Todos llevamos nuestro pasado detrás, colgando de la espalda. Y debajo de nuestras acciones y decisiones pasadas, unos hombros que deben aguantar el peso, de las buenas y las malas, como un Atlas castigado a soportar eternamente el globo terráqueo en sus omóplatos. Puede que por eso nos encojamos y encorvemos cuando nos hacemos viejos. El peso de los recuerdos y los momentos anteriores acaban superando unos huesos, unos músculos y una carne débiles y agotados que no pueden mantenerse firmes teniendo que aguantar toda una vida.

Todos llevamos nuestro pasado colgando de la espalda, detrás. Y claro, como cada cuál es hijo de su madre, todos lo afrontamos de la mejor forma que queremos o podemos —o la que creemos que mejor queremos o mejor podemos―. Hay quien lo toma de referentes, altivos y envalentonados, dispuestos a no repetir los errores previos en su vida futura ―como si supusiera una opción inmejorable, impecable―. Otros que lo ignoran, haciendo oídos sordos a una responsabilidad que nos acompaña de por vida, destinados irremediablemente a repetirlo y caer en él ―en las mejores de las posibilidades―. También hay quien no solo lo afronta, sino que se sumerge en el pasado, recreándose como si lo gozara, permitiéndose vivir en él en una vorágine de recuerdos de momentos mejores y melancolía, sin ser capaces de tirar adelante y vivir, como la razón considera lo más lógico, su presente.

Más que claro está que enfrentarse al pasado ―sobre todo al más doliente y horrible― es uno de los grandes retos y esfuerzos que tenemos que realizar como seres racionales y, si bien es cierto, no hay una directriz exacta para decirnos cómo debemos hacerlo. Una fórmula de la Coca-Cola. La forma en la que cada uno viva y conviva con su vida pasada es una decisión arriesgada que marcará su camino y trayecto personal. Y, como podréis imaginar, no hay ayuda divina posible. Estamos solos, únicamente nosotros, y puede que por ello el pasado sea el elemento más afilado, puntiagudo y, en definitiva, doloroso que encontraremos en nuestra forma de ver [y vivir en] el mundo.

Como llevamos defendiendo en las líneas anteriores, enfrentarse al pasado no es un acto placentero, y esta problemática eminentemente humana es de lo que tratan las primeras obras del director de animación japonesa Shinichiro Watanabe. Dejando de lado su debut a la dirección ―que más bien habríamos de hablar de codirección, pues compartió silla con Shoji Kawamori en Macross Pluss (1994)―, en las dos primeras series dirigidas por el autor encontraremos cómo sus personajes se enfrentan a sus fantasmas y a un pasado que, inevitablemente, les pasará factura.

 

El verdadero Folk Blues

Cowboy Bebop (Shinichiro Watanabe, 1998-1999) es una serie de animación japonesa de gran éxito y reconocimiento a nivel global. Considerado uno de los mejores animes de la historia, su palmarés hace justicia a una combinación fresca de géneros ―space opera, western, neo noir e, incluso, terror espacial―, una trama sin fisuras, unos personajes firmes y una dirección magistral. Además de su banda sonora: una de las más reconocidas dentro del ámbito de la animación japonesa debido a su jazz acelerado y duro, casi enfermizo, que sabe acompañar de forma impecable tanto las escenas de persecuciones de naves espaciales en la atmósfera de Júpiter como la agilidad de las secuencias de artes marciales y los tiroteos más estridentes.

Frente un formato monoepisódico, lo que realmente proporciona a Cowboy Bebop el estándar de calidad que le ha hecho ganarse el amor de la crítica y el respeto de los fans es la entereza de los personajes que protagonizan su historia: Spike, Valentine, Jet, Ed y Ein. Y si un aspecto marca considerablemente la idiosincrasia de los caracteres es, como os podréis imaginar, la relación de estos con su pasado y cómo este marcará las directrices de su viaje.

