conectados con cables a un reloj y un detonador.
Florence tragó saliva, jamás hubiese pensado encontrarse en esa situación.
—Parece una bomba.
—Lo es —afirmó el hombre a la vez que cerraba el maletín.
Tras unos segundos de silencio, el hombre siguió hablando.
—La cosa es bien sencilla. Esto es un secuestro y para la liberación del pasaje y la tripulación solo quiero doscientos mil dólares en billetes estadounidenses sin marcar y dos juegos de paracaídas, dos espalda y dos de emergencia. —Dio una calada a su segundo cigarrillo y añadió—: Vaya a decírselo al capitán. Y, por favor, mantenga la calma.
Sin dudarlo, la azafata recorrió el pasillo del aparato y accedió a la cabina, donde lo comunicó al resto de la tripulación.
—¡Maldito cabrón! —exclamó el capitán al oírlo.
—Bueno, pedimos que se lo den y luego estaremos todos libres, ¿no? —preguntó Florence.
—No, que quiera dos juegos de paracaídas puede decir que quiere llevarse a alguien con él —replicó el copiloto de vuelo.
—¿Seguro que era una bomba, Florence? —preguntó el capitán a la azafata, a lo que esta asintió con fuerza—. Está bien, pongámonos en contacto con la torre de Sea-Tac y que ellos gestionen el rescate. Por el momento, Florence dile a Tina que se siente al lado del secuestrador y después regresa para tomar nota de todo. ¿De acuerdo?
La azafata asintió y fue a por su compañera, a la que le transmitió las órdenes del capitán al oído, que cumplió a rajatabla, ya que pocos minutos después se hallaba sentada junto al secuestrado.
—Mi nombre es Tina Mucklow, haré de enlace —dijo al ocupar el asiento mostrándole el teléfono que le permitiría hablar con la cabina.
El hombre no dijo nada, solo asintió y se terminó el cigarrillo, cuya colilla dejó junto a la primera en el cenicero.
Ella dejó el teléfono en su regazo y contempló al secuestrador. Era elegante, incluso refinado, iba limpio y bien aseado, y no parecía alguien cruel o desagradable.
—Dígale al capitán que comunique a las autoridades de Seattle que, además de lo ya solicitado, también quiero que un camión cisterna espere al avión para hacer un repostaje completo, así como comida para todos los pasajeros y la tripulación. —Hizo una pausa durante la que rumió algo y prosiguió—: No quiero que nadie salga herido, así que en cuanto tenga el dinero y los paracaídas, los pasajeros serán liberados sin problema.
Ella cogió el teléfono y se lo comunicó al capitán.
—De acuerdo, Tina. Ahora, por favor, procure que el secuestrador y la tripulación mantengan la calma, no quiero ninguna sorpresa. ¿Puedo confiar en usted?
—Por descontado.
Ambos cortaron la comunicación y Tina miró al secuestrador.
—¿Por qué hace esto?
Él sonrió y respondió:
—¿Por que lo hacemos todo en esta vida? —Era una pregunta retórica—. Por dinero, querida, por dinero.
***
24 de noviembre de 1971
14:37h
Aparcamiento del Aeropuerto de Portland
La hora de la verdad había llegado. Ahora ya no era momento de echarse atrás. Después de superar el acceso al aparcamiento del aeropuerto, Henri, que conducía, lo condujo por los carriles, entre los demás coches, acercándose cada vez más a la terminal. Con suavidad, no solo porque fuera un lugar en el que no se podía correr, sino porque no tenía prisa y debían pasar desapercibidos. Por ese mismo motivo se habían detenido unos kilómetros atrás para que Jacques pudiera ponerse la ropa con la que había previsto llevar a cabo su plan. Traje negro y corbata y zapatos del mismo color, a juego con el maletín que descansaba en el maletero.
Como uno más de los vehículos que se acercaban al aeropuerto para dejar o recoger pasajeros, Henri se detuvo entremezclándose entre los taxis que vaciaban sus maleteros. Detuvo el motor del coche y apoyó el brazo sobre el respaldo de su asiento para mirar hacia atrás, donde Jacques miraba hacia al exterior con la mirada despierta.
—¿Listo? —le preguntó en un inglés casi sin acento, lengua que tanto él como Jacques dominaban a la perfección.
—Creo que sí —respondió en la misma lengua.
Los dos hombre se estrecharon la mano y Jacques abandonó el vehículo y se fue hacia la parte trasera de este para sacar de allí el maletín con el atrezzo que había preparado para su peculiar representación. Cerró la puerta del maletero y se encaminó hacia el acceso de la terminal, solo desvío un momento la mirada hacia atrás, hacia su amigo, que le correspondió con una sonrisa de ánimo.
Algo en el interior de ambos hombres les decía que, a pesar de lo improbable de todo aquello, se volverían a ver dentro de muy poco.
Jacques miró hacia delante, cogió aire, lo soltó con fuerza y estiró la espalda de modo que fue como si creciera un par de centímetros. Del interior de su americana sacó unas gafas oscuras, se las puso y se acercó a las puertas del aeropuerto. Cuando las cruzó, Jacques Dubois desapareció de la faz de la tierra y, en su lugar, surgió el enigmático secuestrador que estaba a punto de llevar a cabo su plan maestro.
***
24 de noviembre de 1971
14:50h
Aeropuerto de Portland
La figura de un hombre elegante y discreto cruzó el umbral de la terminal. Vestía absolutamente de negro y, a pesar de que podía llamar la atención de alguien, en general pasó desapercibido mientras cruzaba toda la terminal a paso seguro encaminándose hacia el mostrador de la Northwest Orient Airlines.
Sin inquietarse, el hombre hizo cola y esperó su turno.
