Jojo es un niño de diez que, como muchos otros, vive en un mar de inseguridades que intenta resolver resguardándose en su imaginación y en sus juegos, en los que siempre puede confiar en un amigo imaginario. Sin embargo, todo es diferente cuando Jojo vive en Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial, sueña con pertenecer a las Juventudes Hitlerianas y su amigo imaginario no es otro que el propio Adolf Hitler. Desde su punto de vista, desde el que no es capaz de comprender que es lo que está sucediendo ni lo que lo rodea, mientras él trata por todas las vías convertirse en el futuro del Reich, su madre ha escondido en casa a una judía, que Jojo descubrirá y con la que entablará una extraña relación de amor y odio —lo primero porque la chica le atrae, y lo segundo porque, como «buen» alemán ario, debe odiar a los judíos—, mientras los acontecimientos históricos se desatan a su alrededor.

A parte de sus grandes blockbusters, Taika Waititi sigue produciendo y dirigiendo sus proyectos más personales en los que su impronta es más patente que, por ejemplo, en Thor: Ragnarok; y, salvando todas las distancias, cada vez más vemos en su obra un estilo que se asemeja al de Wes Anderson, pero con un punto más socarrón y pícaro que el autor de Isla de perros. En este sentido, la historia es, como poco, llamativa, ya que estamos hablando de un niño cuyo mejor amigo es un imaginario Adolf Hitler; sin embargo, cuando uno se va adentrando en ella descubre que se pueden ver dos vertientes, una que es totalmente acertada y otra que cojea al perder intencionalidad.

Por un lado, tenemos una crítica satírica y cargada de humor ácido contra el nazismo, como ya lo hicieran Mel Brooks en Los productores, Jerry Lewis en ¿Dónde está el frente? o Charles Chaplin en El gran dictador, en la que Waititi no se encoge al ridiculizar todos sus elementos, desde los campamentos de las juventudes, la Gestapo, a las «verdades» de los judíos y, sobre todo, a Hitler, que él mismo se encarga de interpretar en su versión más histriónica.

Sin embargo, mientras que se juega con todo esto y se insinúan elementos subyacentes, como relaciones homosexuales entre oficiales del ejército —algo que al principio es sutil pero que a medida que avanza supera lo evidente—, por otro lado, la historia tropieza al centrar su atención en la relación entre Jojo y Elsa, la niña judía, ya que una vez superada las tiranteces iniciales y de ver cómo ella le toma al pelo burlándose de los ideales nazis, se convierte en una trama demasiado edulcorada, demasiado ñoña, que hará perder el ritmo al resto de la peli. Si bien el argumento está muy bien tramado para que todo se convierta en un torbellino de situaciones que lleven al final, el hecho de que nos perdamos en un amor preadolescente, demasiado inocente, que casi es un juego, le resta valor a la crítica y, sobre todo, al retrato histórico de la resistencia alemana, cuyo centro es el personaje de la madre de Jojo, y cuya presencia consigue que no perdamos de vista la realidad que tuvo lugar, y que Scarlett Johansson consigue convertir en un personaje a la altura de lo que se quiere contar.

Para llevar a cabo esta «pequeña» película —mucho más grande que las pequeñas primeras cintas del director—, Taika Waititi se rodea de todo un elenco para dar vida a los personajes imaginados por Christine Leunens en su novela El cielo enjaulado, que el neozelandés adaptó y le valió un Oscar por ello. La lista de nombres es muy larga, a parte de Roman Griffin Davis y Thomasin McKenzie —Jojo y Elsa respectivamente—, y del propio Waititi y de la ya mencionada Scarlett Johansson, aparecen nombres propios como Rebel Wilson —como la más ferviente creyente de las palabras del régimen—, Sam Rockwell —brillante y divertidísimo en su papel de Capitán Klenzendorf—, Alfie Allen —Finkel en la película, cuya relación con el capitán hubiese hecho sospechar mucho en el III Reich— o Stephen Merchant, sin duda uno de mis favoritos como el jefe de la Gestapo del pueblo, cuya aparición es hilarante y da vida a uno de los momentos más absurdos de la película, en la que un registro de la casa de Jojo se convierte en un record Guinness sobre cuantas veces se puede decir «Heil Hitler» en pantalla, llegando a rozar el estilo disparatado de Monty Python.

Aunque la peli está bien y es bastante entretenida, el hecho de poseer esta doble vertiente en cuanto a dónde se centra la historia, hará que a una parte de los espectadores se vean aplastados por la «ternura» excesiva de una historia de amor demasiado infantil que estropea la que parecía la intención primaria de esta cinta, ser una sátira. Sin embargo, Taika Waititi sigue en su línea de crear un cine divertido, pero con una carga de significado detrás muy alta, haciendo que, además de reír, pensemos un poco y reflexionemos, como en este caso, de lo que realmente fue y supuso el nazismo.