Dos de los personajes, Valentine y Ed ―curiosamente los dos personajes principales femeninos―, experimentarán una fuerte revelación sobre su pasado y sobre ellas mismas ―que desde este momento llamaremos «anagnórisis»― que determinará sus decisiones posteriores. Por otro lado, el sector masculino de la tripulación, Spike y Jet, serán plenamente conocedores desde el principio de la serie de sus fantasmas y sus pecados en vidas anteriores. Y, también en este caso, podremos ver que la asunción del pasado es también diferente y única para cada personaje.

Por un lado, respecto a Jet Black podemos ver cómo decide seguir adelante aún con la consciencia de sus acciones pasadas. Su firme sentido de la justicia le hizo abandonar el cuerpo policial en el que trabajaba después de perder un brazo y experimentar de primera mano como el organismo se corrompía debido al favoritismo, el tráfico de influencias y la corrupción. Su anhelo de construir un espacio exterior mejor le incentivó a coger la justicia por su propia mano ―ahora ortopédica y metálica― y detener criminales como cazarrecompensas freelance. Y, aunque a lo largo de la serie reciba la propuesta de volver a la justicia formal, Jet acabará rechazando la vuelta a la persecución institucionalizada de delincuentes. Como personaje, Jet es capaz de pasar página, es decir, consciente de su pasado y de sus errores se enfrenta al presente en un acto de redención personal mediante la auto-superación.

En cambio, en Spike encontraremos la clave y la parte intrincada de la cuestión. Si Jet era capaz de construir un futuro nuevo, Spike no podrá optar por esta opción porque sigue viviendo inmerso en su pasado. Antes de dedicarse a la busca y captura de criminales, Spike formaba parte de una agrupación de mercenarios, mafiosos y sicarios de la peor moral posible. La dedicación al grupo dio lugar a la traición de su mejor amigo, Vicious, y su estimada Julia. En el tiempo de la serie, en la Bebop, aunque pueda disfrutar de una segunda vida que le permita expiar sus pecados anteriores como Jet, Spike no abandonará nunca un fuerte sentimiento de venganza que le empujará, inevitablemente, hacia una destinación más que dolorosa. Spike no convive con los fantasmas de su pasado: Spike, en sí mismo, es un fantasma cuya única opción válida de convivencia y realización es la autodestrucción. Su futuro y destino ya están escritos mucho antes del inicio de la serie. Ese es el verdadero Folk Blues.

 

¿A qué huelen los girasoles?

Aunque suceda casi medio milenio antes, en Samurai Champloo (Shinichiro Watanabe, 2004-2005) sus personajes habrán de acabar haciendo frente irremediablemente a su pasado aunque de forma diferente a los cazarrecompensas de Cowboy Bebop.

En la segunda serie a la dirección de Watanabe conoceremos la historia de Fuu, una joven de la época Edo (aproximadamente s. XVII) que viajará por todo el Japón feudal buscando el samurái que huele a girasoles. Para ser protegida en una época tan convulsa y peligrosa irá acompañada de Mugen ―un indigente que resulta ser un habilidoso espadachín― y Jin ―un samurái errante―. Durante los veintiséis capítulos de la serie, el extraño grupo irá afrontando diversidades y, aunque parezca complicado debido a la diferente personalidad de los protagonistas, estos irán desarrollando unos vínculos que resulta imposible no catalogarlos como una amistad.

Aún así, los fantasmas del pasado acabarán abriéndose paso en el viaje y los caracteres habrán de afrontarlos de forma inevitable. Pero si en Cowboy Bebop algunos de los personajes eran conscientes de sus épocas anteriores más oscuras no será así el caso de Samurai Champloo. En el caso de la segunda serie, los tres personajes sufrirán grandes anagnórisis, sobre todo en el tramo final de su viaje cuando todos tendrán que combatir ―y, por tanto, descubrir partes dolorosas e incómodas de sí mismos― sus propios fantasmas.

Por un lado, Mugen es el personaje que sufre una menor revelación, al menos en la conclusión de la serie. Y este será debido a que es, posiblemente, el personaje del que más podremos llegar a aprender sobre su pasado antes del clímax narrativo. De forma similar a Spike, Mugen colaboraba asaltando barcos con una banda de piratas en las islas Ryukyu hasta que fue traicionado por su camarada y condenado a muerte. Mugen es el más consciente de su pasado y de los fantasmas que le persiguen y acompañan, así que en su redención solo tendrá que asumir las consecuencias de su vida delictiva anterior.

