Al final de Indiana Jones y la última cruzada vemos como el personaje de Indiana Jones galopa hacia la puesta de sol junto a su padre, Marcus Brody y Sallah. Inevitablemente, en 1989, tras tres películas y muchos éxitos, está escena daba a entender claramente que la cosa se acababa ahí, que aunque Indiana pudiera correr muchas aventuras más, era poco probable que Harrison Ford volviera a ponerse el sombrero y blandir su látigo. Al menos eso era lo que la mayoría de implicados pensaban, el propio Spielberg sabía que aquello era el final de una época que había marcado al equipo de producción. Sin embargo, el público no compartía esos mismos sentimientos.

Poco después del estreno de la tercera entrega de Indiana Jones, la prensa y el público no podía dejar de preguntarse: ¿Cuándo tendremos Indiana Jones 4? En este sentido Spielberg era tajante, no habría cuarta entrega, tanto él como sus compañeros habían cambiado de registro, sin ir más lejos el cineasta se había pasado al drama histórico y había apartado la ciencia ficción y las aventuras, pero es difícil resistirse a la tentación. A mediados de los noventa, cuando las películas de aventuras habían dado un paso atrás a favor de las de acción, Harrison Ford fue el que prendió la mecha. Primero habló con Spielberg, al que quería tras las cámaras, pero tras la negativa de este, fue a George Lucas que respondió simplemente con un «¿Por qué no?». Tras las palabras del visionario y con el actor principal entusiasmado por volver a interpretar al personaje —al que parecía querer mantener con vida, a diferencia de Han Solo, al que quería matar al final de cada película—, los responsables de la trilogía original y los nuevos colaboradores que habían realizado a lo largo de veinte años, fueron reuniéndose alrededor de Steven Spielberg, esperando que este lo dirigiera todo, cuando en realidad el realizador tenía en mente jugar un papel similar al de George Lucas, un mero productor ejecutivo y dejar que un rookie se hiciera cargo del trabajo duro de la producción. Pero, ¿quién puede substituir a Spielberg? Y más tratándose de una película de Indiana Jones. Absolutamente nadie. Por lo que solo puso una condición, la historia tenía que ser buena y tenía que tener el visto bueno de Ford, Lucas y el suyo, sino no se ponía tras las cámaras.

Como sucediera en las primeras entregas, que partían de la cultura popular de aventuras propia de los años treinta, en la que se ambientaban las películas, para la cuarta entrega se buscaron temas recurrentes de la literatura y del cine de los cincuenta. Y había un elemento que coincidía en todas ellas, los aliens y las conspiraciones paranoicas. Con un Georges Lucas entusiasmado por ello, presentó una propuesta para la historia, sin embargo, Spielberg no quería que no girara en torno a aliens, sobre todo cuando se había estrenado Independence Day de Roland Emerich. Pero Lucas es un hombre de recursos, por lo que revisó la idea con una relación entre el misterio del origen de las grandes civilizaciones y unos seres interdimensionales que, curiosamente, tenían el clásico aspecto atribuido a los aliens.

Con un argumento un poco alejado de la fantasía de la trilogía original y muy cercano a la ciencia ficción, el equipo empezó a trabajar para hacer de la cuarta entrega, una película tan digna como las anteriores, aunque con un objetivo claro: además de entretener —tanto al público como a ellos mismos—, tenía que ser un tributo a las películas anteriores sin ser un collage de ellas. En este sentido la película está repleta de secuencias que recuerdan las películas originales, o pequeños guiños hacia ellas, pero deformadas por el inevitable paso del tiempo. Así, por ejemplo, si bien Marcus Brody no aparece, el nuevo decano interpretado por Jim Broadbent, actúa como lo hacía su predecesor. Los malos, si bien es imposible que sean nazis, son comunistas y recuerdan a los villanos alemanes o vinculados al Tercer Reich de las primera y la tercera entrega. Reaparece Marion Ravenwood y aunque sigue siendo la misma mujer luchadora que conocimos En busca del arca perdida, se ha casado, ha tenido un hijo y se ha quedado viuda. Y podría seguir, pero la lista es tan larga que, cada vez que se ve la película, se descubre una referencia nueva.

