
Si con la segunda entrega Avatar: El sentido del agua os dije que salí contento porque mejoraba algo la trama, con Avatar: Fuego y ceniza me he quedado con una sensación de déjà vu constante que empieza a ser preocupante. James Cameron es un genio, un visionario y, sobre todo, el tío con los huevos más grandes de Hollywood a la hora de pedir presupuesto, pero narrativamente se ha quedado estancado en un bucle infinito. Visualmente es una puta locura, no hay otra forma de decirlo; el nivel de detalle de las cenizas, los paisajes volcánicos y ese hiperrealismo del CGI es tan insultante para el resto de la industria que parece que Cameron juegue en otra liga técnica. Es una experiencia de esas que te llevas a la tumba. El problema es que, una vez que termina las tres horas de película, te das cuenta de que la catedral digital que ha construido está prácticamente vacía por dentro.
La historia es, otra vez, más de lo mismo. Si en la anterior pasamos del bosque al agua, aquí pasamos del agua a los volcanes, pero la estructura es un calco que roza la pereza. Seguimos con los Sully unidos porque «los Sully nunca se rinden» y esa cantinela de «hermano» cada dos frases que ya empieza a cansar. La gran novedad era la tribu del Pueblo de la Ceniza, liderada por una Oona Chaplin que apunta maneras como villana feroz, pero que se queda en un boceto por culpa de un guion que no quiere arriesgar lo más mínimo. Se nos prometieron zonas grises y un conflicto moral más profundo, pero al final todo se reduce a los buenos azules contra los malos grises y los humanos de siempre haciendo de caricatura de villano de dibujos animados. Es una historia estirada artificialmente que podría haber durado una hora menos sin que nadie se perdiera nada importante, porque los personajes siguen sin tener un ápice de carisma o evolución emocional, son meros avatares —nunca mejor dicho— para que Cameron nos enseñe sus nuevos juguetes tecnológicos.

Lo que sí es innegable es que el tipo sabe cómo rodar acción. El ritmo en la batalla final es impecable, un músculo fílmico que te mantiene pegado a la butaca a pesar de que ya sepas exactamente cómo va a terminar todo. El 3D vuelve a ser el único que justifica pagar la entrada cara, alejándose de los conversiones cutres de otras franquicias para ofrecerte una inmersión total que parece más un documental de lujo que una película de ficción. Pero esa excelencia técnica ya no sorprende como antes. Es como si estuviéramos viendo una cinemática de un videojuego de nueva generación que dura tres horas: te maravilla la textura del fuego, pero te importa un bledo lo que le pase a los protagonistas. Quaritch (Stephen Lang) vuelve a estar por ahí como el malo de tebeo que no sabe cuándo morir y los conflictos se resuelven con la sutileza de un martillazo.
En definitiva, esta tercera entrega es una versión refinada y más equilibrada que El sentido del agua en cuanto a ritmo, pero mucho más vacía en contenido. Cameron sigue siendo una máquina de imprimir billetes y un romántico del cine de gran formato, pero parece que se ha olvidado de que para que una saga perdure en el corazón y no solo en la retina, hace falta algo más que un catálogo de efectos visuales. Es puro humo y ceniza: brilla con una intensidad cegadora mientras la ves, pero se desvanece en cuanto cruzas la puerta de salida. Volveremos a Pandora porque es el parque de atracciones más bonito del mundo, pero no esperéis encontrar nada nuevo bajo el sol, solo la misma atracción con una capa de pintura distinta.
