Los duelistas (Ridley Scott, 1977)

May 22, 2018 | Una historia de película

En Estrasburgo, año 1800, a causa de su trastorno obsesivo-duelista, Gabriel Feraud, teniente de los húsares del Ejército Francés, casi mata al sobrino del alcalde de la ciudad en un duelo a espada. Bajo la presión del alcalde, el general de brigada Treillard envía a Armand D’Hubert, también teniente de húsares, a notificar a Feraud que debe permanecer en el cuartel arrestado hasta nueva orden. Como la detención se lleva a cabo en la casa de una prominente dama local, Feraud lo toma como un insulto personal de D’Hubert y lo reta a un duelo, batiéndose, de forma improvisada, con sus sables curvos reglamentarios. A pesar de la ferocidad de Feraud, D’Hubert lo vence. La guerra obliga a detener la disputa, ya que el interés de la Nación prevalece por encima de todo. Seis meses después, en Augsburgo, la disputa se reanuda de nuevo. Feraud inmediatamente desafía a D’Hubert a otro duelo, tan solo empezar le hiere gravemente en el costado, obligando a suspender el duelo. Una vez recuperado D’Hubert, volverán a enfrentarse hasta desfallecer, dejando sin zanjar la disputa. En 1806, los dos vuelven a encontrarse en Lubeck, volviéndose a enfrentar, esta vez a caballo, con el resultado de victoria para D’Hubert. Aunque no volverán a verse las caras hasta 1812, durante la retirada de Moscú, el contexto hará que, en lugar de luchar entre ellos, se vean obligados a enfrentarse juntos a un grupo de cosacos. A pesar del paso de los años y de los acontecimientos históricos, con las dos caídas de Napoleón, ambos personajes, sobre todo Feraud, seguirán obsesionados en concluir el duelo, algo que los llevará a enfrentarse un última vez a muerte.

El duelo de Conrad

Los duelistas, gira en torno a la rivalidad entre dos personajes ficticios, D’Hubert y Feraud. Ridley Scott recurrió a historias y relatos de dominio público para poder realizar esta película, y se topó con una novela breve de Joseph Conrad llamada El duelo. Tal y como nos explica Conrad en la nota que precede el relato: «[El origen de este relato] es muy sencillo. Nace de un párrafo de diez líneas en una pequeña gaceta de provincias publicada en el sur de Francia. Este párrafo, ocasionado por un duelo con resultado fatal entre dos conocidos personajes parisienes, hacía referencia por una u otra razón al conocido hecho acerca de dos oficiales del Gran Ejército de Napoleón que se habían batido en una serie de duelos en medio de grandes guerras y a causa de algún pretexto fútil». Pero detrás de esta rivalidad se escondían dos personas reales: Pierre-Antoine Dupont de l’Étang y François Fournier-Sarlovèze.

El personaje real en el que se inspiró Conrad para crear a D’Hubert fue el General Dupont de l’Étang (1765, Chabanais, Limousine – 1740, París). Fue subteniente del ejército holandés entre 1784 y 1790, y en 1791 entró en el ejército francés. En octubre de 1795 es promocionado a general de brigada, y dirigiendo el departamento topográfico es ascendido a general de división. En 1800 pasó a ser jefe del Estado Mayor de Berthier, combatiendo en el fuerte de Bard y en Marengo, para firmar, después de la batalla, la convención de Alexandría con Melas, y más tarde dirigirá las tropas que invadieron la Toscana. Bajo las órdenes de Ney demuestra una gran habilidad en los combates de Haslach, Albeck y Durrenstein, salvando, en este último, la división Gazan de una situación desesperada. Un año más tarde pasa a servir bajo las órdenes de Bernadotte, venciendo en Halle y Mohrungen. En 1807, participa en la batalla de Friedland, y más tarde se une a las tropas que preparan la invasión de Portugal. El 4 de julio de 1808 es nombrado conde, pero unos días más tarde es herido en la batalla de Bailén, viéndose obligado a rendirse al general español Castaños. Inmediatamente después de ser repatriado, es destituido y encarcelado. Tras la abdicación de Napoleón en 1814 es nombrado ministro de Guerra, lugar que deberá abandonar al retorno del Emperador. Después de Waterloo y la segunda abdicación de Napoleón, se convierte en ministro de Estado siguiendo una carrera política muy activa hasta que se retire en 1832.

