Un forastero llega a Jericho, un pueblecito de Texas cerca de la frontera con México que no sale en los mapas, un lugar de mala muerte en el que el enfrentamiento entre dos bandas rivales por el control del contrabando de alcohol durante la Ley Seca lo ha dejado medio abandonado y sumido en una guerra que parece que ninguno de los dos bandos puede ganar. Sin embargo, este hombre, que se presenta como John Smith, ve en ello la oportunidad para hacer dinero, por lo que su único objetivo será malmeter a un lado y a otro para que ellos mismos se autodestruyan. Mientras juega con las dos bandas sacando provecho del odio irracional que se profesan, haciendo tratos con ellas y trampas de todo tipo, intentará sacar de en medio de esa guerra a todos aquellos que sean inocentes.
Si dejamos a un lado los elementos que ubican la historia en la Texas de principios del siglo XX, nos daremos cuenta de inmediato que, una vez más, esta historia sale de las prodigiosas manos del maestro japonés Akira Kurosawa, ya que no deja de ser una adaptación de la mítica Yojimbo que escribió junto a Ryûzô Kikushima. Pero, a diferencia de lo que hizo Sergio Leone con Por un puñado de dólares, aquí se pidió permiso para contar una de las mejores historias que se han escrito jamás. Con muy pocos elementos y personajes muy arquetípicos se orquesta una historia en la que el bien y el mal no existen, sino una amplia gama de grises que tienden, por definición, a oscurecerse.
Pero como sucede en las mejores familias, a base de repetición provoca que la historia pierda esa frescura que tuvo Yojimbo —que en parte también se alimentaba del western clásico— y que supo repetir el maestro italiano. No estamos ante la mejor película de mafiosos, ni ante el mejor western moderno, ni en el mejor remake; pero es que parte de una historia tan buena que le hacía falta muy poco para cuajar un entretenimiento redondo.
Un Bruce Willis con su sonrisa socarrona protagoniza una cinta en la Walter Hill no tiene miedo a mostrar su inspiración, ya que además de nutrirse de los tópicos que vienen por defecto con la historia de Kurosawa, le suma una extraña pero resultona mezcla entre el western y el cine negro de los años treinta. Por ejemplo, por un lado la acción transcurre en un pueblo que, si exceptuamos el tema de la electricidad y el teléfono —que casualmente no funcionan del todo bien—, tiene toda la pinta del de una peli del oeste: polvoriento, desierto y con casas de madera a ambos lados de la única calle que hay. Mientras que, por el otro, la manera de iluminar las escenas y de enfocar a los personajes nos trae a la mente las pelis de detectives con fedora y gabardina.

Junto a un héroe tan sufrido como John McClane, aparece todo un repertorio de grandes secundarios de lujo —como Bruce Dern, William Sanderson, Christopher Walken o un joven Michael Imperioli— que consiguen hacer un magnífico trabajo, que junto a la artesanía del equipo técnico logran un resultado más que divertido. Porque a pesar del drama y de la violencia, debemos recordar que esta es una peli divertida y que, a la hora de la verdad, sabe que no debe tomarse en serio.
El resultado final es una cinta que, a pesar de todo, se acerca más a la serie B que a una obra maestro, pero no creáis que ello significa que es una peli mala, sino que se trata de una solo apta para los amantes de ciertos géneros, es decir, no es para todos los públicos.