La relación de Spielberg con el joven reportero belga, empezó en 1981, cuando el director leyó una crítica de En busca del arca perdida en una revista francesa. Con el pobre francés que Spielberg había aprendido en el instituto la leyó y hubo algo que lo sorprendió, no dejaba de ver una y otra vez la misma palabra: «T-I-N-T-Í-N». Al principio creyó que era algo bueno sobre su película, sin embargo el artículo comparaba En busca del arca perdida con Las aventuras de Tintín, algo que resulta evidente una vez se piensa en ello. Fue entonces, cuando aquel director treintañero descubrió uno de los íconos del cómics franco-belga.

El primer cómics que cayó en las manos de Spielberg fue una edición en francés —ya que muchos todavía no habían sido traducidos— de El Templo del Sol —en este punto debo detenerme y decir que, en mis estanterías hay un tomo que siempre ha estado ahí y siempre estará, y no es otro que este (aunque si soy sincero dudo entre este y El tesoro de Rackham el Rojo)—, y quedó prendado de la narrativa que Hergé conseguía en cada viñeta, y, sobre todo, por su estética cinematográfico —tanto en los colores, la composición, las figuras en acción, sus expresiones, etcétera, etcétera—; y tras El Templo del Sol lo siguieron todos los demás, hasta que se convirtió en un fan de Tintín.

El siguiente paso fue natural para un cineasta, querer conocer a Hergé para hablar de él de una posible adaptación cinematográfica de sus aventuras, y lo hizo, pudiendo hablar con el maestro dibujante por teléfono, que estuvo encantado con la idea. Por desgracia, en aquellas mismas semanas de 1983, Hergé falleció. Pero no la relación no terminó, un mes después de la muerte del creador de Tintín, Spielberg y Kathy Kennedy fueron invitados por Fanny, la viuda de Hergé, para que visitaran el estudio del dibujante y conocieran su obra.

En ese momento, a pesar de conseguir los derechos y de desarrollar guiones para la película, siempre había en el aire una pregunta «¿Cómo llevar a cabo una película de Tintín?». Spielberg no quería cubrir los rostros de los actores con extensas prótesis para simular las tan conocidas facciones de los personajes de Hergé, a la vez que sabía que Milú no podía ser un perro real. Tendrían que pasar más de veinte años para que Spielberg encontrara la solución, la animación digital y la captura de movimiento, y por ello recurrió a uno de los pioneros en este sector, Peter Jackson.

Por su parte, Jackson se confiesa fan acérrimo de la serie desde pequeño, llegando afirmar que los cómics de Tintín fueron los primeros libros que leyó —algo, que debo admitir, comparto con el director neozelandés—, por lo que cuando Steven Spielberg llamó a la puerta de Weta Digital para crear a Milú, no fue extraño que Jackson hiciera todo lo posible para involucrarse en el proyecto.

Ante la propuesta de crear un Milú digital para una película de Tintín, la respuesta que Spielberg recibió de Jackson y el equipo de Weta fue una película de 35mm, y al ponerla la gente de Amblin quedó impresionada al ver un Milú tremendamente realista correteando entre actores reales. Y lo sorprendió aún más al equipo de Spielberg fue que uno de los actores era el propio Peter Jackson interpretando al Capitán Haddock, proponiendo que la relación para aquella película fuera mucho más allá de un pequeño fox terrier generado por ordenador.

Así que, poco después de recibir la prueba de Weta y al ver el entusiasmo de Jackson por el proyecto, Spielberg se decantó por hacer la película completamente por captura de movimiento, permitiendo a la producción acercarse al máximo a la estética de los cómics de Hergé.

De este modo los destinos de Spielberg, Jackson y Tintín quedaron unidos. Ambos directores son representativos del público al que podía ir dirigida la película. Por un lado estaba Spielberg, que había descubierto Tintín de mayor, como muchos norteamericanos, y por el otro estaba Jackson, que había sido lector y fan desde pequeño, como la mayoría de europeos, aún siendo neozelandés. Ahora que el «Cómo» ya estaba resuelto, faltaba por definir el «Qué» y el «Quién».

