Tengo que admitirlo, las películas protagonizadas por niños —o adolescentes, no importa— no me llaman la atención y me producen cierto rechazo, incluso cuando era pequeño no me gustaba verlas; sin embargo, en este caso, he quedado gratamente sorprendido al ver porque Julian Dennison consiguió el papel de niño gamberro en Deadpool 2, y es que la estela de sus perfiles malhablados y pasados de vueltas, empezó antes, como en esta pequeña película del siempre sorprendente Taika Waititi, en la que el director sigue explorando los sentimientos humanos a través de historias sencillas pero cuya carga emocional es muy alta, y aunque todo esté cubierto por un velo de humor socarrón, en realidad nos está haciendo reflexionar sobre algunas de las grandes verdades de la vida: el amor, la amistad, la familia…

Basada en la novela de Barry Crump, Wild Porks and Watercress, Hunt for the Wilderpeople nos cuenta la historia de Ricky Baker, un chaval de trece años que los servicios sociales no consiguen colocar en ninguna casa de acogida, ya que siempre se lo monta para salir de ellas por ser un chico problemático. Pero todo eso cambia cuando llega al hogar de Bella y Hec, una pareja de granjeros que vive en mitad del bosque, formada por una mujer agradable y deseosa de tener a un niño al que cuidar, y un hombre bastante huraño que se resiste a entablar una relación, del tipo que sea, con Ricky. Sin embargo, la vida del chico mejora sustancialmente ya que, por fin, tiene una familia… hasta que un día, Bella muere, dejando a Ricky solo con Hec. El pasado de vagabundo del hombre no deja de persiguerle, ya que no tiene ni autoridad en la casa que compartía con su esposa, por lo que Ricky tendrá que volver a los servicios sociales y, con toda probabilidad, a un reformatorio, algo a lo que Hec no se opondrá, porque sabe que no está preparado para hacerse cargo de él. Será por este motivo que Ricky huirá al bosque y el cascarrabias de Hec tendrá que seguirlo para que el chico no se pierda —o muera—, pero en su lugar, serán tomados por peligrosos fugitivos, obligándolos a serlo durante meses, valiéndose de los conocimientos de Hec para sobrevivir en un entorno hostil y repleto de cazarrecompensas rencorosos.

La base de la historia nos puede recordar a la de Up, con el viejo gruñón y el chico que vive en su mundo, pero también a Moonrise Kingdom de Wes Anderson, incluso podríamos decir que es su versión gamberra, aunque de esta se consigue sacar mucho jugo convirtiéndola en una versión familiar y neozelandesa de El fugitivo o, incluso, Acorralado… sí, sí, la primera de Rambo. Acepto que las referencias son un tanto extrañas, pero es que el cine de Waititi lo es, ya que, aunque hoy todo el mundo lo conozca por Thor: Ragnarok y los proyectos que tiene abiertos con las grandes productoras, en realidad sigue siendo un autor de cine independiente. Sin embargo, creo estar en lo cierto al decir que ninguna de estas comparaciones es equivocada, ya que los protagonistas emprenden una huida imposible e inútil, pero que sin embargo se ve justificada por sus sentimientos, por todo aquello que llevó a unirlos y que ahora los ha hecho compañeros a la fuerza.

Como es de suponer, debido a su argumento, todo el peso interpretativo recae en los actores responsables de dar vida a Ricky y Hec, que no son otros que el ya mencionado Julian Dennison, y el ya legendario Sam Neill. Mientras que le primero demuestra un talento interpretativo genial al ponerse en la piel de un personaje ingenuo y bonachón, aunque con unas ideas un tanto rebeldes de «gangsta», el segundo hace un trabajo sublime al ser el tosco y huraño Hec. Además, lo que realmente consigue que la película nos llegue y su historia nos toque la fibra —porque aunque las absurdidades que podemos ver, es una historia muy tierna—, es la química que ambos actores consiguen en pantalla, ya que en muy poco tiempo nos demuestran una relación casi de padre e hijo, de esas en que no se dejan de chinchar e insultar, pero que a la hora de la verdad harían cualquier cosa por el otro —muy en la línea del rol que jugaba John Goodman con sus hijos en la ficción de Roseanne—, convirtiéndolos en las auténticas piedras angulares de la historia tejida por Waititi.

En cuanto a un apartado más técnico, Taika Waititi saca provecho de un escenario natural y maravilloso que ya conocimos en la Tierra Media de Peter Jackson —a la que inevitablemente se hace referencia—, pero que en este caso tampoco se queda corto con grandes panorámicas o puestas de sol magníficas que, inevitablemente, nos provocarán envidia… de la buena, pero envidia, al fin y al cabo. Finalmente, está rematado con un montaje atrevido y sorprendente para una cinta tan intimista como esta, que agudiza el ritmo de la historia, haciendo que el resultado sean un par de horas trepidantes de acción, risas y emociones sinceras.

Si tengo que ser sincero, Hunt for the Wilderpeople es una de esas películas con las que uno se topa por simple casualidad —como ha sido mi caso—, pero que después de disfrutarla, no puede dejar de hablar de ella. Son muchos los elementos que podrían serme útiles para ensalzar su genialidad, pero que creo que la sencillez sería su mayor virtud, ya que a partir de unas piezas muy simples se nos narra una historia maravillosa, en la que una vez se le quita las capas de humor soez y gamberro y las de insensibilidad masculina, encontraremos un mensaje muy positivo sobre los cimientos de cualquier familia: amor, convivencia y sinceridad. Una pequeña obra de arte de esas que sirven para demostrar que el bueno cine no solo es apto para intelectuales esnobs.