el-sombrero-del-curaEn todos los géneros literarios, siempre hay algún autor o alguna obra que, con el tiempo, se erige como su primera piedra, como su primer predecesor, en definitiva, como su origen. En el caso del giallo italiano, esa obra es la que ahora mismo tenemos entre manos, El sombrero del cura o, en su italiano original, Il cappello del prete, escrito por el autor milanés, Emilio de Marchi.

El giallo, que en italiano es amarillo —género conocido así por el color de las cubiertas de unas ediciones del siglo XIX—, no es otro que el género policíaco o detectivesco. Aunque guarda ciertas diferencias, no es otro que el género que Poe perfilo con Auguste Dupin o que Conan Doyle coronó con Sherlock Holmes y, que con los años, se ha convertido en uno de los más importantes de la literatura popular. En este sentido, también guarda parecido con el pulp americano, en el que se busca un divertimento por entregas, a las que el lector no puede dejarse de enganchar. Al igual que las grandes obras de finales del siglo XIX, El sombrero del cura vio por primera vez la luz por entregas, entre 1887 y 1888, dando lugar a un éxito de ventas sin precedentes en la época —y más teniendo en cuenta las altas tasas de analfabetismo de la época—, algo que conllevó su traducción a diversos idiomas, entre ellos el castellano, cuya versión fue publicada solo nueve años después.

A pesar de todo esto, con El sombrero del cura no debemos cometer el error de creer que se trata de una novela procedimental, en la que un detective se adentra en un caso de asesinato para descubrir quién es el culpable, al contrario, en esta historia el protagonista es el asesino, al que conocemos desde la primera página, y no es otro que Carlo Coriolano, barón de Santafusca. Este noble napolitano que endeudado hasta las trancas, no dudará en acabar con la vida del padre Cirilo, un cura que hace de usurero, para hacerse con su dinero, y aunque crea que ha realizado un crimen perfecto, se olvidará del sombrero del cura que, durante toda la historia, actuará como su «corazón acusador» particular, atormentándolo página tras página.

Y es que De Marchi no se quedó en el simple relato de misterio, al contrario, aprovechándose del narrador plenamente omnisciente, nos narra cada segundo del tormento que vive el barón, prácticamente como si con ello consiguiera hacer del lector el auténtico culpable del crimen. Es en este elemento de la narración, en la que De Marchi denota un portentoso talento como escritor, ya que aquí le saca punta a las complicadas implicaciones psicológicas que afectan al protagonista, aportándole el valor de originalidad que contiene.

Sin embargo, a pesar de su maestría, la obra de De Marchi echa en falta un elemento esencial del género, el detective. Puede que sea por todo lo que uno ha leído hasta ahora, sin embargo un relato de misterio sin que alguien lo investiga, sin que alguien juegue al ratón y al gato con el criminal, se echa de menos, alguien que genere un contrapunto al malvado, en este caso, el barón de Santafusca. Y es que en El sombrero del cura, es el propio asesino el que juega consigo mismo al ratón y al gato, ya que los tormentos de la culpa y del error cometido lo presionan, tanto o más, que el mejor Sherlock Holmes de la historia.

Sí que es verdad que en diversos pasajes, diferentes personajes van descubriendo detalles y elementos que, a la larga, permiten resolver el crimen, pero ninguno de ellos se erige como el titular de la justicia, quedándose solamente en una parte más del relato preciosista que De Marchi hace del Nápoles de finales del siglo XIX.

Dejando de lado el que, probablemente, es el único fallo que le he visto a El sombrero del cura —aunque es una cuestión completamente subjetiva—, esta novela también sirve al autor para retratar una época y una ciudad ya pasada. Con mucho detalle y con una prosa tan enriquecida como la de Dostoievski o Guy de Maupassant, De Marchi nos presenta el fantástico universo que era el Nápoles del siglo XIX, en el que no todo era lo que parecía: los nobles ya no eran ricos, los curas se dedicaban a la usura, y nadie parecía interesado en descubrir un asesinato, sino que se prefiere jugar a la lotería y leer la prensa para seguir los chismorreos.

Aunque personalmente prefiero quedarme con otros genios de la literatura detectivesca, como Conan Doyle o Agatha Christie, se tiene que admitir que Emilio de Marchi y El sombrero del cura son un punto de partida excelente y brillante de un género que ha tenido y, aún tiene, un largo camino por recorrer.