
No será una sorpresa para nadie que hoy me disponga a hablar de una serie de animación, ya lo hice con Gravity Falls, Anfibilandia o Kid Cosmic, sin embargo, hoy, me alejo del corte más «juvenil» para acercarme al infantil con una serie que, literalmente, lo está petando en todo el mundo, la australiana Bluey.
La premisa, como suele suceder con las series enfocadas a los más pequeños de casa, es sencilla: la serie sigue las aventuras de la pequeña perrita Bluey y su hermana Bingo mientras juegan en casa, en la escuela o en cualquier lugar del mundo que las rodea, haciendo partícipes de estos juegos a todos sus amigos y familia, sobre todo a sus padres, Bandit y Chilli. Y, a priori, poco más, pero esta serie esconde mucho más de lo que parece al primer vistazo.
A diferencia de otras populares series para un público parecido como Pepa Pig, La Patrulla Canina o La casa de Mickey Mouse, Bluey va un poco más allá de meras aventurillas de diez minutos escasos, sino que nos presenta todo un mundo en el que grandes y pequeños se sentirán rápidamente identificados… ¡sobre todo los grandes! Y es que el secreto de su éxito es este, que está hecha de tal modo que gusta tanto o más a los padres que a los niños, consiguiendo que sea la serie que quieres ver con tus hijos y la que, por instinto, recurres cuando no sabes que poner en la televisión, porque, los padres no lo podremos negar, nos encanta por una larga lista de motivos.
Para empezar, tenemos un mundo de perros antropomórficos —Bluey y su familia son pastores australianos, por ejemplo, pero hay de todas las razas imaginables— muy bien definido, en el que un padre perro es arqueólogo y una madre perra trabaja en la seguridad de un aeropuerto —vamos, que uno cava hoyos y la otra hace un trabajo de perros de nuestro universo, un detalle que solo captan los adultos—, y que va creciendo a medida que avanza la serie, yendo primero de casa a la escuela, para después salir de excursión o de vacaciones, en todo un tributo al estilo de vida de los australianos, concretamente, de la zona Brisbane. Todo ello consigue que quieras viajar allí, no a Brisbane, sino al mundo de Bluey.
Después tenemos un elenco de personajes a cada cual mejor y en el que todos encontraremos a nuestro favorito. Y es que a parte de la familia Pastor, también hay todos los compañeros de clase de Bluey y Bingo —con los que las niñas establecen todo tipo de relaciones, como en el mundo real—, los padres de estos niños, que suelen ser amigos de Bandit y Chilli, y, finalmente, pero no menos importante, la familia de Bluey, sobre todo por parte del padre, en el que hay tíos, tías y las divertidas primas Muffin y Socks. Lo interesante es que con historias de diez minutos, los creadores de la serie —encabezados por Joe Brumm, padre de dos niños y residente de Brisbane— consiguen perfilar los diferentes personajes, sus personalidades, sus trasfondos, sus deseos y sus problemas, consiguiendo que cuando apenas llevas una decena de capítulos de la primera temporada, ya los conozcas a todos como si fueran amigos y familiares tuyos. Por lo que la concepción de estos personajes impecable.
Por otro lado, y creo que es lo más relevante de todo, hay una atención al detalle máxima en la búsqueda de ese trasfondo que ahora hablábamos a la vez que se crea una continuidad poco habitual en las series de animación infantiles. Mientras las niñas juegan, veremos como el mundo a su alrededor evoluciona y crece, no es estático, a la vez que una gran cantidad de detalles se nos van soltando con sutileza para que los más atentos —o los que hemos visto la serie muchas veces— los captemos al aire. Para mí, el ejemplo más claro es el capítulo en el que Chilli les explica a sus hijas como apartar las preocupaciones de su mente, Cabeza de pájaro (3×41), y al final es Bandit el que sigue sus consejos; pero lo más curioso de todo el asunto es que, al siguiente capítulo, Presentación, cuando Bandit conduce sin seguir las instrucciones del GPS termina frente a un cementerio. La conexión entre ambas situaciones es inequívoca, pero nos cuenta una historia tras la historia principal que surge de la visión de las niñas. Y, como este, miles de casos, y es que incluso hablan del estreno de la cuarta temporada de Stranger Things en Balancín (2×28).
Por último, y por lo que la serie ha sido alabada por todo el mundo y por lo que incluso ha ganado premios, es la carga educativa que tiene, no solo para los pequeños, sino para los mayores, ya que las situaciones a las que se enfrentan Bandit y Chilli —u otros padres de la serie— con sus hijos son situaciones completamente reales que todos los padres admitiremos habernos enfrentado. Por lo que el creador Joe Brumm asegura, mucho de lo que cuenta son sus propias vivencias como padre, por lo que, a pesar de ser perros —que lavan ropa pero no la usan— son tan humanos como cualquiera de nosotros.

Podría hablar del reparto original, pero aquí nadie los conocería —algo que, desafortunadamente también sucede en el doblaje al castellano—, pero es importante y curioso que si los adultos son actores del ámbito australiano, las voces de los niños, incluso de Bluey y Bingo, se sabe que son de niños reales, pero no se sabe el nombre, no están acreditadas, para mantener el anonimato de estas personas, algo que sorprende por una buena conciliación familiar y crecimiento mental sano para estas posibles estrellas infantiles.
Ahora, con más de 150 episodios —que se dice rápido— y numerosos cortos, sin contar el especial de media hora con el que se cierra la tercera temporada —y que aún habiéndolo visto varias veces, me sigue erizando la piel y haciéndome llorar más que a mi hija—, se sabe que el siguiente paso es una película, que llegará tarde o temprano, pero de la que únicamente espero que no se cargue la serie como sucedió con la de Los Simpson.
Lo cierto es que Bluey, una vez superado los capítulos más básicos sobre la dinámica de la serie, se podría hacer un artículo de cada uno de ellos hablando de la trama principal desde un punto de vista pedagógico y de esta subtrama más enfocada a los adultos, y como ambas confluyen en un mensaje útil para toda la familia a la hora de enfrentarse a las difíciles relaciones entre padres e hijos. Pero no me quiero extender, prefiero que, seáis padres o no, le deis una oportunidad a esta serie que es rápida y accesible para todos, porque os sorprenderá y hará que otras series infantiles aún parezcan más tontas de lo que son realmente. Creo que Bluey es más que un producto televisivo, es un proyecto que permite que grandes y pequeños puedan compartir un momento de calidad frente a la televisión sin que unos se mueran de asco y los otros vean cosas inapropiadas. Simple y llanamente: perfecta.
Ah! Por cierto, sin darnos cuenta esta es nuestra entrada número 1000, justo el día que cumplimos trece años, no está mal, ¿no?
