Un día, sin más, un joven apareció en las páginas de la revista Spirou —en un solo dibujo frente a la puerta de la redacción— y, durante varias semanas, no se supo absolutamente nada de él salvo que se paseaba por allí sin ninguna ocupación; hasta que una «brillante» conversación con el propio Spirou nos descubrió que se llamaba Gastón.

—¿Quién es usted?
—Gastón.
—¿Qué hace aquí?
—Espero.
—¿Qué espera?
—No lo sé… espero…
—¿Quién le ha enviado?
—Me han dicho que venga…
—¿Quién?
—No sé…
—¿Venir para hacer qué?
—Para trabajar…
—¿Trabajar cómo?
—No sé… me han contratado
—¿Pero está seguro de que es aquí donde tenía que venir?
—Bah…

Como se puede ver, no se sabe muy bien porque el señor Dupuis lo contrató —y jamás se llegó a saber—, lo que está claro es que nunca hace lo que se le encarga. Este «héroe-sin-ocupación», aún teniendo oficina propia y todo, pasa su tiempo inventado, haciendo bricolaje, cocinando, jugando, tocando instrumentos musicales, y durmiendo… sobre todo, durmiendo. Por fortuna, a pesar de que desde un principio provocó el caos en las páginas de la revista —sus primeras apariciones son cuanto menos originales al cruzar la cuarta pared fastidiando artículos y planchas completas—, tras él estaban las mentes pensantes de Yvan Delporte, redactor jefe de Spirou por aquel entonces, y André Franquin, su mejor artista.

Delporte fue uno de los que insufló vida a la revista Spirou durante sus años como redactor jefe, a la vez que creó un ambiente de trabajo casi familiar en la redacción, en el que los autores compartían ideas y se ayudaban cuando uno de ellos se quedaba encallado. En este contexto, en el que las bromas y el buen humor eran habituales en la redacción —algo compartido, incluso, por el propio Charles Dupuis, «el gran jefe»—, Delporte le propuso a Franquin la idea de dar vida a esa redacción mediante un nuevo personaje que no era otro que Gastón. El dibujante, que por aquel entonces era una de las grandes estrellas del cómic franco-belga y que había renovado por completo la serie de Spirou y Fantasio, aceptó el reto y creó a uno de sus personajes más brillantes.

El talento de Franquin es incuestionable, incluso para el maestro Hergé que llegó a decir: «a su lado no soy más que un pobre dibujante», y su estilo dejó una marca más que evidente en el cómic europeo, a través de la llamada Escuela de Marcinelle, ciudad donde estaba ubicada la redacción de la revista Spirou, junto a autores como Morris, Peyo o Tillieux. Franquin llevó a cabo una completa renovación de Spirou y Fantasio, alejándose de las convenciones de la historieta infantil y desarrollando un estilo gráfico más próximo al cómic realista. Enriqueció la serie con nuevos personajes, como el conde de Champignac, Zantafio, Zorglub, y, sobre todo, el Marsupilami, que apareció por primera vez en la historia Spirou y los herederos. Sin embargo, en 1955, a raíz de ciertas desavenencias con la Editorial Dupuis, inició su colaboración con el eterno competidor de la revista Spirou, el semanario Tintin, para el que creó la serie costumbrista Modeste et Pompon, que mantendría hasta 1959, y en la que también intervinieron autores como René Goscinny, Greg y Tibet.

Pero, a pesar de esto, en 1957 vio la luz el que tal vez sea su personaje más emblemático, Gaston Lagaffe, que en un principio no tenía que ser más que una broma en las páginas y en los márgenes, pasó a tener sus propias tiras cómicas tanto de media página como de página completa. Aunque en un principio Jidéhem e Yvan Delporte colaboraron con Franquin en esta serie, en 1968 el autor asumió en solitario su realización. Este hecho no fue una simple casualidad, sino que después de más de veinte años dedicado a crear una de las mejores etapas de la serie principal de Dupuis, Franquin decidió abandonar a Spirou y Fantasio —llevándose consigo los derechos del Marsupilami, personaje que aparecería en la primera aventura de Fournier dibujado por el propio Franquin, pero que no regresaría por completo hasta 2016—, momento en el que pudo volcar todos sus esfuerzos en Gastón. Será a partir de este momento, en el que Franquin hará más hincapié en sus preocupaciones personales aprovechando el espacio que la tira de Gastón le ofrece; hablará del medio ambiente, de política, de pacifismo, de parquímetros, etcétera, etcétera, convirtiendo a Gastón en algo parecido a un hippy o un activista.

