Hace poco más de un par de años, la genial La La Land (Damien Chazelle, 2016) arrasó en las taquillas de todo el mundo para contarnos una bonita pero amarga historia que combinaba un amor «de película» y una gran pasión por la música. El pasado 2018, Bradley Cooper se puso por primera vez detrás (y delante) de las cámaras para narrarnos de nuevo una historia bastante similar, acompañado por la absurdamente carismática Lady Gaga, en Ha nacido una estrella. ¿El resultado? Una obra que no ha dejado indiferentes a miles de espectadores y que ha encandilado a cinéfilos de todo el mundo, ganándose para muchos la consideración de ser una de las mejores películas del año pasado y asegurando su nominación a «Mejor película» en la próxima gala de los Oscar. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y la primera película de Cooper como director tiene más defectos que méritos propios.

Ha nacido una estrella nos cuenta la historia de Jackson Maine (Bradley Cooper), un cantante de música country en horas bajas por su arrolladora vida de desenfreno. El artista conocerá una noche a Ally (Lady Gaga), una joven entusiasta y con buena voz cuya prominente nariz no le ha permitido dar su gran salto a los escenarios. El amor crecerá entre ambos a la vez que Jackson introduce a Ally en el mundo de la música, augurándole un gran futuro artístico. Poco a poco, el éxito de Ally empezará a eclipsar al cantante, cada vez más venido a menos.

La película está protagonizada por la pareja de músicos, que destaca por imponerse considerablemente sobre el resto de secundarios. Por un lado, Jackson Maine es un personaje que no llega a ganarse completamente nuestra simpatía. Es un pobre diablo marcado por las adversidades de su infancia por un padre alcohólico que, aunque llega a mostrar su amor por Ally en diferentes ocasiones, no duda en mostrar su envidia por el éxito de la joven. Su vida personal y artística tiene fecha de caducidad, y cuando decida poner fin a todo no nos encontraremos nada sorprendidos.

Por otro lado, el personaje de Ally supera con creces la afección que podamos desarrollar hacia Jackson. Lady Gaga realiza una interpretación amable que consigue comerse la pantalla cada vez que pisa un escenario y se pone a cantar. Tampoco se trata de un gran personaje, en mi caso lo llego a encontrar muy poco definido: una chica acomplejada y que inicialmente se desentiende de las necesidades del mundo del espectáculo —como en el caso de las bailarinas—, pero que luego abraza un estilo musical y estético muy comercial y nada personal —a diferencia de lo que podríamos esperar de las canciones que compone a inicio del filme—.

Aún tratándose de un carácter mediocre, la calidez y el carisma de Gaga lo convierten en lo más destacable de la cinta —con todo lo que ello implica—. El resto de personajes —el amigo de Ally, su padre y el hermano de Jackson— sufren una evolución mínima y no sirven para marcar el devenir de la pareja.

A priori podríamos considerar que, aunque no nos suene mucho a nuevo, la película nos puede plantear unas situaciones dramáticas que nos hagan enamorarnos de la cinta y que construyan una sólida historia cargada de romanticismo. Y aunque tenga todas las papeletas, el resultado deja mucho que desear. En la película da la impresión de que todo pasa demasiado rápido: los personajes se enamoran a primera vista, flirtean muy brevemente y pocos minutos después ya visualizamos las primeras escenas coitales. El éxito del personaje de Gaga es exageradamente raudo ya que veremos el inicio de su carrera en solitario y muy poco después su obtención de un premio Grammy. No hay tiempo para la reflexión o para la evolución de los personajes, y es curioso ya que, aunque todo pasa de una forma preocupadamente veloz para el espectador, da la sensación que a la película le sobran minutos de metraje.

Tampoco da la impresión de que se construya una historia amorosa convincente, coherente y contundente. Y no hago referencia a las constantes idas y venidas de los dos protagonistas que discutirán y se reconciliarán con sorprendente facilidad sino al paupérrimo tratamiento de su relación en el filme. La reciente Cold War (Pawel Pawlikowski, 2018) construye otro relato de una relación amorosa muy intensa y tóxica a partes iguales de forma sublime y con solo ochenta y ocho minutos de metraje. Ha nacido una estrella necesita más de dos horas de metraje para conseguir un resultado considerablemente más austero y mediocre. No me creo su historia de amor.

La guinda del pastel la encontraremos en la dirección y realización de Bradley Cooper, que como inexperto en este ámbito muestra unas fuertes carencias. En la película encontramos un montaje nada complejo y planos muy cortos mayoritariamente. Cooper decide solventar sus secuencias más relevantes para la construcción de la pareja de protagonistas —el primer contacto visual entre ambos o la entrega del anillo— con unos primerísimos planos y un slow motion forzado que destacan por desentonar con el resto de la secuencia. El nuevo director también optará por, en la última actuación de Gaga en memoria a su marido, introducir fragmentos de metraje previos para rememorar su bonita historia de amor. Recurso emotivo muy poco imaginativo, si me permiten opinar. También encontramos violentísimos saltos de eje e imágenes sobreexpuestas quemadas por la luz solar.

No dudaré en admitir que Ha nacido una estrella consiguió ponerme la piel de gallina en dos ocasiones, pero al final se convierte en producto que no capta mi atención y que, en mi caso, será totalmente olvidable. No pretendo juzgar aquellos que la han disfrutado y han llorado a mares con esta película, al contrario. Supongo que el problema es mío y, de forma similar al hombre de hojalata, deberé seguir el camino de baldosas amarillas para conseguir un corazón que me permita disfrutar de este tipo de cine.