Por otro lado, Jin sí que sufre una fuerte revelación en la conclusión de Samurai Champloo. A lo largo de toda la serie, iremos conociendo cómo está siendo perseguido porque asesinó al profesor de su dojo con el que aprendió a utilizar la espada, motivo por el que sus antiguos compañeros tratan de encontrarlo y derrotarlo para recuperar el honor de su escuela de esgrima. Aunque Jin ―y nosotros como espectadores― pueda pensar que el suyo es un pasado poco honrado, será en el clímax de la narración cuando conoceremos la verdad del asesinato de su profesor, cambiando radicalmente el parecer sobre el honor y las acciones cometidas por el samurái. Por tanto, la anagnórisis de Jin nos proporciona la información que nos hacía falta ―esa última pieza del rompecabezas― para redimir, expiar y limpiar la moral de un personaje que se nos podía presentar como indigno.

Finalmente, Fuu es el ejemplo más claro de anagnórisis. Al final de la serie, cuando se encuentra con el samurái que huele a girasoles, la revelación transmitida por este será determinante ya que cambiará toda la perspectiva de la protagonista. Es decir, la anagnórisis cambia radicalmente su propio objetivo del viaje, proporcionándole una justificación radicalmente contraria a la que teníamos antes. Aún así, no convierte la trayectoria y las aventuras de los personajes para llegar hasta el samurái que huele a girasoles en una pérdida de tiempo, más bien la justifica a pasos agigantados.

 

Tendrás que cargar ese peso

Watanabe sabe de sobras cómo escribir buenos personajes de una humanidad impecable, y para conseguir su grado de credibilidad y realismo ―dentro de narraciones que combinan la exploración espacial con el jazz y la época samurái con el hip hop― crea caracteres con objetivos, ilusiones, miedos y sueños y todo gracias a su gran trasfondo que, como espectadores, iremos conociendo a medida que avancen sus narraciones. En algunas ocasiones, aprenderemos del pasado junto con sus personajes ―como hemos explicado, mediante las anagnórisis―, y en otras descubriremos sus acciones anteriores para comprender cómo este pasado sigue influyendo en sus decisiones y sus motivaciones presentes.

Aún así, podemos ver que el pasado se interpreta de forma diferente en Cowboy Bebop y en Samurai Champloo. En Samurai Champloo, la falta de conocimientos que tienen los personajes en el inicio de la narración incentiva el viaje como [auto]descubrimiento. Los personajes aprenderán de ellos mismos única y simplemente gracias a su trayectoria y convivencia, dando lugar a que no sean similares al final de la jornada ―¿no os suena esto al viaje del héroe de Campbell? ― y por tanto, cada uno de los caracteres habrá de seguir su propio camino con el bolsillo lleno de nuevos conocimientos y experiencias.

En cambio, en Cowboy Bebop, el pasado supone una carga que no se puede negar ni evitar. Los personajes de Bebop están mucho más atormentados que los de Champloo porque parten de un pasado que conocen y recuerdan plenamente y, o bien querrán superarlo, o bien se entregarán a este conscientes que ignorarlo no es una opción posible. Por tanto cuando finalice el viaje, de forma similar a Samurai Champloo, la convivencia no será posible no por tener unos mayores conocimientos del pasado ―antes desconocidos― sino porque los personajes habrán de afrontarlo individualmente para poder realizarse plenamente.

Sea como fuere, Watanabe entiende que, como humanos, nuestras acciones pasadas ―positivas y negativas― se convertirán en un referente y en una proyección ―positiva o negativa― de nuestro futuro. Muy claro lo deja en el episodio final de Cowboy Bebop, donde sustituye la despedida a la que estamos acostumbrados durante toda la serie ―«See you, Space Cowboy»; hasta la próxima, Cowboy espacial― por el icónico verso de los Beatles «You’re gonna carry that weight». Indefinidamente, vamos a cargar con ese peso.