hap-and-leonardNunca he estado tan contento de darle una segunda oportunidad a una serie. Cierto es que ha habido series a las que les he dado dos, tres e, incluso, cuatro oportunidades para que me engancharan, y ni con esas. Sin embargo, en el caso de Hap and Leonard, no solo estoy satisfecho con la segunda oportunidad, sino que además me he enamorado de la serie, tal como suena.

Para que entendáis la situación, hará un tiempo tuve la oportunidad de ver la primera temporada, me deje llamar por el trailer, por el reparto y por los personajes, así como el bagaje literario que hay detrás de la serie —Joe R. Lansdale lleva escribiendo aventuras de estos peculiares personajes desde 1990 sin apenas descanso… algo querrá decir, ¿no? Precisamente, la serie se basa en sus tres primeras historias: Savage Season, Mucho Mojo y The Two-Bear Mambo—, pero tras los seis capítulos de los que consta me lleve una decepción. El argumento era confuso, incluso en algunos tramos sin demasiado sentido. También había un exceso de violencia sin justificación alguna, solo por el puro espectáculo, y lo que al principio se planteaba como una comedia negra de aventuras, algo así como western moderno, se quedó en unas cuantas bromas bien escritas en medio de un amasijo de cosas que no tenían una unión muy clara. Hablando claramente, terminé con muy mal sabor de boca y la clara intención de no seguir la serie.

Pero el ser humano se equivoca —muchas más veces de las que realmente admitimos—, y, no sé exactamente porqué, me planteé ver la segunda temporada… y como me alegro de haberlo hecho. En la segunda temporada, el tono de humor no se pierde y se integra perfectamente en la historia, que deja de ser un sin sentido, para descubrirnos un argumento policíaco, aunque con ciertas peculiaridades de las que ya hablaremos. Algo parecido sucede con la tercera —y para mi decepción, última temporada—, que sigue la estela de la segunda temporada aunque con los giros necesarios para que no podamos decir que esté cortada por el mismo patrón, pero sí por uno muy similar.

Algo que me he encontrado con Hap and Leonard es una evolución en positivo. Muy a menudo las series o se estancan en lo que se sabe que funciona, o van a peor, pocas veces mejoran, a no ser que la mejora pase por las revelaciones argumentales que el espectador espera expectante. Todo lo malo de la primera, que en mi opinión era bastante, es corregido y mejorado para presentarnos una serie que no parece la misma.

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A parte de un argumento muy bien elaborado, una ambientación perfecta, y un entorno que casa a la perfección con el tono de la historia, lo que realmente atrapa son sus personajes, pero, sobre todo, sus dos protagonistas: Hap y Leonard. A grandes rasgos este par de personajes son los típicos pringados, o desgraciados, que si bien no han hecho nada para merecerse lo que les pasa, tampoco hacen nada para impedirlo, viéndose obligados a luchar contra la corriente de unos hechos que los quieren arrastrar. En el estado de Tejas de finales de los ochenta, Hap es un pluriempleado que hace cualquier cosa para sobrevivir, ya que siendo objetor de conciencia y habiendo pasado por la cárcel por ese motivo, se ha labrado la fama de problemático, sin serlo del todo. A su lado, está Leonard, un afroamericano que ha luchado en Vietnam, es gay y que, mirándolo con detenimiento, sí que es problemático. Esta peculiar pareja de hermanos —sí, hermanos, una desgracia cuando eran pequeños los unió bajo el mismo techo—, se meterán en todo tipo de líos cuando pretendan hacer el trabajo de otros… más concretamente, el trabajo de la policía.

A pesar de que se encuentran en un presente relativamente moderno, en los estados del sur, sigue habiendo una situación muy parecida a la que había cien años atrás. Los blancos lo dominan todo, los negros agachan la cabeza, y si algo sucede entre unos y otros, se soluciona sin levantar demasiado polvo. Pero Hap y Leonard no comparten esta visión de la justicia, así que no dudarán en hacer lo que puedan para esclarecer unos sucesos tan extraños que van desde la aparición del cadáver de un niño bajo la casa de Leonard, la búsqueda de un tesoro por encargo de la exmujer de Hap, o la desaparición de la nueva novia de este. En su camino se cruzará todo el abanico de personajes típicos del sur: pastores afroamericanos que hablan como si recitasen la Biblia, sheriffs anclados en el pasado —algunos con los huevos hinchados, literalmente—, jueces corruptos, hippies locos, miembros radicales del Ku Kux Klan, y un largo etcétera cuyo objetivo aparente es cerrar la boca a este par de «detectives» tan peculiares.

En este sentido, no solo los personajes tienen fuerza, sino que es gracias a la magnífica interpretación de los actores que les dan vida que consiguen mantenerte enganchado a la televisión. James Purefoy se mete en la piel de Hap Collins, mientras que Michael Kenneth Williams lo hace en la de Leonard Pine. Ambos actores se encargan de meter a sus personajes en un mundo que, en muchos sentidos, nos recuerda al de los westerns, en el que la ley no era tan firme como creemos la gente de ciudad, y la justicia se la podía tomar cada uno por su lado. Esto mezclado con todo el ambiente country y con toques de blues, con muchos sombreros de cowboy y vaqueros que cabalgan a lomos de coches en lugar de a caballo, nos meten de lleno en un mundo que nos atrapará, nos masticará y nos escupirá en nuestro sofá para que nos quedemos pegados hasta que nos veamos la serie de una sola tacada.

Tres temporadas de seis capítulos de apenas cuarenta minutos cada una, con una acción trepidante y unos cliff-hangers al final de cada uno que merecen ser vistas. Cuando termine el último episodio, nos vamos a quedar con ganas de más, sobre todo porque sabemos que ha sido cancelada, pero nos dejará un sabor de boca que está al alcance de muy pocas series.