Al arrancar la producción, Spielberg y Jackson empezaron a trabajar con los guiones que el primero había preparado años atrás. En concreto eran dos, uno sobre El cangrejo de las pinzar de oro y otro sobre El secreto del Unicornio. Barajando y desechando ideas, pudieron ver que la historia de El cangrejo de las pinzas de oro no era lo bastante sólida como para sustentar un largometraje, sin embargo era un cómics esencial en la colección, ya que es en el que se conocen Tintín y Haddock. La conclusión fue clara y evidente, se tenía que unir la trama de la doble aventura de El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo con los elementos más importantes de El cangrejo de las pinzas de oro.

Así que, con el consentimiento de la viuda de Hergé y sus herederos, Spielberg y Jackson buscaron guionistas, y se pusieron en contacto con Edgar Wright (responsable de películas como Zombies Party o Arma Fatal), y este, a la vez, recomendó a Steven Moffat (responsable de Doctor Who y Sherlock) que, a pesar de que habitualmente rechaza películas, no pudo negarse a la oferta del dúo formado por Spielberg y Jackson. Moffat se puso manos a la obra y consiguió lo imposible, unir dos historias tan dispares como El cangrejo de las pinzas de oro y El secreto del Unicornio, y a pesar de dejar el proyecto para producir Doctor Who, allanó muchísimo el camino para que Wright y Joe Cornish (Attack the Block) remataran el guión de forma brillante.

El siguiente paso fue realizar un casting que fuera a la vez creíble, dinámico y entregado al proyecto, por este motivo Spielberg y Jackson recurrieron a actores con los que habían trabajado. Jamie Bell fue escogido para ponerse en la piel del reportero belga, Jackson sabía de lo que era capaz por King Kong y Spielberg respetaba su trabajo, tanto interpretativo como físico, en Billy Elliot. Como ya hemos dicho, el inseparable compañero de Tintín, Milú, se creó digitalmente, pero se trabajó con diversos perros, tanto para los movimientos clave como para las expresiones sonoras, tan importantes para un perro.

La elección del Capitán Haddock fue lógico, ¿quién debía involucrarse en un proyecto de captura de movimiento? El maestro del sector, responsable de las actuaciones de Gollum, King Kong o Caesar, Andy Serkis, quién aportó profesionalidad al proyecto y introdujo a los demás actores en este estilo interpretativo.

Existen dos personajes en el universo Tintín que, sin duda, suponen una dificultad al momento de llevarlo a la gran pantalla, y estos son Dupont y Dupond. Estos dos policías que son iguales pero no son gemelos, tenían que ser interpretados por dos actores que, si bien no hacía falta que estuvieran interpretados por actores iguales, sí que debían tener una relación que les permitiera actuar a la par sin necesidad de pensar en ello. Así que se buscó una pareja cómica, y aunque ni Jackson ni Spielberg se ponen de acuerdo de quien fue la idea —que seguramente fue de Edgar Wright— al final contrataron a Nick Frost y Simon Pegg, amigos de toda la vida y que han trabajado juntos en numerosas ocasiones.

Para el villano, Sakharine —un personaje secundario en el cómic pero que aquí se convierte en un malvado personaje—, se recurrió a un actor de aquellos que aportan fuerza y presencia, Daniel Craig, que por unos días dejó de ser James Bond y se enfundó en un traje de neopreno lleno de puntitos, convirtiéndose en un villano de corte británico clásico.

El reparto lo completan una amalgama de actores internacionales de la talla de Toby Jones, Gad Elmaleh, Mackenzie Crook, Tony Curran, Daniel Mays, Enn Reitel y Cary Elwes.

Como no podía ser de otra forma, el responsable de la banda sonora y la orquestación de un proyecto cinematográfico de Steven Spielberg, no podía ser otro que el extensamente reconocido John Williams. El compositor mezcló su habitual orquesta completa con pequeñas musicalidades más propias de bandas de jazz francés, para obtener unas canciones que impregnan de ritmo la película, a la vez que ilustran los diferentes caracteres de los personajes, así como los situaciones. Para componer la banda sonora, se trabajo siguiendo dos métodos; el primero, muy utilizado por Disney, en el que los animadores deben adaptar la acción a la música compuesta con anterioridad, y, el segundo, más habitual en las películas con actores reales, en el que se compone la música a posteriori.

