el-ultimo-argumento-de-los-reyesCreo que no me sentía tan orgulloso de haber terminado de leer un libro desde que finiquité el canon Holmesiano o El Señor de los Anillos, y es que la trilogía de Joe Abercrombie no merece menos.

Después de la travesía liderada por Bayaz, el Primero de los Magos, con un final un tanto abrupto, esta peculiar compañía —que nos recordará en muchos sentidos a la que se formó en la primera parte de El Señor de los Anillos— se topó con una sorpresa, que no revelaremos para no chafar el final de Antes de que los cuelguen —por cierto, un título que también quedaría genial para un western—, regresa a Adua, justo en el mismo momento en que la guerra contra los Hombres del Norte, cuyo rey Bethod no deja de amenazar a la Unión, parece pérdida, y en el mismo instante en que el Imperio gurko se dispone a invadir la capital. Por si eso no fuera poco, el rey de la Unión muere y, habiéndose quedado sin herederos, el Consejo Abierto se ve en la obligación de escoger a un nuevo monarca y, para sorpresa de todos, ese nombramiento recae en Jezal, supuesto bastardo del rey, ganador del campeonato de esgrima y reciente vencedor sobre una rebelión popular en el campo.

Por su parte, los demás miembros de la compañía se disgregan y empiezan a retomar sus caminos, Ferro Maljinn hacia el Sur, Logen Nuevededos hacia el Norte, y Bayaz en el centro, en el asiento más próximo al nuevo rey.

Este es el panorama con el que se presenta El último argumento de los reyes, y su autor, Abercrombie, lo tiene todo de cara para regalarnos una sorpresa tras otra, que nos dejará con los ojos abiertos y esperando más, sin nada que envidiar de los giros de Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin.

Como no podía ser de otro modo, Abercrombie sigue la línea establecida en las dos novelas precedentes —La voz de las espadas y Antes de que los cuelguen—, con ese punto medio entre la novela épica, la fantástica y la humorística, ya que no olvidemos que, uno de los puntos fuertes de esta trilogía es que los momentos más duros y más crueles se solapan con el humor, negro, pero humor al fin y al cabo.

Después de dos mil páginas, los personajes como Glokta, Jezal o Logen se vuelven tan cotidianos como el más íntimo de los amigos, y es inevitable desear que el final de sus historias llegue a buen puerto o, al menos, su destino sea tan espectacular como los pasajes que nos han ofrecido. Y, para aquellos que duden, en este sentido la trilogía de La primera ley no decepciona.

Pero no es oro todo lo que reluce, si bien la novela sigue igual que las anteriores en cuanto a tono, la trama, llena de momentazos hasta ahora, en El último argumento de los reyes, se estanca. Es decir, aunque haya sorpresas y giros, no son tantos como a los que estábamos acostumbrados hasta ahora, sino que la trama, por los cauces que se ve obligada a recorrer, reduce en acción.

Sin embargo, no hay mal que por bien no venga, y si pierde acción —salvo en pasajes puntuales—, gana en lo que podríamos llamar «intrigas palaciegas», y es aquí cuando Abercrombie demuestra que su obra tiene el mismo valor que las obras de Martin, Tolkien o Sanderson.

Seguramente, esta entrega es la peor de las tres, o al menos la menos buena, pero eso es porque tendemos a limitarla por capítulos, pero, cuando forma parte del total de la trilogía, y si se lee como una sola novela, sin duda no se notará este bajón que he mencionado.

Salvo este pequeño detalle, sin importancia en un recorrido tan largo como es La primera ley, El último argumento de los reyes se convierte en un colofón perfecto para una trilogía que todos aquellos que gusten de espadazos, sangre y humor un tanto fuera de lugar, disfrutarán como niños. Mi única recomendación, intentar leerla del tirón.

Además, y con ganas de generar expectación para un público sediento de hype, el final, aunque haya muchos cabos sueltos que se aten, quedan los suficientes como para seguir adelante con las novelas independientes que Abercrombie publicó a posteriori, y que muchos que las han leído, afirman que son mejores que la trilogía de origen.