En todas las colecciones siempre hay una rara avis, un elemento que, aún formando parte, desentona un poco del conjunto, y, en el caso de los Monstruos de Universal se trata de El fantasma de la ópera. Esta excepcionalidad no viene tanto dada por la historia —sin ir más lejos, esta es un remake de la que se realizó en los años veinte—, sino más bien por la forma. En primer lugar, se rodó en Technicolor, cuando todas las otros son en blanco y negro —incluso Creature from the Black Lagoon de 1954 lo es—; en segundo, es unos veinte minutos más larga que cualquiera de las otras; y, por último, su presupuesto, El hombre lobo, estrenada dos años antes, sumaba algo menos de doscientos mil dólares, mientras que El fantasma de la ópera rondaba el millón y medio… Lo dicho, esta peli es como ese cromo dorado de toda colección que, aunque a nadie le gusta, todo el mundo desea.

Como hemos dicho antes, la historia en sí no se distancia de las otras cintas, ya que la base es la misma: un monstruo violento, desquiciado y, en origen, inocente, una joven en apuros y un héroe. Sin embargo, en lugar de limitar a unos pocos actores —casi como si fuera una obra teatral, como lo son las otras pelis de terror de la Universal—, aquí no se reparó en gastos, mientras Claude Rains atormenta a los directores de la Ópera, y Nelson Eddy y Edgar Barrier intentan atraparlo a la vez que intentan proteger a la «inocente» Susanna Foster, se nos ofrece grandes número operísticos que, sinceramente con decenas de extras dispuestos a dar un trasfondo perfecto a este terrorífico drama. Solo con fijarnos con la historia —muy parecida a la de El hombre invisible o El hombre lobo—, veremos como alguien bondadoso es repudiado por la sociedad y convertido en un monstruo que se comportará como todo el mundo creía que se comportaba. En este sentido, es un papel hecho a la medida para Claude Rains, que con su porte y saber hacer, da vida a un «monstruo» diferente del que interpretó en 1935, aunque con la misma carga melodramática; aquí veremos como el hecho de ser rechazado —tanto él como su música— lo hará enloquecer y hará todo lo que esté en sus manos para que la joven cantante de ópera, que es su protegida sin que ella lo sepa, se convierta en la estrella que él cree que es… ya que está enamorado platónicamente.

Para dar vida de nuevo a la historia de Gaston Leroux, se recuperaron los decorados que ya fueron utilizados en 1925 en la cinta muda protagonizada por Lon Chaney, y que aún hoy se conservan. Todos los esfuerzos que se pusieron en esta cinta —que no fueron pocos, porque era un proyecto que ya se perseguía desde diez años antes—, desde su productor, George Waggner hasta su director, que fue escogido después de que se despidiera a Henry Koster, dieron sus frutos; y es que El fantasma de la ópera es la única película de terror de la Universal en ganar un Oscar… Pero admitámoslo, si comparamos esta historia con cualquiera de las otras, veremos que se acerca más a las grandes cintas que todo el mundo recuerda de esa época, que no a las que ya se podrían considerar de serie B.

Si tengo que ser sincero, cuando uno va avanzando en el universo de las pelis de terror de la Universal —protagonizadas por monstruos o no— se extraña al ver que El fantasma de la ópera de Lubin es una de ellas, y más cuando la ve. Mientras que la original de 1925 podría justificar su inclusión por la tarea de «deformación» facial a la que se sometió Lon Chaney para lograr un aspecto aterrador y ser un monstruo; sin embargo, en esta, cuando Claude Rains aceptó el papel —que no le va grande en ningún momento— solo puso una condición, que no se le maquillara demasiado y su personaje solo sufre unas graves quemaduras en una parte de su rostro… y de aterrador tiene más bien poco. Una vez uno se sumerge en ella, ve que se aproxima más a un drama de época que no a una peli de terror propiamente dicha. En este sentido, aunque ahora ya no atemoricen al público como lo hicieron décadas atrás, es cierto que Drácula, El doctor Frankenstein o El hombre lobo, ya por su historia, ya por su puesta en escena, son claramente identificables en el género que se les supone; pero, este Fantasma de la ópera, se queda corto ya que la dirección puso más interés en crear un gran espectáculo con muchos extras, una elaborada música y majestuosas puestas en escena, que en profundizar en lo que podría suponer un loco obsesionado suelto en un lugar como la Ópera de París.

Como nota final, a parte de su discutible terror, esta película posee una de las escenas con más suspense de la historia, en la que vemos como el fantasma se dedica a cortar la cadena de la gran lámpara del teatro… Dicho así, parece una tontería, pero el montaje es tan bueno que, en esta parte, vale la pena no separar los ojos de la pantalla.