almas-de-metalDelos es un perfecto, brillante y carísimo parque de atracciones, que lleva a sus visitantes a tres ambientes distintos, el Lejano Oeste, la Edad Media y la Antigua Roma. Para que la ambientación sea perfecta, los creadores del parque se han valido de androides de aspecto humano casi indistinguible, programados para responder a todas las peticiones de los clientes, incluso las sexuales.

A este idílico lugar será al que viajarán dos amigos, Peter Martin y John Blane, en concreto al Oeste americano. Sin embargo, mientras ellos y muchos más clientes, disfrutan de unas vacaciones diferentes, los técnicos y responsables del parque empiezan a registrar un creciente aumento de los fallos de programación de los androides. Lo que empieza con el pequeño ataque de una serpiente de cascabel mecánica, acaba con la muerte de uno de los turistas a manos de un androide ataviado como un caballero medieval. Sin poder evitarlo, los técnicos verán como los androides se descontrolarán volviéndose en contra de los clientes, matándolos uno tras otro, mientras que un misterioso y peligroso pistolero se obsesiona con acabar con los dos amigos que lo habían retado antes del caos.

¿De qué me sonará esto? ¿Un parque de atracciones, donde todo está calculado al milímetro, pero donde, debido a pequeño un fallo inesperado, se desata un auténtico caos que acaba con la mayoría de trabajadores y visitantes? ¿Y si, en lugar de máquinas, ponemos dinosaurios hambrientos? ¡Exacto! Podríamos decir que tras Westworld se esconde el génesis de Jurassic Park. En este sentido, da la impresión de que la idea de crear el caos en un lugar de diversión y vacaciones como es un parque temático, estaba en la mente de Crichton desde mucho antes de escribir la que se convertiría en su obra más conocida. A decir verdad, si comparamos Almas de Metal con Jurassic Park descubrimos que las similitudes argumentales son más que destacables: personajes que van a pasar un fin de semana, acompañados por alguien que ya conoce el parque, los novedosos avances de la ciencia puestos al servicio del entretenimiento, un alto nivel de seguridad, algo que sale mal y se convierte en la chispa de la desgracia, y un depredador que no se detendrá ante nada.

Precisamente, el elemento que más impresiona de toda la película es este depredador infatigable, personificado por un impresionante Yul Brynner que retoma su papel de cowboy duro de pelar para convertirse en el precedente perfecto de Terminator. Mientras que los demás robots se quedan sin batería, el Pistolero de Westworld sigue funcionando incluso cuando su pistola se queda sin energía, persiguiendo de forma fría e imparable al inocente humano que no sabe como pararlo, mientras lo observa con esa mirada brillante y perdida.

La verdad es que Almas de metal se avanzó en el tiempo. A pesar de contar con un presupuesto no demasiado amplio, tuvo el apoyo de uno reparto de lujo para personificar a los visitantes, técnicos y robots del parque. Además de Yul Brynner —que retomaría el papel del Pistolero en la secuela de 1976, Mundo futuro—, el reparto estaba formado por Richard Benjamin, James Brolin, Norman Bartold, Alan Oppenheimer, Dick Van Patten, Steve Franken y Majel Barrett. Todos ellos se pusieron a las órdenes de un joven Michael Crichton —que tan solo contaba con treinta y un años—, para llevar a cabo una complicada cinta para la época. Hoy en día, esta película se haría con mucho trabajo de postporducción y mucho croma, pero en 1973 las cosas eran distintas. Los efectos especiales, tanto visuales como técnicos, son más que respetables, consiguiendo que, si bien hoy parecen desfasados, estuvieron a la vanguardia del cine de los setenta, haciendo de Almas de metal la primera película en incorporar imágenes generadas por ordenador, en las escenas en que se muestra el punto de vista del Pistolero. Por otro lado, la producción tuvo ideas bastante originales para solventar aspectos de credibilidad, en este sentido yo me quedo con dos elemento que creo que son importantes: por un lado descubrimos que la única manera de diferencias entre robots y humanos, es la carencia de huellas dactilares en las manos de los androides; y, por el otro, es interesante ver como consiguen que los robots tengan esa mirada perdida que puede aterrorizar, y es mediante unas lentes polarizadas que aportan una luz muy peculiar a los ojos de los actores que las llevan, y, por ejemplo, logran ese halo de falta de humanidad del Pistolero durante la persecución final, similar a lo que buscó hacer Ridley Scott en Blade Runner casi diez años después.

Antes de terminar, me gustaría hacer notar, para aquellos que no se hayan dado cuenta ya, que el capítulo de Los Simpsons en el que la familia viaja a Rascapiquilandia, y en el que los robots se vuelven locos y asesinos, está directamente inspirado en esta película.

La verdad es que Almas de metal impresiona, tiene un encanto especial, sin embargo, los años le han pasado factura y se nota. Hay elementos, como los escenarios o la dirección —dejando claro que Michael Crichton era un brillante guionista, pero un director mediocre—, que consiguen que, al ver esta película, nos atraiga su historia pero no su puesta en escena. Más de cuarenta años después de su estreno, Almas de metal se ha convertido en una pionera de la ciencia ficción, pero no superará al tiempo y a sus estragos como otras a las que inspiró, como Jurassic Park o Terminator.