Desde que me dedico a esto de hablar de cine —que a estas alturas ya empiezan a ser unos cuantos años— siempre ha habido algo que me ha fascinado, y no es otra cosa que los carteles de las películas. Estas imágenes rectangulares y, en la mayoría, verticales intentan condensar el espíritu que hay en lo que anuncian y que historia nos narrarán, a la vez que pretenden llamar la atención del posible espectador para que cruce el umbral de la sala de cine.

A lo largo de la historia, desde el preciso momento en que el cine se convirtió en una industria del espectáculo, este particular espacio ha dado auténticas obras de arte que, a veces, incluso superan la película que anuncian… o todo lo contrario, la empeoran, o al menos a su campaña publicitaria. Se podría decir que los carteles de las películas no son más que un elemento desechable del conjunto de una producción —y más hoy en día en el que se diseñan decenas de carteles para una sola película para empapelar las ciudades, desde la versión original, pasando a los de los personajes, así como versiones alternativas para las proyecciones de IMAX—, es decir, son una simple imagen… pero, sin embargo, cargada de importancia, como la cubierta de un libro. ¿Verdad que sin una portada llamativa un libro difícilmente se venderá? Pues, salvando todas las distancias, con las películas pasa lo mismo. Si dicen que los ojos son el espejo del alma de las personas, los carteles lo son de las películas.

Si quisiéramos se podría hacer un tratado de arte en los carteles —si es que no se ha hecho ya—, o se podría recoger a los mejores en un solo libro —y no so mentiré diciendo que lo he pensado—, sin embargo, a la larga, me hallaría repitiendo una vez tras otra: «este cartel es magnífico», «su composición es llamativa», o «es una idea tremendamente original». Por lo que lo mejor será que no me ande con pedanterías y me quede con una visión más elemental del asunto, pero, sin embargo, más íntima.

Esto de los carteles es todo un mundo —como sucede con las traducciones de los títulos originales en nuestro país—, en cuanto uno se pone a buscar un poco para ver cuáles son los mejores, los peores o lo que sea, salen miles de listas en las que cada uno ha utilizado el criterio que le ha parecido más apropiado. Sin embargo, una tónica general es destacar los carteles de películas buenas, algo inevitable, ya que esa es la imagen que tenemos de ellas. Casos como estos podríamos encontrar Harry el sucio, Tiburón, La naranja mecánica, La chaqueta metálica o Forrest Gump, que a parte de ser muy llamativos, detrás tienen obras maestras del cine que los han hecho ir más allá. Estos y muchísimos otros podrían ser considerados los carteles míticos, pero hay otros, muy cercanos a estos, que han creado escuela. Es decir, por ejemplo, cuando triunfo Casablanca con Humphrey Bogart, fue casi como si se respetara una norma no escrita de que todas las películas de cine negro tenían que seguir unas pautas en sus carteles, haciendo que todos fueran una copia de lo anterior, incluso se copio al pie de la letra para El buen alemán de Steven Soderbergh. Pero en este sentido, tampoco hace falta que la película sea extremadamente buena para dar lugar a un cartel mítico, sin ir más lejos, por ejemplo, uno de los carteles más conocidos de James Bond no es precisamente de su mejor película, sino de Sólo para sus ojos.