Desde 1957 hasta la última de sus tiras —que por muy poco no llegaron a las mil—, el estilo artístico de Gastón fue evolucionando, así como su carácter. En sus inicios, los trazos eran más nítidos y limpios —siguiendo el estilo que Franquin usaba en la serie de Spirou—, en el momento en el que el personaje parecía reducirse a un patoso un poco vago y caradura. Al principio los fondos eran eso, simples escenarios, pero cuando Franquin se encargó de todos los elementos de la serie, estos ganaron en profundidad y en realismo, entrando a formar parte de los gags. De la misma manera, el trazo del dibujante fue ganando detalles, las líneas se dispersaron e, incluso, se rompieron normas que, hasta entonces, eran inviolables como las cajas de las viñetas o la composición de estas. Mientras Franquin iba tomando un estilo más personal —acorde con sus nuevos proyectos ya sin el lastre de respetar las normas de una serie como Spirou y de Dupuis, como las brillantes Ideas Negras publicadas en el suplemento Le Trombone illustré y en Fluide glacial—, las viñetas de Gastón fueron abigarrándose y en ellas aparecían elementos propios de los nuevos caminos creativos de su creador. Y, como era de esperar, Gastón y sus compañeros ganaron en profundidad, ya no eran meros estereotipos para crear un gag, eran auténticos personajes con sus manías y sus maneras de ser. En este sentido, podríamos decir que, si 1957 se nos presentó Gastón y su universo, pero en los setenta por fin lo conocimos del todo.

Pero ¿quién es Gastón Elgafe? De aspecto débil, anda encorvado y arrastrando los pies, vestido siempre con vaqueros, jersey verde y alpargatas azules —una estética que mantuvo desde sus primeros años—, es decir, no es ningún referente en cuanto a moda se refiere. Es soñador —y no solo cuando duerme—, imaginativo, simpático y bien intencionado, aunque nunca le salgan las cosas como desea. A pesar de ser responsable con el medio ambiente, siempre conduce una tartana con aspecto deportivo —gracias a unos crucigramas—, un viejo Fiat 509 con el que vive las mil y una aventuras, o desventuras, según se mire. Y no penséis que es un hombre solitario, está enamorado de mademoiselle Jeanne, su compañera de trabajo, y vive con un ejército de animales, un gato, una gaviota —que no para de reírse de todo—, un pececillo de colores y un ratoncito.

Aunque la serie de Gastón se articula alrededor del personaje que le da nombre, la realidad es que solo no podría funcionar, ya que una de sus bases es que las meteduras de pata de Gastón tienen que sacar de quicio a alguien. Al principio, el objetivo de sus errores no fue otro que Fantasio —que ya tenía un poco de mala fama de patoso en la serie de Spirou—, convirtiéndolos en un dúo cómico para el que no hacía falta nada más que alguna aparición esporádica de Spirou. Convertido en redactor jefe de esta versión de la redacción de la revista Spirou, Fantasio es el encargado de batallar con Gastón para que trabaje o haga algo, se comporte adecuadamente y no sea un vago, pero no lo consigue. Sus únicos resultados son sus ataques de furia descontrolada, cuando no consigue firmar los contratos con De Mesmaeker, o Gastón consigue destruir su trabajo o la oficina. Cuando Franquin dejó las aventuras de Spirou y Fantasio, este último fue sustituido por Prunelle, aunque después de ello hizo alguna que otra aparición más como amigo de Gastón —que ya conoce sus desastres y meteduras de pata—, que como antiguo jefe.

