A estas alturas de la historia —la del cine de ciencia ficción para ser más concretos—, tenemos que admitir que las distopías, a no ser que estén muy bien planteadas, empiezan a recaer siempre en los mismos tópicos. Siempre nos encontramos con una civilización dominada por algún tipo de dictador, con absurdos aires de grandeza, en la que los elementos entre lo antiguo y lo futuro se entremezclan para dar lugar a un presente extrañamente familiar y desconocido a la vez. En todas las historias —sean en los libros, en los cómics o en las películas—, siempre se busca crear algunos elementos de originalidad, pero siempre queda ese tufillo a manido que a los que hemos visto unas cuantas, siempre nos recuerda a tal o cual película. En esta ocasión, la idea es que en un mundo en el que el dinero no existe y no hay espacio ni recursos para todos, las personas tienen integrado en su cuerpo un reloj con una cuenta atrás que les dice el tiempo que les queda de vida, que crecerá o menguará según lo ganen o lo gasten, ya que el dinero no existe y la moneda de cambio no es otra que el propio tiempo. Los más ricos tienen miles de años que vivir —siempre con el aspecto de cuando tenían veinticinco años—, mientras que los más pobres tienen que sacrificar el poco tiempo que tienen para poder vivir un día más.

Es en este peculiar mundo futurista en el que vive Will Salas, un pobre desgraciado que ve como su madre muere en sus brazos por culpa de la subida del precio del transporte público. Será entonces cuando se decida en qué invertir el siglo que un extraño le ha dado sin pedir nada a cambio: arrebatarles todo lo que tienen a los más ricos. Para ello se valdrá de los talentos heredados de su padre en las mesas de juego, en las que conocerá a uno de los hombres más ricos, Philippe Weis —propietario de los bancos temporales— y a su hija, Sylvia, una encantadora joven aburrida de ser rica y con muchas ganas de vivir esos años que su posición le ha dado.

En un primer momento nos podríamos pensar que estamos frente a un melodrama distópico, en lo que realmente importante es la relación entre sus dos protagonistas, pero a medida que avanza la historia, descubrimos que hay un deseo por explorar la premisa alrededor de la que se articula toda la trama. Solo empezar descubrimos que se ha pensado bastante este universo y como sus condiciones afectan a sus habitantes, por el mero hecho de ver como los personajes actúan según el tiempo que les quede. Los pobres corren y no hacen más que mirar el reloj de su antebrazo, mientras que los ricos no prestan atención a ello. Después descubrimos que, según ese tiempo, las personas viven de una manera u otra, ya que los pobres tienen porqué vivir, tienen porqué aprovechar el tiempo, y los ricos les da igual, siempre lo podrán hacer mañana. Del mismo modo, vemos que, aunque parece que todo el mundo quiere vivir eternamente —algo que podría equivaler a que te toque la lotería en la actualidad—, descubrimos que hay personajes que ven que, llegado a cierto punto, vivir ya no tiene sentido, y prefieren quedarse sin tiempo.

Sin embargo, aunque todo esto podríamos hacernos pensar que estamos frente a una gran película de ciencia ficción, hay una serie de elementos que empiezan a golpear directamente en los cimientos de In Time. Dejando de lado una factura aceptable, una puesta en escena correcta pero no destacable y una interpretación correcta —al fin y al cabo, estamos hablando de Justin Timberlake, y por eso está bastante bien—, la peli peca de diversas cosas que en seguida se hacen notar. Dejando de lado los chascarrillos y los recursos de frases echas sobre el tiempo, se ha querido poner toda la carne en el asador, pero no se ha cocinado bien, me explico: se habla de las diferencias de clases, de este nuevo mundo controlado por el tiempo, de lo que significa vivir para siempre o tener siempre veinticinco años —haciendo que padres, abuelos e hijos tengan la misma apariencia—, pero todos estos elementos y otros más son tratados de forma anecdótica, no por mal desarrollados, sino por falta de tiempo para desarrollarlos del todo. Hay historias o subtramas que serían muy interesantes de ver, pero no hay tiempo para ello… Lo que me lleva a pensar, ¿está hecho adrede? ¿los creadores querían que tuviéramos la sensación de todo pasa muy rápido y no tenemos tiempo para nimiedades existenciales y filosóficas? Puede, pero sí es así, chapeau.

Como veis, no podéis esperar gran cosa de esta película, que se queda en una versión futurista de Bonnie y Clyde, pero no os equivoquéis al pensar que es mala, banal o superficial, al contrario, nos hará pensar mucho más de lo que aparenta.