Al adentrarse en El silencio de otros, dirigido por Almudena Carracedo y Robert Bahar, uno puede llegar a pensar que sabe lo que va a encontrar, y aunque no se equivoca del todo, el documental se transforma a cada minuto, y el contexto que sentíamos como conocido, parece que se torne de lo más lejano. Contemplar el franquismo y a sus víctimas desde la mirada que nos ofrece requiere aunar dos conceptos como son el presente y el pasado, y esta dualidad será el eje principal del mismo. España como escenario, como protagonista, y sobre todo, como sombra.

Sería sencillo indicar que el documental sigue el hilo conductor de la querella argentina que juzgó los crímenes del franquismo, porque así lo sugiere el texto y la misma división de la película, pero esta afirmación es equivocada si atendemos a los dos únicos temas que la hacen avanzar, que son en un sentido casi barroco el tiempo y la muerte. De forma muy acertada nos introduce a María Martín dentro de la primera secuencia, una anciana que mira perdida la carretera de Toledo y cuya imagen se quedará grabada en nuestra retina. El relato que dibuja de su vida con la voz entrecortada, el tratamiento tan mimado del color y los primeros planos nos absorben por completo.

El conflicto temporal no aparece de forma brusca en el documental, sino que se desliza suavemente y de forma natural a través de los testimonios. El presente no existe, porque funciona como posible cura del pasado, y al mismo tiempo, sugiere una proyección de futuro. El silencio de otros defiende, a golpe de ojos cansados y voces rotas, que la idea colectiva de transición modélica es difícil de asumir mientras haya una cámara enfocando los rostros descompuestos de familiares que observan las fosas. La muerte, como pilar fundamental, se articula en torno a la propia anciana María Martín, pues teme que la justicia llegue demasiado tarde para que pueda verla. Una premonición propia del cine de ficción aplicada por completo a la realidad, y otra vez, el peso del tiempo como indicativo de muerte.

La película logra humanizar y poner rostro a lo que hasta ese momento era una composición de cifras y datos históricos, trabajando la puesta en escena individual de forma tan cuidada que fácilmente podemos extrapolarla a una representación colectiva de las víctimas. Esta representación es una idea importante si nos fijamos en la portada elegida para el documental, pues aquellas estatuas en honor a las víctimas que miran desde el valle del Jerte no serán otra cosa que la materialización de este sufrimiento, y nuevamente, lo individual convertido en símbolo. Pese a utilizar metáforas que pecan de evidentes, al centrar su atención en unas esculturas de reciente creación, alejadas del tumulto, desprotegidas y solas, le otorga un significado que sirve para entender parte del objetivo del film. Estas, además, se encuentran perforadas por balas horas después, haciendo en la piedra una herida incurable, que es lo que necesitamos para completar la representación.

Ahora bien, los recursos son demasiado explícitos, porque con la intención de evidenciar el paralelismo la cámara gira en torno a estas estatuas mientras escuchamos las voces de los testigos, en un intento demasiado obvio de que el espectador comprenda algo que ya había comprendido. No se busca la sutileza simbólica, sino evidenciar un nexo entre imagen y discurso muy ligado. También hay que señalar que la poca expresividad de la voz en off narrando el contexto histórico falla en muchos sentidos y se siente extraña teniendo en cuenta las intervenciones tan íntimas de los demás actores. El punto débil de El silencio de otros se encuentra en el carácter explícito, que se va potenciando en cada testimonio. Llantos desconsolados ante la cámara, huesos descompuestos como encarnación de la muerte y una exaltación del sentimentalismo en detrimento del conflicto o reflexión.

«Yo vivo en la calle General Yagüe» dirá uno de los testimonios, convirtiendo las calles en un escenario más del modelo a escala que se desempolva de esa otra España, la olvidada, la silenciosa, la que quizás cuenta con unas piernas que son demasiado débiles como para levantarse. Los escenarios se comportan como una parte más de la tesis defendida en el documental, pues esta línea tan difusa entre el pasado y el presente pone el acento en los honores que se rinden a los responsables de las injusticias, y las dos Españas, en distintos tiempos, colisionan de manera suave pero clara. El silencio de otros no desvela nada nuevo, pero muestra cómo a veces el ser humano puede llegar a estar ciego delante de aquello que tiene más cerca.

Un artículo escrito por Alba Juan Segura