Ambientada en la era de la Regencia de Inglaterra, la serie nos cuenta como Daphne, la hija mayor de una de las mejores familia del momento, los Bridgerton —de ahí el nombre de la serie—, es presentada en sociedad y debe cumplir con la obligación de conseguir un marido. Sin embargo, agobiada por la emoción de su madre y el excesivo recelo de su hermano, no consigue encontrar a nadie que cumpla con sus expectativas y las de su familia, por lo que Daphne trazará un plan para llamar la atención de pretendientes más adecuados: pactar un noviazgo de mentira con el Duque de Hastings, el soltero más cotizado. De la noche a la mañana, Daphne se convertirá en la joven más solicitada de la temporada, para desventura de su hermano, el cabeza de familia.
Basada en la serie de novelas de Julia Quinn, prolífica autora de este gènero que suma el romanticismo con la ambientación histórica de época, ha llegado a Netflix un producto que tiene toda la pinta de ser una de las sensaciones de la temporada —como su protagonista—, ya que viene de la mano de Shonda Rhimes la exitosa responsable de Anatomía de Grey que, por primera vez en su carrera, se aleja de la ABC —cadena que hasta ahora ha emitido todo lo que ha salido de su productora, Shondaland—, e irrumpe en el streaming mediante Netflix.
Como sucede siempre, las adaptaciones para cine y televisión de historias en papel nunca son exactas, por lo que las diferencias son inevitables y que nosotros nos fijemos en ellas, también. Lo primero que se percibe es un reparto inclusivo, acorde con los tiempos en los que vivimos, por el que llegamos a ver a una reina Charlotte que nada tiene que ver con su versión histórica y, además, ni se menciona en los libros. Algo parecido sucede con el Príncipe de Prusia, que no existe en la versión de Quinn, o Lord Featherington, que si bien es mencionado, no aparece, porque está muerto. Mientras que varios personajes se añaden al elenco, también la trama sufre modificaciones por el bien de la dramatización —y serialización—, el Duque no hace ninguna promesa sobre no tener hijos, Anthony, el hermano de Daphne, es partícipe del pacto entre los dos protagonistas, incluso impone condiciones; no hay ni rastro de la tramas de boxeo —un relleno perfecto para mostrar cacha y alargar el capítulo—; y, por supuesto, se avanza rápidamente en la trama de Lady Whistledown, la investigación de Eloise sobre ella y la revelación de su indentidad, que en los libros tiene lugar en la cuarta entrega. Estos y otros muchos aspectos son eliminados o modificados respecto al libro para aparecer antes de tiempo y, por supuesto, generar expectativas para el público que no ha leído las novelas de Quinn.
Sin embargo, a pesar de estas modificaciones —llevadas a cabo de forma apropiada—, quienes hayan leído las historias sobre los Bridgerton, también disfrutarán de la serie, ya que consigue transmitir lo mismo, la sensación de haber viajado a otra época regida por otras normas.

Del mismo modo, aquellos que ya conozcan a los bridgerton sabrán que la serie está compuesta de ocho novelas —cada una de ellas centrada en uno de los ocho hijos—, siendo esta primera temporada una adaptación de la primera, por lo que todo hace pensar el número de temporadas que podrá tener la serie siempre que funcione para los mandamases de Netflix. Aunque con el eterno precedente de Anatomía de Grey, tampoco sería una sorpresa que pudiera ir a más.
Pero antes de avanzarnos a los acontecimientos, debemos regresar a esta primera temporada y alabar, porque no se puede decir de otro modo, la mágnifica puesta en escena de la alta sociedad londinense de principios del siglo XIX. Mediante el vestuario, los entornos y los cuidados guiones, nos adentramos en un mundo en el que la sociedad era juez, jurado y verdugo —metáforico, claro—, ya que no parpadeará en criticar la falta de perfección, la falta de decoro o el incumplimiento de unas estrictas reglas sociales, a pesar de que formáses parte de ella.
En resumidas cuentas, aunque la serie y los libros guarden grandes diferencias —aunque no sean insalvables—, ambos consiguen darle al público lo mismo: grandes bailes, fastuosidad noble, vestidos fabulosos y mucho, pero muchísimo, romanticismo.