Ya os expliqué que tengo un grave problema con el cine, soy adicto a él. No importa si es una peli mala, una serie aburrida o un documental innecesario, cualquier cosa compuesta por fotogramas me sirve. Desde hace años —casi no puedo recordar desde cuando— se puede decir que veo, al menos, una peli al día, llegando, incluso, a ver cinco o más. Lo admito, soy adicto al cine. Pero, como todas las adicciones, esta también es mala.

Como ya dije en la primera parte de este artículo, este exceso me ha llevado a mostrar una apatía de manual hacia todo… y es normal. Cuando uno va a ver una peli de estreno esperada desde hace meses, habiendo visto previamente una o dos, regresa a casa, y ve otras tantas, es normal que ese «gran estreno» se pierda en medio de una cantidad ingente de cine del montón.

Hace ya un tiempo, ya sufrí las primeras consecuencias del exceso de cine, al descubrirme que, cada vez que veía una peli, en mi mente ya se estaba tejiendo un análisis pormenorizado de sus pros y sus contras. Eso no era bueno. En lugar de disfrutar de la peli, estaba escribiendo mentalmente un artículo.

Hace unos meses, justo en el momento en que estaba comprendiendo la necesidad de reconciliarme con el cine y de «perdonar» ciertas películas, vi que el que tenía que ser perdonado era yo. El cine no está hecho para ser consumido con gula, sino con moderación. Sin ir más lejos, eran muchas las ocasiones que ciertas películas que deberían encantarme, me dejaban indiferente, y veía otras muchas que me cabreaban al no gustarme, era como si no hubiese películas que pudieran llegar a satisfacerme. Pero como he dicho, la culpa no era de las películas, era mía por consumirlas, en lugar de degustarlas.

Estoy de acuerdo en que el problema no es solo mío —ni todos aquellos que se sienten indiferentes ante el cine a pesar de adorarlo—, sino que la industria tampoco ayuda demasiado. Hoy en día, cada semana se estrenan decenas de películas, con mayor o menor publicidad, rodeadas con más o menos expectativas, siendo vistas por mucho o poco público. Es normal que estemos saturados. Y eso sin contar con las series de televisión, las plataformas de streaming, y todas las vías posibles a través de las cuáles se puede ver una peli o cualquier otro producto fílmico. Sin olvidarnos del hecho que se están forzando las sagas y las franquicias casi hasta el límite —suerte que parece que Disney se ha dado cuenta de ello con Star Wars—. Hay tanto y tan poco tiempo para todo, que es normal que terminemos atiborrados.

Sin duda, yo, como muchos otros, he pecado de gula, de querer abarcar más de lo posible. Y si por un lado es bueno considerar que cualquier momento es bueno para ver una peli, por el otro es malo creer que cualquier momento es bueno para ver una peli; ya que el día que no tenga pelis para ver, no sabré que hacer. Y algo así fue lo que ocurrió. Ya que cuando no tenía ninguna peli decente para ver, recurría a cualquier cosa que estuviera a mano, no importaba el que, siempre buscando el siguiente estreno o la siguiente novedad, olvidándome de lo grandes que son los revisionados. Sin embargo, no me rendí y, sin darme cuenta, un día me encontré sin nada que ver… y no pasó nada.

No todo fue tan fácil como pueda sonar ahora. Después de años viendo una peli tras otra, sin descanso, incluso llegando a hacer listas de películas pendientes que me impedían ver aquellas que sí que me apetecían, se presentó el síndrome de abstinencia en todo su esplendor, las tentaciones se me presentaban por doquier, siempre había una película que era noticia, alguna otra que estaba de oferta en una tienda, o se estrenaba una serie en Netflix. A pesar de todo, creo haberlo conseguido, y si lo he hecho es, sobre todo, porque descubrí algo que me abrió los ojos y justificó aún más mi teoría de que era culpa mía sentirme indiferente ante el cine: como menos pelis veía, más me gustaban las que sí que veía.

Es por eso por lo que, en un arrebato de obviedad, no hace mucho, comprendí que el cine debería ser como comer: se tiene que hacer con medida, o se corre el riesgo de morir empachado.

Estaría mintiendo si dijera que dejaré de ver pelis —los que me conocen saben que es algo imposible—, sin embargo, creo que lo que seguro que haré será ver muchas menos, seleccionando con más cuidado las que vea. No voy a ir a por todo, no tengo tiempo para ello, hay más cosas en la vida, y si dedico tiempo de ella a ver una peli, será con una que valga la pena.

La experiencia —creo que ya empiezo a tener la edad suficiente para decirlo así— me han hecho ver que el cine tiene que ser como ese viejo amigo al que no ves cada semana o cada mes, pero sabes que está ahí, y que responderá a tus llamadas siempre; uno de esos con los que jamás pierdes el contacto, aunque solo veas unas pocas veces al año. Y es que es muy cierto aquello de que la calidad siempre está por encima de la cantidad.

Gracias a esto, después de sentirme indiferente ante el estreno de películas como Solo, Logan o, incluso, la trilogía del Hobbit —por poner unos cuantos ejemplos muy distintos—, al volverlas a ver, con más tranquilidad, sin prisas, sin presiones por hacer la correspondiente reseña y, sobre todo, sin el dichoso hype acechando sobre el hombro; estando solos la película y yo, descubrí que no solo me gustaban, si no que me encantaban.

Como todo en esta vida, cuando uno dedica gran parte de su tiempo a algo, lo más probable es que llegue a cansarse de ello. A mí me ha pasado con el cine, pero seguro que hay gente que le habrá pasado con cualquier otra cosa. Sin embargo, cuando se dedica tanto tiempo a algo, por mucho que nos lo pueda parecer, no es por obligación, sino que se hace por gusto, se hace porque queremos hacerlo… aunque después se nos vaya de las manos. Por eso, es importante que sepamos llegar a relativizar las cosas, a distanciarnos de aquello que nos gusta, pero nos incomoda, y que, con el tiempo, logremos reconciliarnos con ello para poder seguir disfrutándolo siempre.

El cine jamás dejará de gustarme, sin embargo, ahora me doy cuenta de que no pasa nada si dejo de ver una peli, ya que es más importante poder deleitarse viendo Blade Runner por enésima vez, que no morir en el intento al tratar de hacer una muesca más en mi rifle de cinéfago.

The End