A principios de los 70, un grupo de creativos de Marvel Comics decidieron empezar a introducir personajes menos maniqueos que pudieran entrar en contacto con las nuevas generaciones de lectores. Éstas demandaban historias algo más matizadas que complementaran a las grandes colecciones de la «casa de las ideas». Uno de los anti héroes surgidos de esta nueva etapa editorial fue Ghost Rider.

Roy Thomas, Gary Friedrich y el dibujante Mike Plogg concibieron una variante moderna de un personaje vengador que en los años sesenta había ubicado sus peripecias en el antiguo Oeste. El nuevo Ghost Rider sería ahora un motorista que combatiría al mal desde su pleno conocimiento del mismo.

Así pues, a partir de 1972, Johnny Blaze se convirtió en un Ghost Rider cuya historia partía de un espectáculo de circo, donde él se dedicaba a superar retos imposibles de salto motorizado. Un día, tras conocer la enfermedad terminal de su padre y mentor, Johnny aceptaba la propuesta del mismísimo Satanás para vender su alma a cambio del restablecimiento de su progenitor. Como era de esperar, el pacto no acabaría satisfaciendo al motorista que, además, veía truncada su vida al verse materialmente consumido de noche y en presencia del mal. Al darse estas dos circunstancias, su cuerpo empezaba a arder y la piel desaparecía para dar salida a un esqueleto llameante, dotado de múltiples poderes que Blaze conseguía canalizar finalmente para castigar a malhechores y villanos del inframundo. Pero el precio era costoso al convertirse en una criatura siniestra y bizarra que le impediría concretar sus sueños de juventud para siempre.

Este cómic desgarrador y descaradamente impenitente supuso un gran escalón en la diversificación de personajes de Marvel y siguió funcionando como alternativa editorial a lo largo de varias décadas, donde el fuego vengador del motorista pasó a otras encarnaciones que fueron actualizando y modernizando la propuesta.

La posibilidad de adaptar este material al cine se postergó en varias ocasiones debido al contenido excesivamente oscuro del relato y a la complejidad de representar en pantalla al motorista en acción. Sin embargo, a partir del año 2000, con el éxito de la saga mutante X-Men, Avi Arad, por entonces rector de la división cinematográfica previa a la creación de Marvel Studios, decidió que había llegado el momento de apostar por este relato demoníaco.

No obstante, las buenas intenciones que pudieran haber se licuaron muy rápidamente una vez constatado el trabajo que Mark Steven Johnson realizó como director y guionista de Ghost Rider (2007). Inicialmente, la adaptación intenta recoger al máximo la génesis del personaje pero muy pronto resulta evidente que donde debería haber horror, hay ligereza. Donde debería haber tensión, acaba habiendo parodia no buscada.

Contar con Nicolas Cage para interpretar a Johnny Blaze ya suponía inicialmente un factor regresivo. Habiéndose iniciado como un intérprete competente y valorado por la industria, el sobrino de Francis Ford Coppola ha conseguido que, película tras película, su credibilidad y verosimilitud hayan ido disminuyendo. Su afán personal por trabajar más allá de lo razonable le ha condenado a convertirse en una caricatura de sí mismo. Ha trasladado al público una imagen de mercenario fílmico, mientras la calidad de su trabajo ha descendido, en muchas ocasiones, a niveles absolutamente risibles.

Ghost Rider significó una pieza más de este puzzle caótico que caracteriza a la carrera de Cage desde hace más de una década. Desconocemos los motivos, pero es evidente que estamos ante uno de esos casos en los que un actor llega a autosabotearse conscientemente.

Como Johnny Blaze es excesivamente blando, taciturno, ridículo y poco creíble. Pero lo peor es que su trabajo está en perfecta sintonía con el tono que Mark Steven Johnson insufla a la película. Hay excesiva comicidad y una puesta en escena tan liviana que por momentos se asemeja a una convención de aficionados al cosplay. Situaciones de vergüenza ajena se van sucediendo a lo largo del metraje y ningún miembro del reparto hace absolutamente nada por elevar el nivel. Se observa un desaprovechamiento total de la figura amenazante que podía haber aportado Peter Fonda y ausencia de fondo para el personaje que asume un actor con carisma como Sam Elliott. No hay sustrato para trabajar y construir personajes y, por ello, nadie puede salvarse de un absoluto naufragio narrativo. No me referiré al resto del elenco porque su labor no pasa de la categoría de bustos parlantes.

Hablando de vergüenza ajena, quiero destacar uno de los ejemplos más rutilantes que nos ofrece este terrible film. Se trata de la catalogada como «last ride» en la que el personaje interpretado por Sam Elliott, revelado «sorpresivamente» como el primer Ghost Rider —lo habría adivinado— cabalga en forma ígnea junto a Johnny Blaze de cara a su encuentro con el villano Blackheart —Wes Bentley—. Pues bien, resulta que la secuencia acompaña a ambos personajes al ritmo de una rastrera versión del clásico country «(Ghost) Riders in the Sky» mientras cabalgan hasta el pueblo fantasma de San Venganza. Y llegados al lugar del evento, Carter Slade se marcha porque ya ha conseguido su objetivo, dejando a Blaze para que pueda disfrutar de la lucha en solitario. Hay que dejar paso a las nuevas generaciones, es lógico. Incluso cuando el protagonista se enfrenta en solitario a una horda de las tinieblas en un terreno desconocido. ¿No había dinero para mantener la caracterización de Slade unos minutos más?

Es cierto que técnicamente, la película consigue representar adecuadamente al motorista pero el contexto general diluye la recreación. Tal como estaba planteada la cinta, ningún elemento digital podía salvarla.

Hemos visto casos parecidos en el subgénero del cine de superhéroes y se puede llegar a una misma aseveración. Los desastres, como es el caso que nos ocupa, ocurren cuando quien está al frente no tiene una pizca de respeto ni cariño por el material que le han encomendado. Vimos lo que ocurrió con Mark Steven Johnson en Daredevil (2003) pero Avi Arad, obtuso donde los haya, decidió volver a darle las riendas de otro proyecto sin preguntarse qué otras personas, con más apego al material, podrían haber construido un film oscuro y agreste, que podría haberse incluido perfectamente dentro de la categoría PG-13.

La realización de una secuela, con cambio en las tareas de dirección y guión, no mejoró en nada los resultados puesto que el material de partida estaba seriamente corrompido. No se inyectó la acidez necesaria y las interpretaciones continuaron siendo terribles.

La historia de Johnny Blaze merecía más que una película cuyo destino consistió en ocupar un lugar destacado entre los grandes bodrios del cine superheroico. Una auténtica lástima.