El problema de esto es que en cuanto uno escarba un poquito, no hace falta que llegue al fondo del cajón, ya que los carteles buenos aparecen como setas, por poner algunos ejemplos de esos carteles que a veces no recordamos, pero en cuanto los vemos decimos: «perfecto», podríamos encontrar el de La vida de Brian —con ese estilo tan particular de los dibujos que Terry Gilliam hizo gala en Monty Python—, Los Cazafantasmas, El padrino, etcétera, etcétera y muchos más etcéteras. Pero esto es normal, desde muy al principio se empezaron a diseñar auténticas obras de arte, como los de Metrópolis —así como otras obras del expresionismo alemán—, El pirata negro, o el de Cleopatra de 1917, en cuyo estilo se deja entrever las modas del momento, con ese toque tan art nouveau. Y es que el cine siempre ha sido un retrato de la época en que se hicieron las películas o de la época que quieren mostrar, ya que si hace un instante hablábamos del art nouveau, otros estilos de principios de siglos, como el art déco, también han dejado huella, en carteles tan obvios como el de El gran Gatsby, pero también en las películas protagonizadas por Hercule Poirot —siendo, para mí, auténticas demostraciones de lo que es un buen cartel en Asesinato en el Orient Express, Muerte en el Nilo y Muerte bajo el sol—, o algunos más recientes como Animales Fantásticos y dónde encontrarlos, cuya secuela también lo adaptó para acercarse al ambiente parisino de esa época. Pero también hay ejemplos no tan claros, que simplemente parece que el diseñador tenía un buen día y se salió con un cartel espectacular, como hizo Bill Gold para Camelot, que, siendo un musical ambientado en el medievo, su cartel parece sacado del estudio de Gustav Klimt.

En realidad, el cartel de una película es un lienzo en blanco perfecto para que los diseñadores saquen toda su creatividad y nos regalen cosas diferentes y sorprendentes —como los carteles de Fargo, Trainspotting, Ant-Man o Free Fire—, nos hagan reír —desde las gamberradas varias y casi infinitas de Deadpool, pasando por las versiones de El otro guardaespaldas, hasta la versión polaca de Chacal de 1973, cuya brillantez y humor negro no tiene parangón—, o nos provoquen el suficiente desconcierto y pavor para llamar nuestra atención —como son los casos, por ejemplo, de El resplandor, cuya versión final, con ese rostros, acongoja a cualquiera; el mítica de Pesadilla en Elm Street o el terrorífica de Noche de miedo—; ya que si el diseño es bueno —y con ello no me refiero a complejo, sino a acertado— un cartel se convierte, de forma inmediata, en la tarjeta de visita perfecta para que queramos ir a ver tal o cual película. Hoy en día, por ejemplo, conociendo los límites que tienen los carteles, hay estudios y diseñadores que buscan ir más allá, y se sacan de la manga auténticos virtuosismos creativos, siendo uno de los más recientes la versión panorámica y recortable que utilizó Animales fantásticos: Los crímenes de Grindelwald para el mercado chino… que envidia me da no haberlo visto en nuestras calles, y eso que la película tampoco me entusiasmo.

Yendo a un terreno más personal, si me preguntáis cuáles son los mejores carteles de cine en mi opinión, seguro que os daré unas respuestas que compartiréis. Para no liarme —como creo que llevo haciendo hasta ahora—, debo comenzar por el principio del cine comercial, allá por los años treinta, la Universal de la mano de Carl Laemmle Jr. se sacó de la manga las películas de monstruos, y, de paso, algunos de los carteles más maravillosos que nos ha dado Hollywood. Por ejemplo, desde el más sencillo de Drácula, pasando por los de El doctor Frankenstein, El hombre invisible o La novia de Frankenstein, pero si uno me ha robado el corazón es el de La momia de 1932, la paleta de colores es trazo tosco pero a la vez elegante, podría estar horas contemplándolo… pero pasemos al siguiente.

Estos carteles, así como su cine, evolucionaron hasta dar lugar a esa serie B que era buena, y de la que bebieron mucha gente, desde los propios sucesores de Laemmle en Universal —con títulos como La criatura de la laguna negra, por poner un ejemplo rápido—, a toda la cultura pulp que empezó a entremezclarse en las décadas siguientes en las películas del western italiano, las de samuráis, las artes marciales, la ciencia ficción, el blaxpoitation y el hard-boiled, del que posteriormente beberían realizadores como John Carpenter, Quentin Tarantino, Robert Rodríguez o Edgar Wright. A estos cuatro hombres —y a los diseñadores con los que han trabajado— les debemos los carteles de La noche de Halloween, La cosa, o Golpe en la pequeña China; Django, Los odiosos ocho o Malditos Bastardos; El mariachi o Abierto hasta el amanecer; Zombies Party o Baby Driver, entre muchos otros que se podrían agrupar junto a estos como Flash Gordon, Re-animator, El ejército de las tinieblas o Bone Tomahawk, cada uno de ellos dignos de formar parte una exposición de la cultura pulp, y, a mí parecer, piezas esenciales de los carteles de cine concebidos como arte gráfico.

