Después de la muerte del amor de su vida, John Dolittle, un médico de animales con la capacidad de entenderlos, cerrará las puertas de su clínica y se enclaustrará con los únicos seres que comprende, los animales que forman su familia. Sin embargo, todo cambia cuando llega una petición especial de Londres para que salve de la muerte a la Reina Victoria y, a pesar de las reticencias iniciales, Dolittle zarpará hacia la aventura para lograrlo.

Traducida en nuestro país como Las aventuras del doctor Dolittle, llamada en su versión original solamente como Dolittle, a mi parecer yo la titularía de otro modo: La última locura de Robert Downey Jr. Porqué, os preguntaréis, pues porque está claro que ha sido el propio actor —que también es productor— el que se ha sumergido en el proyecto, haciendo que en él se embarquen caras —o voces— tan conocidas como Antonio Banderas, Michael Sheen, Jim Broadbent, Emma Thompson, Rami Malek, John Cena, Kumail Nanjiani, Octavia Spencer, Tom Holland, Craig Robinson, Ralph Fiennes, Selena Gomez, Marion Cotillard o Frances de la Tour; eso por no hablar de Stephen Gaghan, responsable de thrillers como Syriana o Gold, que ahora se responsabiliza de una peli completamente diferente.

Con una muy mala acogida tanto por público y crítica, la presente película ha sufrido del mal que parece haberse apoderado de la industria cinematográfica de hoy en día: no saber vender sus productos. Está claro que después de años dando vida a Iron Man, Robert Downey Jr. necesitaba hacer un borrón y cuenta nueva en su carrera y para ello ha escogido un proyecto que, para el público en general, es incomprensible. Por algún motivo se esperaba de este actor que hiciera algo que le mereciera el respeto del gremio, pero, en su lugar, decidió hacer lo que muchos de este mundillo hacen, limpiar las heridas de una carrera repetitiva con una historia blanca, sencilla y, lo más importante, enfocada a un público infantil, y es justamente en esto que se produce la confusión.

Contando con un rostro como el de Downey, el marketing se centró en vendernos que estábamos ante una aventura trepidante que, aunque infantil, podría petarlo en las salas… y la cagó. Si, por ejemplo, el proyecto hubiera salido de estudios de animación como Laika —que ya lo ha hecho con Missing Link— o Aardman —que lo hizo con ¡Piratas!—, lo que nos hubiese llegado a nosotros, el público, era que se trataba de una historia infantil que, aunque pudiese gustar a una parte de lo mayores, su objetivo eran los más pequeños de la casa. Sin embargo, Universal pretendió vendernos como lo que no era y, por lo tanto, las expectativas mataron la película incluso antes de que el verdadero público la hubiese podido descubrir. Realmente, Dolittle es una de esas películas que sirven para que los más pequeños se atrevan a dejar los dibujos animados y pasen a los actores de carne y hueso, y creo que esa misión la cumplen a la perfección.

Es cierto que el clímax de la peli es un pedo de dragón en el rostro de Downey, pero antes de criticarlo, reflexionemos: si tuviésemos diez años ¿nos hubiésemos reído de ello? Segurísimo que sí, así como de las decenas de payasadas protagonizadas por un reparto de animales de CGI que harán las delicias de aquellos que se atrevan a abrir su mente y aceptar que lo que están viendo es un entretenimiento infantil.

Lo curioso del asunto es que esta era una cinta que parecía abocada al fracaso, ya que las precedentes murieron por demasiado presupuesto y poco éxito, desde las discutibles versiones modernizadas de Eddie Murphy —de las que, para horror, hubo hasta tres más protagonizadas por la hija de Dolittle—, hasta la clásica de Rex Harrison de 1967. Por algún motivo alguien pensó que esta vez tendría más suerte, supongo que el rostro de Downey podía llamar a mucha gente, pero desafortunadamente, como he dicho, es una peli que se quiso vender como algo que no era y eso le marcó su camino.

Ahora no me comprendáis mal, la peli no es buena, hay unos cuantos títulos del mismo género que le dan mil patadas, sin embargo, tampoco es mala. Es verdad que el macropresupuesto que se ha utilizado para llevarla a cabo es discutible y que el resultado, por lo tanto, es cuestionable, pero no es tan horrible como se nos ha querido hacer ver. Es una peli tonta, que nos hará reír como los niños que fuimos y, a la vez, nos regalará una hora y media de diversión sin trascendencia, sin necesidad de pensar, y en la que solo importa esperar el siguiente gag.