Para crear a Feraud, el autor de El duelo, se fijó en François Fournier-Sarlovèze (1773, Sarlat, Dordoña – París, 1827). Sirviendo en el ejército de los Alpes, en 1792 es nombrado subteniente del 9º de dragones, pero al ser un jacobino acérrimo es detenido y encarcelado en 1793, aunque poco después huye pasando a formar parte del ejército del Norte y de Sambre-et-Meuse como jefe de un escuadrón del 16º de cazadores a caballo, siendo destituido en 1794 por cuentas fraudulentas y ausencia ilegal. Readmitido en 1797, se convierte en ayuda de campo del General Augerau sirviendo en Alemania. Al iniciarse el Consulado, es destinado a la reserva, pero es detenido por verse involucrado en el llamado «affaire Donnadieu». A pesar del poco futuro que le espera, una campaña en Martinica y otra en Nápoles, además de la protección de Lasalle, le reportaron la gloria. Como jefe de Estado Mayor de Lasalle, sirvió en Eylau y Friedland, ganándose el grado de general de brigada. En 1809 es destinado a España, donde será conocido como «El Demonio» por los habitantes peninsulares, pero después de agredir a un ayuda de campo, es destituido de nuevo, para poco después ser reenviado a España donde se distinguirá en Fuentes de Oñoro, hundiendo un fuerte inglés. Desde la campaña de Rusia, se distinguirá a la cabeza de una división de caballería ligera hasta que en 1813 es arrestado y destituido de nuevo por tener un altercado con el propio Napoleón. Ya durante la Restauración, regresó al servicio como inspector general, llegando a participar en la redacción del nuevo Código Militar.

Como duelistas, el General Dupont y el Capitán Fournier compartieron una de las más extrañas relaciones en la historia del duelo. Como joven oficial del ejército napoleónico, Dupont recibió la orden de entregar un desagradable mensaje al oficial Fournier, un furibundo duelista. Fournier, ofendido por el mensaje, retó a Dupont. Esto provocó una sucesión de encuentros, librados a espada y pistola, que se alargaron durante décadas. El combate fue finalmente resuelto cuando Dupont pudo superar a su adversario durante un duelo a pistola, forzándolo a prometer que nunca más lo molestaría.

Al comparar la realidad histórica con lo mostrado en Los duelistas —o en El duelo, de Joseph Conrad—, vemos que más allá de los propios enfrentamientos, no hay ninguna similitud entre los personajes reales y los ficticios. La inspiración es más que evidente, ya que tanto Dupont como D’Hubert son de familia noble, mientras que Feraud y Fournier proceden de las clases bajas de la sociedad. Pero por lo contrario, por ejemplo, mientras que D’Hubert es un oficial del 3º de Húsares, Dupont nunca subió a un caballo como miembro de la caballería ligera de la Grande Armée. Del mismo modo que, mientras Feraud cae en desgracia una vez ha terminado el gobierno de Napoleón, Fournier siguió en activo en la vida social y política de la nueva Francia borbónica. Feraud es presentado como un bonapartista radical, pero su alter ego, Fournier llegó a insultar en persona a Napoleón, algo que le valió ser odiado por el Emperador, incluso conspiró contra él cuando era Primer Cónsul. Todo ello nos lleva a pensar que, a pesar de que tanto la novela de Conrad como la película de Scott están bien documentadas y realizadas, como veremos más adelante, los personajes son completamente ficticios. Aún teniendo en cuenta que son ficticios, hay un elemento que es común entre la historia y la ficción, los caracteres de Fournier y Feraud. Ambos fueron desmedidos, en cualquier ocasión buscan hacerse notar por encima de los demás, algo que acarreará problemas a ambos. En varias ocasiones, Napoleón negó recompensar a Fournier por sus actos, ya que el emperador creía que dicha ostentación no era propia de un soldado, y Feraud es finalmente exiliado por sus excesos.