Sin embargo, es en sus ya mencionadas raíces dónde hay las auténticas obras de arte, lo que sería el equivalente a la Gran Galería del Louvre. A parte de las pelis de monstruos de los años treinta, tenemos que fijarnos en los carteles, por ejemplo, de las cintas de Akira Kurosawa: El perro rabioso, Los siete samuráis, La fortaleza escondida y, la que para mí es la mejor, Yojimbo, que, aún tratándose de imágenes recortadas y sobrepuestas, la manera de hacerlo y la naturalidad del collage, hace de ellas auténticas obras de arte.

Tampoco tenemos que dejar de lado las cintas enmarcadas en el blaxplotation de los sesenta y los setenta, Las noches rojas de Harlem, Hit Man, Encadenadas, Coffy y ese largo etcétera que tienen en común a Richard Roundtree, Pam Grier, el soul y mucha violencia. Así como las pelis de artes marciales procedentes de Hong Kong, cuya cima está situada en las protagonizadas por Bruce Lee como son El furor del dragón, Operación dragón o la incompleta Juego con la muerte.

Como os podéis suponer a estas alturas del artículo he dejado lo mejor para el final, es decir el Spaghetti Western. Dejando a un lado las alabanzas y la estima que tengo por este género —que tal vez roza la enfermedad—, no hay ningún tipo de discusión que nos ha dado algunos de los mejores carteles del cine, muchos de los cuáles son dibujos realizados a mano por artistas, no toscos fotomontajes, si no creaciones artesanales que se han merecido un lugar en la historia del arte, pensad que Tarantino encargó varios posters imitando su estilo para contextualizar la vida del personaje de Leonardo DiCaprio en Érase una vez en… Hollywood. Desde las obras sobrias e, incluso, elegantes como los de El bueno, el feo y el malo o Django, a las caricaturescas de Le llamaban Trinidad o ¡Agáchate, maldito!, hay todo un amplio abanico de carteles para todos los gustos, algunos muestran la frialdad, no solo del escenario, sino también de la historia, como El gran silencio u Oro maldito; otros un postureo desmedido pero espectacular como el de Por un puñado de dólares, Llega Sartana o El halcón y la presa; y otros, simplemente, son geniales, como la versión francesa de La muerte tenía un precio o el de ¡Viva la muerte… tuya!

Pero de entre todos ellos, el que para mí se lleva la palma es el de Los compañeros cuyo dibujo está rematado con una franja negra —algo que hoy en día sería cel shading— que le da un toque de cómic, muy acorde con ese argumento sangriento, pero con ciertos guiños humorísticos, en una combinación solo al alcance de los westerns europeos.

Como podéis ver el mundo de los carteles del cine es tan inabastable como el del arte en general, ya que, si yo he podido hablar de unos carteles, seguro que me he dejado algunos de los más evidentes, o he puesto demasiado hincapié en otros sin importancia. Sin embargo, lo importante de este pequeño y modesto recorrido por los que, por diversos motivos, a mí me parecen interesantes, es ver cuantas posibilidades artísticas hay en esta simple plataforma; con esto no quiero decir que todas las películas tengan que tener carteles que provoquen el síndrome de Stendhal, pero sí que se podría evitar auténticas aberraciones entre las que el primer cartel de Spider-Man: Homecoming queda en nada, como las situaciones imposibles de las películas de Chuck Norris —en las que sujeta armas de forma antinatural, pero bueno, es Chuck Norris—, las incongruencias que nos ofrece el mercado asiático —sobre todo el chino—, o el sadismo con la herramienta de cortar del Photoshop del cartel para el mercado latino de Chef de Jon Favreau. Seguro que entre las obras maestras del terror de los años treinta o del Spaghetti Western, y las abominaciones de la sociedad de consumo de hoy en día, existe un término medio que se puede alcanzar y que nos regale imágenes que deseemos arrancar de los cines y colgarlas en nuestras paredes.