Como todos los sentidos del humor que hay en nuestro pequeño planeta, el francés tiene sus peculiaridades. A parte de las películas en el que el humor más zafio sustenta toda la trama y el montaje en general —algo que también sucede en nuestro país, en Inglaterra o en Estados Unidos—, normalmente el humor sirve de simple patina para mostrarnos unas historias y unos personajes muy reales, con unas vidas y unos dramas personales tan auténticos como los de cualquiera de nosotros. Y es precisamente eso lo que El gran baño hace, contarnos una cruda realidad con una sonrisa en los labios.

Bertrand es un desgraciado, después de dos años deprimido por no conseguir trabajo a sus cincuenta y tantos años, está sumido en una profunda depresión a la que enfrenta con grandes dosis de pastillas y largas partidas al Candy Crash. Pero, casualidades de la vida, un día, tras recoger a su hija de las clases de natación, descubre que en ese mismo lugar se busca a hombres dispuestos a participar en el equipo de natación sincronizada masculina. Aunque al principio no lo tiene claro, en ese pequeño anuncio de papel descubre la luz que le falta a su vida. Pero lo que realmente encuentra no es solo algo que hacer con su tiempo, sino a un grupo de personas que sufren sus propios males y que están dispuestos a escucharlos. Hay los que deben luchar con la realidad de que ya no son jóvenes, otros que no saben como ayudar a sus padres enfermos, otros que han sufrido toda la vida por ser buenas personas toda su vida… En resumidas cuentas, Bertrand se encuentra con sus iguales, pringados, desgraciados y deprimidos varios que, por un extraño deseo del destino, se han reunido en el agua bajo las órdenes de una entrenadora tan miserable como ellos, que, con suerte, solo conseguirá que floten. En un primer momento parece que aquello es solo un ciclo de autocompasión compartida —ya que después de las clases además de un porro también comparten sus penas—, pero después descubren que Francia no está representada en un campeonato del mundo de natación sincronizada, por lo que no dudarán en apuntarse para participar. Será entonces cuando comprenderán que forman parte de algo más grande y más importante que sus desgraciadas vidas, y tienen un objetivo común por el que luchar y seguir adelante… porque cuando uno quiere, puede.

A medida que avanza la historia comprenderemos que El gran baño no solo tiene el objetivo de hacernos reír con una panda de adultos para nada atléticos chapoteando en la piscina, esa es solo la excusa para explicarnos una historia más profunda sobre las relaciones humanas, sobre la hipocresía y el quedar bien, y como —aunque sea pocas veces— lo correcto, en realidad, sería romper las normas impuestas y ser sincero con los demás y, lo que es más importante, con uno mismo. El gran baño es una historia de superación, pero no al estilo de los grandes dramas deportivos en los que los colores de una nación o de un equipo son llevados a lo más alto, sino de superación personal. Esos hombres jamás habrían pensado en participar en un campeonato mundial de natación sincronizada, pero ahí están, dándolo todo y sintiéndose plenos por ello.

Otro de los temas que aborda la peli son los prejuicios, no solo los del deporte en cuestión —siempre tildado por los «cuñaos» de deporte para chicas—, sino el hecho de que hombres de mediana edad no puedan hacer mucho más que trabajar, cenar con los amigos y la familia y aguantar todo lo que les echen estoicamente. En este sentido es interesante ya que habitualmente el cine no explora la «debilidad masculina», no vemos hombres de a pie superados por la situación, siempre acarrean algo más que el simple peso de la vida, haciéndolos especiales. En el caso de El gran baño, sus protagonistas forman parte de esa parte de la población de hombres adultos, sanos —a grandes rasgos—, de clase media y heterosexuales que, supuestamente, no tienen motivos para quejarse de sus vidas, ya que forman parte del sector «fuerte» de la mayoría de los países occidentales. Para no enrollarme más, creo que El gran baño nos quiere decir que los hombres también lloran y tienen sentimientos, pero que se les ha impedido expresar esa parte de su ser por las normas sociales preestablecidas.

Dejando a un lado el «mensaje», El gran baño es una brillante comedia, sutil y muy bien medida, que en ningún momento provoca vergüenza ajena —algo que sería muy fácil la ver a ocho tíos «normales» en ropa interior—, y que logra que pasemos un buen rato con una puesta en escena atrevida y con unos personajes muy bien perfilados, con los que se empatiza con una facilidad aplastante, al vivir situaciones como las de que cualquier otro mortal. Además, tampoco cae en el chiste fácil o el humor gráfico de reírnos de cómo alguien se ahoga o cae en una piscina —un recurso demasiado accesible y que se evita con maestría—, y es que en realidad no estamos ante una simple comedia, sino que es algo más, es una historia humana, un drama real contado desde una perspectiva positiva, alejada de los grandes dramas sociales.

El actor Gilles Lellouche, habitual del cine cómico francés, realiza un trabajo impecable tras las cámaras como director en el que es su segundo largometraje, y consigue mostrarnos una forma muy peculiar e íntima de narrarnos esta historia. Pero es que además, no todo el talento está en la realización, ya que cuenta con un reparto de lujo encabezado por nombres como Mathieu Amalric, Guillaume Canet, Benoît Poelvoorde, Jean-Hugues Anglade y Virginie Efira.

Sin duda alguna, El gran baño es una comedia francesa con mayúsculas, a la altura de Pequeñas mentiras sin importancia, C’est la vie, El concierto o Intocable, que además de hacernos pasar un buen rato, nos hará ver nuestras propias realidades con otros ojos.