Primero como redactor de la revista Spirou, y después sustituyendo a Fantasio al frente de ella, Prunelle será el principal interlocutor de Gastón, y, por tanto, su principal víctima, ya que directa, o indirectamente, siempre acaba recibiendo por culpa de nuestro héroe. En un inicio se divertía con las meteduras de pata de Gastón, pero cuando ocupa el lugar de Fantasio, es más nervioso e irascible que este, llevándolo a sufrir permanentes crisis nerviosas, y maldecir con palabras mucho más serias —siendo uno de los primeros personajes del cómic en saltarse la censura en cuanto a palabras malsonantes, con su ya clásico: ¡Rogntudju!—. A pesar de ello, Prunelle, con el paso del tiempo, tomará cierto aire paternal respecto a Gastón, ya que, si por un lado le obliga a trabajar, muchas veces le molesta despertarlo de sus placenteros sueños. Al igual que Fantasio, es adicto a la pipa, y a las venganzas bien organizadas contra Gastón.

Entre los miembros habituales de la redacción, destaca Lebrac. Apareció por primera vez en las tiras de Gastón al lado de su compañero y amigo, Prunelle. Ya desde un principio se convirtió en un secundario importante, ya que no tan solo es víctima de las gamberradas de Gastón, sino que en numerosas ocasiones es su cómplice. Dibujante de profesión, y normalmente de los nervios debido a que llega tarde a entregar algún dibujo, es un hombre simpático y agradable. Como buena persona que es, sirve de apoyo a Prunelle, que normalmente tiene ataques de ansiedad y crisis nerviosas provocadas por lo que hace Gastón, o lo que no hace. Franquin afirmó que Lebrac era el personaje con el que se sentía más identificado, sobre todo, debido a su rango de dibujante en la revista Spirou.

Como ya hemos dicho, Gastón no es un hombre solitario, sino que su corazón pertenece a mademoiselle Jeanne. Su primera aparición fue completamente circunstancial para un gag, en el que Gastón busca una compañera con cola de caballo para formar parte de un disfraz de centauro. A pesar de este primer trato un poco desagradable, Jeanne enseguida se enamora de su compañero de trabajo y, además, es correspondida, pero la timidez de ambos los lleva a no dar nunca el salto. Para Gastón, Jeanne es la única mujer en su vida, ella lo adora, y es con la única con la que se va de excursión, de viaje, o comparte sus sentimientos más íntimos. A pesar de ello ambos personajes están claramente conectados, tanto que llegan a soñar lo mismo, como Prunelle y Lebrac podrán comprobar. En un principio es presentada como una muchacha no muy bien vestida y chapada a la antigua, pero a medida que fue apareciendo en las tiras fue embelleciendo y volviéndose mucho más sexy —teniendo en cuenta los estándares de la época para las publicaciones infantiles—, además de vestir a la última con un amplio vestuario, siendo una de las pocas que lo cambia de un gag a otro.

Podríamos seguir hablando de las decenas de personajes que llenan las viñetas de Gastón y conviven con él, como Boulier, el contable de la revista; los redactores Jef y Bertje; los amigos personales de Gastón: Jules del edificio de enfrente y Bertrand Labéuve; el policía Longtarin, otro de los objetivos de Gastón y un largo etcétera lleno de personajes costumbristas y cercanos, pero también de miembros reales de la redacción de Spirou que Franquin incluyó en sus aventuras. Pero, sin embargo, antes de cambiar de tema deberíamos hablar del señor Aimé De Mesmaeker, un importante hombre de negocios que habitualmente aparece en las oficinas de la revista para firmar, primero con Fantasio y más adelante con Prunelle, unos contratos. Dicho sea de paso, nada se conoce de los contenidos de estos contratos que nunca llegan a ser firmados, porque la aparición de Gastón, o de cualquiera de sus secuaces —como el gato o la gaviota—, impiden que se lleve a cabo. Jidéhem, dibujante que ayudó a Franquin en los primeros tiempos de Gastón, se apellidaba en realidad De Mesmaeker, y se ha afirmado en diversas ocasiones que una vez que Franquin dibujó al hombre de negocios, Jidéhem vio en él a su padre, y después de pedirle permiso a este, bautizaron a este importante hombre como De Mesmaeker. Apasionado de los coches, que habitualmente renueva —cosas de los ricos—, su seriedad y las ganas de trabajar hacen de este hombre de negocios un claro objetivo para las meteduras de pata de Gastón, ya que, a día de hoy, esos contratos se han quemado, destruido, comido, devorado, mojado… más veces que firmado.

