
Basada en la popular novela de Noah Gordon y ambientada en el siglo XI, narra el viaje del joven Rob Cole, traumatizado por la muerte de su madre, en su obsesión por convertirse en médico y estudiar con el legendario sabio persa Ibn Sina, en una coproducción alemana que combina aventura, drama y épica histórica.
Desde el punto de vista técnico, El médico demuestra un firme dominio de la puesta en escena. La dirección de Stölzl logra transformar una novela extensa y compleja en una narración cinematográfica cohesionada, aunque no siempre elegante en su economía narrativa. La película se extiende durante más de dos horas y media, y en varias secuencias se siente ese peso de la duración: hay momentos que fluyen y cautivan, y otros donde el ritmo decae hasta hacer palpable la distancia entre los fragmentos de la historia.
La fotografía de Hagen Bogdanski es uno de los puntos más notablemente logrados. Las imágenes evocan con claridad y belleza los escenarios del medievo europeo y del mundo islámico de entonces, desde polvorientas calles inglesas hasta los zocos brillosos de Isfahán. Las tonalidades, la composición y la iluminación contribuyen a sumergir al espectador en una época que rara vez se siente tan vívidamente representada en el cine comercial.
La música, compuesta por Ingo Frenzel, acompaña de manera eficaz los altibajos del relato. Si bien no es memorable en sí misma, cumple su función de subrayar el tono emocional sin caer en el melodrama fácil, lo cual es de agradecer en un género que suele abusar de la musicalización afectiva.
En cuanto al guion —adaptado por Jan Berger—, el principal acierto está en establecer un arco claro para Rob Cole: de huérfano desvalido a aprendiz apasionado. Sin embargo, ese arco se presenta a veces con matices simplistas y un tratamiento del contexto histórico que prioriza la accesibilidad sobre la profundidad. La película incurre en arquetipos que se sienten cómodos en la pantalla —el sabio maestro, el amor joven, la intolerancia religiosa— lo que, si bien facilita la empatía del espectador, también empobrece la complejidad de las tensiones culturales y científicas que podrían haber sido exploradas con más precisión.
Las actuaciones sostienen buena parte de este equilibrio entre ambición y simplificación. Tom Payne ofrece un retrato convincente del idealismo de Rob, y su química con Ben Kingsley —quien encarna a Ibn Sina con dignidad y presencia— es uno de los pilares emocionales de la película. La cinta se apoya en esta relación alumno-maestro, que funciona tanto como motor narrativo como símbolo de la transmisión del conocimiento. Las interpretaciones más secundarias, como la de Emma Rigby, aportan calidez y humanidad, aunque a veces se quedan relegadas por un guion que no siempre les confiere el espacio que merecen.
En términos de verosimilitud histórica, El médico opta por una mezcla de fidelidad y concesiones dramáticas. Algunos comentaristas han señalado inexactitudes o simplificaciones respecto a la época, la cultura y las dinámicas religiosas que se representan, una crítica válida desde una perspectiva histórica más exigente. Desde un punto de vista cinematográfico, esas libertades —aunque comprensibles para alcanzar un público amplio— pueden desinflar el potencial de la película para ser una obra profundamente educativa o desafiante.

El médico es una película que admiro, aunque con reservas. Como espectadora apasionada por los dramas profundamente humanos, encuentro en la historia de Rob Cole un viaje emotivo que me conmovió más de una vez; la búsqueda de conocimiento, el enfrentamiento con la muerte y el choque entre culturas son temas que resuenan con fuerza. Las imágenes y la puesta en escena logran transportar al espectador a otra época, y las interpretaciones centrales —especialmente la de Ben Kingsley— elevan el material.
No obstante, la película no siempre alcanza la profundidad que promete. Su ritmo irregular, algunos diálogos previsibles y una tendencia a preferir la claridad sobre la complejidad histórica limitan su alcance. Estas no son debilidades menores: en una historia sobre el nacimiento de la medicina como ciencia y sobre el desafío a prejuicios arraigados, uno desea un examen más matizado de esos conflictos. Aun así, El médico logra conmover y hacer pensar, y pocas películas combinan aventura, emoción y reflexión con la misma honestidad narrativa.
Se trata de una obra sólida que sabe a dónde quiere ir y casi siempre acierta. Me deja con la sensación de que las historias sobre la búsqueda de sentido y conocimiento tienen un valor incuestionable en el cine, incluso cuando no alcanzan la perfección técnica o histórica. Al terminar, me quedé reflexionando sobre cómo enfrentamos nuestros propios miedos y qué significado tiene aprender en medio de la incertidumbre. Esa, para mí, es la marca de una película que merece ser vista y discutida.
