Después de que ondas de energía cósmica que amenazan la vida en la Tierra y en sus colonias espaciales, el astronauta Roy McBride se le encarga la ardua tarea de hallar a su padre, dado por muerto por más de treinta años. Clifford McBride es uno de los grandes héroes del espacio y lideró el Proyecto Lima, una expedición a Neptuno que tenía como fin encontrar auténtica vida extraterrestre. Ahora, décadas después de su partida y su supuesta defunción, parece haber regresado de entre los muertos para atacar su antiguo hogar —ya que las pruebas demuestran que el origen de las ondas de energía está en su base—, después de rebelarse contra los mandos y establecer un pequeño lugar en el que él es líder supremo.

Ad Astra es la nueva visión de la leyenda que estableció Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, que Francis Ford Coppola ya exploró en 1979 a través de Apocalypse Now; ahora bien, en esta ocasión el protagonista no se adentra en lo más profundo de una colonia africana o de Vietnam en pleno conflicto bélico, sino que, en su lugar, lo hace en lo más profundo del espacio, en un viaje de millones de kilómetros entre la Tierra y una base en Neptuno. Además, en esta ocasión la historia pretende ir un paso más allá al establecer una relación personal entre estos Marlow y Kurtz espaciales, estableciendo que son padre e hijo, algo muy importante ya que se convierte en la columna vertebral de la trama, al ser el motivo por el que el joven McBride no se detiene en ningún momento ni ante ningún obstáculo que se le presente en su odisea cósmica. Y es que a pesar de la magnificencia y espectacularidad de las imágenes —y no es para menos, ya que el responsable de la fotografía es Hoyte Van Hoytema, el mismo que lo hizo en Interstellar, Spectre o Dunkerque—, y de que su trama no está exenta de tensión, es la exploración de las emociones lo que cimienta Ad Astra.

Siendo los sentimientos el plato principal de la peli, los responsables no son tanto los efectos digitales —que los hay y muy buenos—, ni la fotografía —ya que será en los primeros planos en los que se verá el camino introspectivo del protagonista—, sino en la interpretación llevada a cabo por el que podemos decir que es el máximo responsable y valedor de la cinta, el gran Brad Pritt, ya que el resto del reparto son meros contrapuntos para que no sea un soliloquio. Lejos han quedado esos papeles de guaperas, y cada vez está más afianzado en el gran Olimpo del cine, que necesariamente ya no es Hollywood… y no decepciona. Sin embargo, y aquí hay el gran «pero» de esta película, es que, a pesar de tantas alabanzas, el protagonista se siente frío, escaso a la hora de expresar sus emociones, lo que podríamos catalogar como un avaro emocional, como si no quisiera mostrarnos lo que siente. Y sorprende bastante que, con tanta carga sentimental, tantas reflexiones sobre a dónde le ha llevado la vida, no solo en su carrera profesional, sino también como hombre, Brad Pitt mire a cámara con ese gesto tan imperturbable que sabe poner y solo suelte un par de parpadeos. Se nos podría querer justificar que, precisamente, este es el motivo por el que necesita y le cuesta explorarse —a diferencia de que no tiene dudas a la hora de recorrer el espacio—, pero, a la vez, huele a poco desarrollo del personaje, no tanto por parte del actor, sino del guión, que en este sentido es parco, haciendo que el público tenga que leer entre líneas para captar las sutiles diferencias en la narración, para comprender el mensaje final.

Dejando a un lado este pequeño detalle —porque ya advierto que es pequeño, una vez uno se acostumbra al tono y al ritmo de la peli—, vemos que Ad Astra se adscribe con facilidad en este nuevo subgénero que ha surgido en los últimos años en los que la ciencia ficción parece haber superado las locuras más imposibles, y se sitúa en este marco que podríamos catalogar de realismo espacial o futurista —cuyo nacimiento tiene lugar con 2001: odisea en el espacio—, en el que se nos presentan los posibles escenarios de un futuro no muy lejano, y los límites de lo humano frente a la infinidad del cosmos. Es por ello, que esta cinta no niega su inspiración y no tiene vergüenza en mostrar similitudes o referencias a la hora de representar el gran vacío siguiendo la estela de pelis como Marte, Gravity, Interstellar y ese ya largo etcétera, a la vez que aporta su granito de arena.

Puede que, comparada con sus hermanas mayores ya mencionadas, parezca una más del montón —sobre todo por el hecho de que no es la primera que explora el mismo tipo de historia—, pero Ad Astra, aunque más sencilla y lineal, es una peli que sorprende de la misma manera y consigue cautivarnos ante su espectacularidad y la manera de mostrarnos cuán lejos puede llegar un hombre para descubrir la verdad de su existencia y de la humanidad.