Con todos ellos y muchos otros que no he mencionado, Franquin consiguió perfilar un elenco de personajes que podían llegar a cualquier lugar del mundo y conseguir el mismo resultado. Por ese motivo, no es ninguna sorpresa que Gastón —aunque no llegue al nivel de Tintín o Astérix— haya sido traducido a decenas de lenguas a lo largo de los años, algo que, en nuestro país siempre ha provocado cierta controversia. Existe una discusión con la traducción del nombre en español, algunos abogan por Gastón y otros por Tomás, lo cierto es que depende de quien haya sido el traductor se ha optado por una versión o por la otra. Y eso que no hablamos de la versión catalana, en la que se convirtió en Sergi Grapes. Por lo que importante es, y será siempre, que se llame como se llame, Gastón, quiero decir Tomás, quiero decir… Bueno, que seguirá siendo siempre el mismo.

Aunque en un principio Gastón fue concebido como algo exclusivo de las páginas de la revista Spirou, en más de una ocasión cruzó esas puertas y apareció en campañas publicitarias y en páginas especiales para publicaciones puntuales o solidarias. Además, mientras Franquin se hizo cargo de las aventuras de Spirou y Fantasio, también tuvo un pequeño espacio en ellas, como en Le Voyageur du mésozoïque, Vacances sans histoire, La foire aux gangsters, Panade à Champignac, y Bravo les Brothers, en la que jugaba un papel protagónico.

A pesar de que Franquin nunca quiso que las historias de Gastón fuesen adaptadas en otros medios, en 1981, Paul Boujenah adaptó las aventuras de Gastón en un película de ochenta minutos. El argumento gira entorno a G., un trabajador de unos grandes almacenes que tiene un accidente de coche con un editor, Dumoulin, y este último le permite incorporarse a su editorial para que pague su deuda, aunque no sabe que será peor el remedio que la enfermedad, ja que G. causa estragos ahí donde va. En ningún momento Franquin autorizó este film ni sus personajes, por ello estos tuvieron que adaptar sus nombres, Gastón pasó a ser G., Léon Prunelle fue llamado Prunus, Aimé de Mesmaeker fue Mercantilos, y Jeanne se convirtió en Pénélope. Se debe tener en cuenta que, a pesar de hacer un buen trabajo de adaptación, ya que el Gafófono es remarcablemente parecido, el film es un auténtico desastre, todos los actores están desubicados, sobreactuados en general, y además la falta de consentimiento por parte del autor, hicieron que este film fuera muy mal recibido, convirtiéndose en una auténtica aberración.

No sería hasta 2009, cuando France 3, Marsu Productions y los estudios Normaal, realizaron la que puede ser la mejor adaptación de las tiras cómicas de Franquin, ya que más del noventa por ciento de la animación proviene de la mano del traspasado dibujante. ¿Y cómo es posible que el dibujante, desaparecido desde 1997, haya regresado a nuestros días para crear tal obra? Pues bien, los estudios de animación Normaal realizaron una tarea titánica para adaptar las tiras cómicas, ya que los contratos de Marsu Productions y Isabelle Franquin, hija del dibujante, dejaron completamente prohibido volver a dibujar a Gastón. Mediante un trabajo de digitalización, tanto de las planchas originales, como de los dibujos en color, estos estudios pusieron en movimiento, dando vida a los personajes planos de las historietas de Gastón, consiguiendo que el dibujo que vemos en pantalla sea realmente realizado por su autor original. La serie consta de 78 episodios, emitidos en France 3 desde el 19 de diciembre de 2009, y cada uno de ellos gira en torno a un tema troncal, permitiendo reunir gags, por ejemplo, sobre bolos, animales, etcétera, y disfrutarlos todos juntos. Esta serie de animación ha cosechado excelentes críticas, tanto en público como entre crítica, y tanto en jóvenes como en adultos, ya que Gastón es un personaje con más de cincuenta años de vida, que aún hoy en día hace las delicias de todos aquellos que se atreven a entrar en sus viñetas.

