A estas alturas la historia del Vengador Dorado en el cine es más que conocida, todo el mundo sabe su principio… y su final, por lo que resultaría un poco tedioso ahondar en la historia de la primera entrega de Iron Man que, a la vez, fue la primera de este descomunal proyecto que es el Universo Cinemático de Marvel. Por ese motivo, puede que lo mejor sea ver las cosas desde otra óptica y no hacer una reseña como si estuviéramos en 2008, sino hoy en día, más de diez años después de su estreno. Como es bien sabido, cuando se estreno esta peli el cine de superhéroes ya estaba bien establecido con Spider-Man y X-Men demostrando de lo que eran capaces de hacer los personajes de los cómics, por lo que no fue de extrañar que el origen de todas ellas, es decir, Marvel, quisiera empezar a producir sus propias películas para sacar algo más de beneficio que simple royalties de haber cedido los derechos a otros estudios. Por lo que, con Paramount como distribuidora, se metió de lleno en adaptar la historia de uno de los pocos personajes que no se habían visto en la gran pantalla y que, en realidad, no tenía superpoderes, sino que era un hombre normal… Aunque, como hemos visto con el tiempo, Tony Stark no es que sea muy normal que digamos.

Para llevar a cabo el proyecto dieron todo su apoyo a Jon Favreau, que por aquel entonces no era el que es ahora y solo había dirigido tres cintas que tampoco es que vayan a pasar a la historia —y que ahora es el responsable de un sinfín de producciones que van de Disney a Star Wars, pasando por series más discretas como The Orville—; sin embargo, con Iron Man dio en el clavo con todo siempre que cogió un martillo. Desde ubicar la historia en Los Ángeles, lejos de la manida Nueva York, se olvidó de los grandes poderes y se centró en explicarnos una historia de un tipo con mucha pasta que pretende limpiar su nombre, después de descubrir que hacer armas no es tan bueno como pregonaba su padre. Seguramente, el mayor acierto de toda la cinta fue fichar a Robert Downey Jr., un actor que, salvo por su brillante papel como Charles Chaplin que le valió una nominación a los Oscars, era conocido por su vida un tanto… disoluta, podemos decir. Pero, por ese mismo motivo, además de por esa extraña vis cómica y complicidad con la cámara, logró mostrar el auténtico rostro de alguien que pretende corregir sus errores y ser mejor, y es que pudo dotarlo con un trasfondo que va más allá de las típicas historias de superhéroes con sus problemas con sus familiares o el control de su identidad secreta. Precisamente es por eso último que la película resultó ser una de las presentaciones más originales para un héroe de los cómics. Lejos de los habituales conflictos que tenía Peter Parker para no revelar que era Spider-Man, Tony Stark lo dice abiertamente, siendo uno de los primeros —por no decir el primero— en revelar su identidad sin obstáculos y disfrutando de ello… Porque nos vamos a engañar, el final de Iron Man fue tan antológico como el de Endgame, porque nos dejó a todos con la boca abierta y las orejas dando palmas emocionadas.

Pero ¿qué significó realmente Iron Man? A parte del obvio negocio que fue para Marvel —y Disney después—, esta película fue un punto de inflexión en la manera que teníamos de comprender a los superhéroes. Si bien Spider-Man y X-Men ya habían plantado la semilla de hacer películas «serias» y para todos los públicos —y no me refiero a la edad, sino a cualquier persona que no sea aficionada a los cómics—, fue Iron Man la que logró que nos miráramos este género de otro modo… dejaron de ser películas para niños y frikis, para ser auténticas cintas de acción. Salvando todas las distancias, supuso lo mismo que Batman Begins para DC… aunque estos últimos y Warner todavía no hayan comprendido que deben recuperar al señor Nolan para que se encargue, no necesariamente de dirigir películas, sino de decirles hacia dónde tienen que ir

Si nos fijamos bien, la genialidad de Iron Man es que un grupo de relativamente inexpertos que se habían dedicado a ceder los derechos de sus personajes al primero que pasara por ahí, escogieron de rebote a uno de ellos —que por cierto, iba dando tumbos desde principios de los noventa de un estudio a otro en busca de una adaptación—, le dieron la batuta a un director relativamente novato y consiguieron, no solo dar vida a una de las mejores películas de superhéroes de la historia —sino la mejor—, también plantar la semilla para trasladar la filosofía de los cómics con sus universos compartidos —además de ser los únicos que han logrado sostenerla— al cine, haciendo que millones y millones de personas estuvieran locas por ver la siguiente entrega. El UCM es la historia de cómo la gente que realmente conocía a los personajes logró hacerles justicia fuera de su medio.

Si no hubiera sido por Jon Favreau, Avi Arad, Kevin Feige y Robert Downey Jr. —no, Terrence Howard, no eras tan imprescindible como creías, además Don Cheadle nos caía bien de antes—, hoy no estaríamos hablando de Infinity War, Endgame y los Vengadores de la manera que lo estamos haciendo…

Y ahora, como escena poscréditos de esta reseña —siendo sobre Marvel no podíamos ser menos—, debemos hacer una mención especial al gran Samuel L. Jackson, ya que es el único actor de su talla que podía estar dispuesto a hacer un cameo de apenas unos minutos en una película que, necesariamente, no tenía porque desembocar en lo que ha desembocado… Increíble y perfecta en todos sus sentidos.