Después de que un pequeño destacamento de soldados de la Unión Soviética, bajo las órdenes de la coronel Irina Spalko, se infiltre en el Área 51 con la ayuda forzada de Indiana Jones para buscar unos misteriosos restos momificados, la lealtad de Indy hacia su país es puesta en duda por el FBI que, de la noche a la mañana, consigue echar al veterano profesor de arqueología de su puesto académico por ser sospechoso de comunismo. Sin trabajo, el Dr. Jones emprende un viaje hacia Europa con la esperanza de rehacer su vida de profesor y aventurero, sin embargo, pocos minutos después de emprender su viaje se cruza en su camino el joven Mutt Williams, un motero con mucha chulería que le dice que su antiguo amigo, Harold Oxley, ha sido secuestrado y está a punto de ser asesinado. Al llegar al lugar dónde ha sido secuestrado, Perú, Indiana y Mutt empiezan a seguir las pistas que ha dejado Ox para encontrar la llave de una ciudad pérdida, una carabela de cristal. A pesar de que pensaba que nunca más volvería a encontrarse a Spalko tras lo sucedido en Nevada, cuando Indy consigue hacerse con la calavera, sus caminos vuelven a cruzarse cuando ambos están tras la pista de la ciudad perdida de Akator, un lugar mitológico y repleto de tesoros.

A diferencia de otras películas de Indiana Jones, en esta ocasión parte de la acción transcurre en Estados Unidos, dando la posibilidad de mostrar la época más allá del interior de una casa y cuatro pasillos de la universidad. Además del inicio en la Nevada de 1957, concretamente en el Área 51, enseguida nos trasladamos a la universidad en la que trabaja Indiana y a la ciudad que lo rodea. Esa ciudad ficticia, rodada en Yale, sufrió una completa transformación para que pareciera una típica ciudad americana de mediados de los cincuenta.

Pero es que la ambientación de los Estados Unidos de los cincuenta no termina aquí, ya que en todo momento hay ciertos elementos que caracterizan con facilidad esta época. En Indiana Jones y el reino de la calavera aparecen pruebas con bombas nucleares —de las que Indy escapa metido en una nevera—, el miedo al comunismo en todos los sectores de la sociedad, el Macarthismo —en el que vemos que Indy es perseguido por los agentes del FBI y expulsado de la universidad—; además, las referencias también giran en torno al cine que había o ha representado esa época, por ejemplo aparecen referencias directas a Salvaje o Rebelde sin causa, así como esa imagen de cafetería tan tópica que vimos en Regreso al futuro. Todo estos elementos, que podrían parecer lógicos, se incluyeron con la intención de que el espectador pudiera reconocer con rapidez y familiaridad esa época tan típica y tópica del cine y la historia norteamericana.

Es evidente que Indiana Jones sin Harrison Ford no hubiera sido lo mismo, pero, por suerte, el actor deseaba volver a ser Indiana Jones y puso todo su empeño en ello. Fue el detonante que inició la producción, y se dedicó en cuerpo y alma durante la pre-producción y el rodaje, haciéndose cargo de muchas escenas de riesgo a pesar de haber superado los sesenta, sin dejar de dar ese toque tan característico al personaje, sin el cual no sería el mismo.

A diferencia de la segunda y de la tercera entrega en la que la mayoría de personajes eran nuevos —a excepción de Marcus Bordy y Sallah—, en esta ocasión regresa uno de los personajes más carismáticos de la serie, Marion Ravenwood, tal vez la única «chica Jones» capaz de sacar de sus casillas a Indiana y demostrar que es algo más que una cara bonita. La recuperación de este personaje es esencial para comprender el salto temporal, ya que una fecha sobre impresa y unas cuantas arrugas en el rostro de Ford no es suficiente para hacernos ver que han pasado veinte años. El personaje de Marion logra hacer a ver que ha pasado el tiempo, sobre todo por la presentación de su hijo Mutt, aunque también por su actitud ante las situaciones, ya no es la joven cascarriabas que conocimos En busca del arca perdida, sino que, aún siendo la misma Marion, ahora se parece más a la madre protectora, sobre todo con su hijo y con Indy.