Con todas las piezas sobre el tablero, Spielberg pudo empezar a rodar en los Giant Studios de Los Ángeles, en el que se instalo el «Volumen», un espacio del tamaño de una pista de baloncesto controlado por más de un centenar de cámaras en el que se trabaja la captura del movimiento. En este espacio, Spielberg dirigió a un equipo de actores que interpretó todas las escenas en un reducido espacio enfundados en monos negros y las caras pintadas con puntitos para el reconocimiento facial. Al grabar en este entorno, Spielberg consiguió realizar planos imposibles —o casi— en un rodaje convencional. Terminando el rodaje en tan solo treinta un días y otros tantos días de montaje, el peso de la producción cayó sobre las espaldas de los animadores, responsables de cada uno de los detalles de cada fotograma, fuera el pestañeo de Haddock o una pequeña botella en un estante.

Tras el largo proceso de rodaje y montaje de la película, muy superior a cualquier película tradicional, el resultado que llegó a las grandes pantallas era digno del mejor Hergé. En una combinación perfecta de las tramas de El cangrejo de las pinzas de oro y de El tesoro de Rackham el Rojo, Tintín regresó al cine por la puerta grande.

Mientras pasea por el mercado, el periodista Tintín encuentra la maqueta de un antiguo navío del siglo XVI, el Unicornio, y no puede resistirse a comprarlo al precio de una baratija. Justo después de pagar por él, dos misteriosos hombres insisten en comprárselo de nuevo por una elevada suma de dinero. Tras tanto interés por una insignificante pieza de marquetería, Tintín decide investigar que historia se esconde tras ella, descubriendo que el barco original, capitaneado por Francisco de Haddock, fue apresado por piratas y hundido en el mar, con un único superviviente, el propio capitán, cuya mansión está muy cerca de Bruselas. Al regresar a su casa, se encuentra con que su maqueta ha sido robada. Ante esta situación, decide proseguir con su reportaje, colándose en el Castillo de Moulinsart, dónde descubre que su maqueta tiene una copia idéntica, que está en posesión, al igual que el castillo, de uno de los hombres que quisieron comprarle la suya, el señor Sakharine.

Sin saber dónde puede estar su maqueta, y intrigado por el secreto que se esconde tras ella, Tintín regresa a su apartamento, que está completamente patas arriba, pero no falta nada. Es en ese instante que Milú encuentra un misterioso pergamino con un poema y una pista para comenzar la busca de un tesoro, el de los Haddock. Este viejo linaje noble, caído hace años en desgracia, era el que habitaba en el castillo de Moulinsart. Sin embargo, la investigación no se alarga mucho, ya que es secuestrado frente a su casa y llevado a un misterioso carguero de desconocido destino y patronaje, donde conoce al último de los Haddock, un borracho que piensa más con el poco hígado que le queda, que con la cabeza. Unidos por la sed de aventura, Tintín y Haddock se unirán para descubrir el secreto que se esconde tras el Unicornio.

La respuesta del público a este colosal trabajo de más de cinco años fue excelente, niños de todas las edades —incluidos los mayores de quince, veinte o treinta— salían de las salas encantados y con ganas de seguir las aventuras de Tintín en el papel. A pesar de esto, de las buenas críticas y de recoger unos amplios beneficios, las academias de cine parecieron pasar por alto la película de Spielberg, que tan solo ganó premios relacionados con la banda sonora y la animación, el Globo de Oro a la mejor película de animación, y se quedó fuera de los nominados para los Oscars, una auténtica injusticia.

Sin embargo, en este caso, los premios fueron lo de menos, ya que sesenta años después de la primera película realizada en stop-motion de Tintín, todos estuvieron de acuerdo en que esta película era una más que digna adaptación de la obra de Hergé.

En muchas ocasiones, las adaptaciones de novelas, cómics o videojuegos resultan ser fracasos o no estar a la altura de los fans, sin embargo en Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio se nota, en cada fotograma y palabra, que ha sido creada desde el respeto y el aprecio por la historia original, algo que, sin duda, el público agradece.