—Un billete para Seattle —dijo cuando la azafata del mostrador le sonrió para atenderlo a la vez que le entregaba la cantidad exacta de efectivo para pagarlo.
Ella asintió, recogió el dinero y preparó el billete, que en seguida depositó sobre el mostrador.
—Rellene el billete con su nombre, por favor.
El hombre no titubeó, cogió el bolígrafo que le ofrecía la azafata, acercó la mano al papel y, tras unos segundos en los que no se percibió ni un ápice de indecisión, escribió con mano firme: «Dan Cooper».
«Merci bien, Albert Weinberg», fue todo cuanto pensó el hombre.
La chica selló el billete y el hombre que a partir de ese momento se identificaría como Dan Cooper lo cogió. Siguiendo las indicaciones de los miembros de la aerolínea, el hombre recorrió los pasillos de acceso al avión, que esperaba a que todos los pasajeros, incluso los de último momento como él, lo abordaran antes del despegue.
Cuando llegó a la puerta del aparato, una atractiva joven le dio la bienvenida y lo invitó a pasar tras recoger el billete que le habían dado unos minutos antes. Sin quitarse las gafas de sol ni un instante ni soltar su maletín, el hombre pasó entre las hileras de asientos hasta que llegó a la última fila, ocupando el asiento central, ni el del pasillo ni el de la ventanilla.
Mientras esperaban para el despegue, otra azafata pasó entre los asientos con un carrito, preguntando si deseaban algo para beber, y el hombre de la última fila solo pidió un whiskey y un cenicero. La muchacha dispuso uno en la mesita desplegable y le preparó la bebida. Mientras la azafata se lo servía, él encendió un cigarrillo que sacó del interior de su americana, el primero de los ocho que se fumaría aquella tarde.
En cuanto la chica le puso el vaso de al lado del cenicero, casi como si todo estuviera programado al milímetro, por los altavoces del aparato se escuchó la voz del capitán:
—Damas y caballeros, buenos tardes. Les habla el capitán William Scott y su tripulación. Les damos la bienvenida a bordo del vuelo 305 de la Northwest Orient Airlines con destino a Seattle. La hora prevista de llegada es…
Pero las siguientes palabras ya no importaron demasiado, ya que en el interior de la mente de Dan Cooper sabía que todos los presentes estaban a punto de vivir una experiencia que recordarían el resto de sus vidas.
El hombre sonrió, dio una calada de su cigarrillo y después sorbió el whiskey de su vaso, paladeando con placer aquellos dos vicios. El telón se había alzado y era el momento de sorprender al mundo o, al menos, a todo un país.
***
24 de noviembre de 1971
22:17h
A las afueras de Reno
A pesar de la distancia que lo separaba del Aeropuerto Internacional de Reno, Jacques Dubois pudo oír perfectamente como el circo policial se cernía sobre el avión. El mismo que él había abandonado apenas diez minutos antes, justo cuando el Boeing 727 descendía para encararse hacia las pistas del aeropuerto para llevar a cabo la maniobra de aterrizaje. A pesar de que lo había planificado con minuciosidad, lo cierto es que ahora sentía como la adrenalina le recorría todo el cuerpo por haber conseguido lo imposible.
Recogió el paracaídas que había usado para saltar, el de emergencia y el maletín con la bomba falsa y la bolsa que le habían dado con el dinero en su interior. No podía dejar ninguna pista cerca de Reno, sino la triquiñuela de fingir el salto dos horas atrás no serviría de nada. No es que fuera cómodo, pero era lo que tenía que hacer. Ya tendría tiempo de deshacerse de todo aquello.
Aún con todo lo que había vivido aquella noche, ahora, ya con los pies en la tierra y alejándose en la oscuridad, sentía como todo había salido bien. Había logrado ganar la apuesta que había hecho con sus amigos. Aquella estúpida apuesta que le había truncado las vacaciones, pero que a la vez ahora le llenaría los bolsillos, más aún de lo que ya los tenía; a pesar de que ahora no tuviera ni un dólar en el bolsillo… Bueno, mentía, sí que tenía un dólar en el bolsillo, concretamente un billete de veinte con el rostro del presidente Andrew Jackson impreso en el anverso, pero ese no lo podía utilizar. No, ese lo guardaría como el recuerdo de su gesta, que aunque no pudiera confesar a nadie, lo acompañaría de regreso a casa.
Mientras reflexionaba, recordaba y procesaba todo lo ocurrido, y poco a poco regresaba al presente y se alejaba de aquella sensación de irrealidad que lo había acompañado desde que había cruzado la puerta del aeropuerto de Portland, Jacques no detenía sus pasos. Debía alejarse a la vez que hallaba la manera de ponerse en contacto con sus amigos, para que lo pudieran recoger. Las Vegas no estaba lejos de Reno, pero no podía recorrer aquella distancia a pie, y menos cuando toda la policía del país estaría buscando a un secuestrador que, sospechosamente, se parecía mucho a él. Ante aquel pensamiento no pudo evitar sonreír.
Aunque había trazado el plan con sumo cuidado, lo cierto era que se trataba de auténtica locura, y más lo había sido que hubiera funcionado a la perfección. Ahora, cuando sintiera que estaba a una distancia adecuada, escondería todo aquello que le era una carga, y cuando lograra un coche y un cómplice para que lo ayudara, lo recogería y se lo llevaría todo a Las Vegas, donde lo haría desaparecer antes de embarcar en el vuelo transoceánico que lo llevaría de nuevo a París. Si había logrado poner en jaque a las autoridades de Estados Unidos, regresar a Francia sería pan comido. Jacques siguió avanzando hasta sumirse en la oscuridad para desaparecer a los ojos del mundo. De su botín solo le quedaba ese billete de veinte dólares y solo sus amigos más cercanos, y nadie más, sabrían cómo lo había conseguido.