Los húsares

De los diferentes tipos de caballería ligera, los húsares eran los más numerosos en los ejércitos de aquellos días. Sus tradicionales dormanes trenzados, de colores brillantes, les convertían en los soldados más coloridos de los ejércitos napoleónicos. Los húsares se empleaban sobre todo para explorar y se movían libremente por el país desconocido, investigando al enemigo y ocupándose de escaramuzas a pequeña escala donde era necesario. Gozaban de una imagen pícara y una fama de galopar en situaciones imposibles. Esta actitud de ir como si les llevara el diablo la expresa muy bien uno de los comandantes húsares más famosos de la época, el general Antoine Lasalle , que decía bromeando: «Cualquier húsar que no haya muerto antes de los treinta es un canalla». Lasalle murió en acción en la batalla de Wagram cuando tenía treinta y cuatro años. No eran bien recibidos por los civiles, ya que tenían fama de saqueadores. La infame arrogancia de los húsares les resultaba insufrible a sus homólogos de la caballería pesada, quienes por lo general les consideraban inferiores, haciendo que los duelos entre ambos fueran comunes.

El origen de los uniformes de húsar era húngaro, al igual que el de este cuerpo de caballería, y se componían de un dormán con de cinco hileras de botones, una bufanda o fajín —écharpe en francés— formadas por madejas de lana unidas entre ellas, una pelliza bordada y forrada con pieles, pantalones a la húngara decorados con picos o nudos, un par de botas con la caña en forma de corazón, un sable curvo de caballería y una alforja de la caballería ligera. Además llevaban un chacó o un colbac como sombrero dependiendo de su categoría dentro de su regimiento. Iban bien armados con una carabina o un mosquete, además de un sable curvo y ligero. Los húsares eran cuerpo de caballería muy llamativo, pero los colores de los uniformes diferían según el regimiento al que pertenecían. Los colores de los seis primeros regimientos provenían de la tradición del Antiguo Régimen, mientras que los demás fueron creados a partir de la Revolución Francesa. En particular, D’Hubert es miembro del 3º Regimiento de Húsares —cuyo color era el gris con detalles en rojo y blanco—, mientras que Feraud es del 7º —de color verde oscuro, con detalles en rojo y amarillo—, algo que podemos observar claramente en la película. Uno de los detalles que podemos ver con claridad en las primeras secuencias de la película son las trenzas y las coletas que llevan tanto D’Hubert como Feraud. Los húsares franceses, al igual que los austríacos y los prusianos, llevaban bigote y mechones largos trenzados a ambos lados del rostro y la tradicional coleta en la parte posterior de la cabeza. Estos elementos —tomados de los húsares rusos, que a la vez lo habían tomado de los cosacos—, que podrían considerarse algo meramente decorativo, tenían una utilidad, ya que podían desviar un golpe de sable y evitar así que les cortase la cara, una oreja o, incluso, la cabeza.

Bajo la sombra de Napoleón

En Los duelistas, Napoleón no es más que un elemento histórico contextual, es decir, no aparece en ningún momento como un personaje real. A pesar de ello, se puede comprobar que es un elemento vivo de la historia, ya que los personajes hablan de él, lo mencionan, lo defienden o, incluso, lo ningunean.

¿Consiente usted que escupan a Napoleón Bonaparte?
¿Bonaparte? Bonaparte no entra para nada en esto.
¡Cuidado! No le tolero que me haga ninguna observación en la calle.

Con este breve diálogo entre los dos protagonistas en las primeras secuencias de la película, podemos ver como se decantan los personajes en cuanto a Napoleón se refiere. El carácter impulsivo de Feraud lo convierte en un bonapartista radical —a pesar de que Napoleón apenas ha llegado al poder—, mientras que D’Hubert no le da importancia a Bonaparte, incluso llega a mostrarse indiferente respecto a él. Feraud representa al Nuevo Régimen, un tipo de la calle, alguien que ha subido peldaños en esta nueva sociedad que tiene a Napoleón como máximo valedor y heredero de la Revolución. Mientras que D’Hubert representa al antiguo, la aristocracia, que, a pesar de participar con Napoleón en esta nueva Francia, no duda en sobrevivir como ha hecho siempre, fuera quien fuera quien mandara.