Otro de los elementos que nos enseña que el tiempo pasa, es la ausencia de dos grandes personajes, Marcus Brody y Henry Jones. El primero de ellos, desafortunadamente, solo puede aparecer como una estatua descabezada en el campus de la universidad, ya que Denholm Elliott, el actor que le daba vida murió en 1992; mientras que el segundo, si bien Sean Connery estuvo muy cerca de aparecer, el actor escocés vio que no era lógico que su personaje apareciera, ya que hubiera tenido una edad demasiado avanzada para resultar creíble.

Para llenar los huecos y crear una nueva historia que pudiera encajar en la década de los cincuenta del universo de Indiana Jones, se recurrió a caras conocidas del cine, casi como invitados especiales para la cuarta entrega de la saga. Así, por ejemplo, actores de la talla como John Hurt y Jim Broadbent se unieron al reparto para interpretar papeles clave de la trama, por un lado Hurt dio vida a Ox, un profesor de arqueología que ha desaparecido tras la pista de la calavera cristal, mientras que Broadbent, aunque un papel más bien breve, tuvo en sus espaldas la responsabilidad de sustituir al gran Marcus Brody como decano de la universidad.

Como toda película, esta cuarta entrega tenía que tener un villano a la altura de Indy, y la escogida fue una mujer, Cate Blanchett. En La última cruzada ya vimos a una mujer malvada interpretada por Alison Doody, pero el peso del villano principal caía en los hombros de Julian Glover. Sin embargo, en El reino de la calavera de cristal la «mala malísima» era la coronel rusa Irina Spalko, una parapsicóloga fiel serviente de Stalin, dispuesta a todo para llevar la Guerra Fría a otro nivel. Y la verdad, aunque a veces el personaje parece más de una novelilla pulp que de una gran producción, se tiene que decir que aguanta el tipo bastante bien.

Al haber pasado los años, si bien Harrison Ford todavía estaba para hacer escenas de acción, había ciertos momentos que resultaba poco creíble que acaparara toda la acción, así que se optó por introducir al personaje de Mutt Williams, un motero al estilo de Marlon Brando en Salvaje (Laslo Benedek, 1953). Para interpretar a este personaje, cuyo gran secreto se revela durante la película —es el hijo de Marion y Indy—, se escogió a un actor que por aquel entonces estaba en plena alza —antes de perder un poco el norte, seamos sinceros— Shia LaBeouf. Durante la producción corrió un rumor a voces, en el que se decía que, después de esta entrega, LaBeouf tomaría el relevo de Harrison Ford como Indiana Jones, sin embargo todo quedó en nada tras las duras críticas recibidas hacia su personaje que, si uno es sincero, si bien tiene un buen resultado como secundario, queda en nada al lado de los personajes de Indy y Marion. Por suerte, Spielberg y su equipo se guardaron las espaldas de ese rumor, cuando, al final de la película, Mutt hace la intentona de ponerse el sombrero de Indy, pero este se lo arrebata como se le dijera: «Todavía no».

Aunque en su mayoría las opiniones han dirigidas hacia la crítica negativa, siendo considerada por muchos como la peor película de Indiana Jones, se debe tener en cuenta que las tres anteriores fueron y son muy buenas. Cierto es que las críticas han ido dirigidas hacia el trasfondo histórico de la película, no de los años cincuenta como hemos visto antes, sino en la parte vinculada a las diversas culturas precolombinas que se tratan en el film. Parece que no había un trabajo muy profundo de documentación y se han mezclado elementos que son de culturas lejanas tanto en el espacio como en el tiempo, elementos aztecas en templos mayas situados en mitad del amazonas, dando lugar a que los más puristas en este terreno tengan carnaza para rato. Sin embargo, debemos tener en cuenta que las películas de Indiana Jones nunca han querido dar clases de historia, sino entretener, aunque con ello se pase por alto elementos que cualquiera con ganas de criticar puede aprovechar.

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal juega con la nostalgia del público y de sus responsables —Spielberg, Ford, Lucas y compañía en todo momento afirmaron que esta película era una reunión familiar, a la vez salía película que el público querría ver tantas veces como las primeras, pero que el motivo que había tras ella era, sobre todo, volver a reunir aquellos con los que vivieron sus primeras aventuras en el cine—; en ningún momento pretende ser la película del año o de la década, sino recordar las que realmente lo fueron.