Después de que Dupuis recuperará los derechos en 2014, no tardó en empezar un a nueva campaña para promocionar a uno de sus personajes más emblemáticos, con nuevas ediciones —de las que ya hablaremos—, y, sobre todo, una película oficial de Gastón. A pesar de que la adaptación es buena y se reproducen numerosos gags del cómic, la peli, como tal, es un fiasco, cojea al carecer de un argumento y asemejarse más a una serie de sketches. Evidentemente conseguirá arrancarnos más de una carcajada, pero se quedará allí, jugando más el efecto de la nostalgia que realmente consiguiendo una revisión de un clásico… pero es que Franquin dejó el listo muy alto.

Habitualmente, las series publicadas periódicamente en la revista Spirou se volvían a publicar poco después en formato álbum, sin embargo, en el caso de Gastón, esto no funcionó exactamente así. Casi como si el que lo organizara todo fuera el propio Gastón, después de un primer número que se perdió en el tiempo porque todo el mundo creyó que se trataba de un elemento promocional de la revista, primero se publicaron cinco álbumes apaisados —conocidos como a la italiana—, para continuar después con la publicación en formato habitual que llegó al número quince. A finales de los noventa, Marsu Productions decidió reeditarlo todo de forma ordenada y con sentido en dieciocho álbumes, más un decimonoveno en el que se añadieron páginas inéditas hasta entonces. Algo que se repetiría en 2018 para llegar a los veintidós álbumes que incluían más material inédito. Además, hasta que no llegó la primera reedición, los gags no necesariamente iban ordenados. En nuestro país, además de algunos ejemplares publicados por Grijalbo Mondadori, Planeta reprodujo los diecinueve tomos de la reedición de Marsu y, ahora, Norma Editorial se está haciendo cargo de un integral en cinco volúmenes, que al principio eran cuatro… Lo dicho, un caos.

No podríamos hablar de Gastón sin hacer una mención, aunque sea pequeña, del botones Sacarino. Este mítico personaje de Francisco Ibáñez creado a mediados de los sesenta, es un cruce entre Gastón —por el aspecto y su forma de ser— y Spirou —por la indumentaria—, pero que, aprovechando el hecho de que en aquella época Gastón no era conocido en España, se reutilizaron gags y, en muchas ocasiones, se plagió el personaje creado por André Franquin.

A pesar del éxito y de la buena acogida que tuvo el personaje desde un primer momento, cuando André Franquin se liberó del control de las editoriales y empezó a dejar correr su creatividad —algo que dicho así suena simple, pero para una mente como la de este dibujante significaba un millar de proyectos—, la elaboración de nuevas planchas para Gastón fue espaciándose en el tiempo llegando a años en los que solo se hacían una o dos. Además, cuando uno lee las páginas tiene la impresión de que el autor se fue cansando de tener la obligación de crear nuevos gags. Por ello, Gastón llegó a su fin de una manera muy extraña, fue apagándose y, lentamente, dejó de existir.

Sin embargo, lo que realmente importa es que la serie de Gastón fue un revulsivo cuando apareció a finales de los años 50 y, en muy poco tiempo, se convirtió en un referente de la historieta, tanto franco-belga como mundial. Sin darse cuenta, Franquin creó un personaje inmortal que puede ser releído una y otra vez por diferentes generaciones, pero sus gags —en los que se entrecruzan el humor más gráfico con un poco de mensaje social— siguen siendo actuales. No nos importa si Gastón se las tiene con su Gafófono, con un paquete de nueces o inicia una guerra por unas latas de conserva, siempre será es amigo entrañable un poco disperso al que podemos recurrir cuando el mundo se nos complique, porque, queriendo o no, logrará encontrar una solución. M’enfin?