Durante toda el film, estas dos actitudes ante el emperador serán constantes. D’Hubert, a pesar de luchar bajo las órdenes de Napoleón, lo ve como un líder más, y no lo tiene en consideración, ya que incluso cuando se ha casado y su suegro insiste en que opine sobre él, D’Hubert esquiva el tema dejándonos claro que Napoleón no le importa para nada. En cambio, Feraud, no pierde el fervor en ningún momento, siempre está listo para luchar a favor de Napoleón, tanto si es porque el hijo de un alcalde ha insultado a Napoleón, como si el emperador vuelve de Elba, el estará preparado para ofrecerle su vida. Tan importante es Napoleón para Feraud, que no dudará en convertirlo en el motivo del enfrentamiento que mantiene con D’Hubert.

Dijo: por mi pueden escupir al uniforme de Napoleón Bonaparte. D’Hubert es un chaquetero, no siente por el emperador.

Incluso, después de que se lleven a Napoleón a Santa Elena, Feraud da su nombre libremente como bonapartista para que lo incluya en la lista negra, los nombres que aparecen en la cuál son exiliados, arrestados y/o ejecutados.

Además de esta presencia contextual del personaje de Napoleón, podemos hilar más fino y deducir que el pequeño corso es representado en los dos personajes principales, D’Hubert y Feraud. Ambos encarnan cualidades conocidas del emperador, pero completamente opuestas, llevando a interpretar el duelo entre dos personas como la lucha entre dos facetas de la personalidad de Napoleón. Mientras que D’Hubert es tranquilo, inteligente y calculador, Feraud es agresivo, ansioso y violento; pero ambos comparten algo por lo que Napoleón se caracterizó toda su vida, la ambición. D’Hubert es el Napoleón matemático, estudioso y diplomático, a pesar de que quiera el poder lo consigue mediante el cálculo de posibilidades, asciende en el escalafón militar por sus gestas pero también por su valía en la estrategia militar. Podría ser el Napoleón de los inicios, justo hasta que llega a ser primer cónsul, que se ve llevado a la cúspide del poder sin hacer nada más que su trabajo. Por su parte, Feraud es el Napoleón con poder, agresivo tanto en los despachos como en el campo de batalla, busca el ascenso, al igual que D’Hubert, pero mediante la fuerza, y también lo consigue, pero esta forma lo lleva a la obsesión de vencer siempre. Feraud sería el Napoleón primer cónsul y emperador, cada vez más ambicioso pero menos calculador y precavido. El mensaje que se puede obtener después de apreciar esta distinción de caracteres de una misma persona, no es que una sobrevive a la otra, porque D’Hubert, a pesar de conseguir derrotar a Feraud, no lo mata, sino que le permite vivir, pero en el olvido; es decir, las dos facetas de Napoleón están enfrentadas siempre, toda su vida, pues una no podría existir sin la otra. Pero mientras la que encarna D’Hubert es la triunfadora —la que pudo haber sido y no fue—, la de Feraud es la derrotada —la que sucedió realmente—, ya que su ambición le ha llevado al fracaso y al olvido final. Dicho olvido es apreciable en la secuencia final de la película, en la que Feraud, de espaldas a la cámara, observa la salida de sol, al igual que Napoleón hizo recluido en Santa Elena cuando; incluso la silueta del bicornio y la levita hasta los pies nos hace pensar en el emperador destronado.

Es por ello que, en esta película, la importancia de Napoleón no reside en que papel juega en el argumento, sino más bien que papel juega en las vidas de los personajes. En Los duelistas, vemos a militares como D’Hubert, que escogen una forma más moderada, y la presencia del emperador les influye tan solo al estar forzados a luchar en una guerra tras otra. Por otro lado, existen soldados como Feraud —igual que el grupo de bonapartistas que se reúnen para preparar el retorno de Napoleón—, a los que el destino del corso les afecta directamente. Feraud pasa de ser un general de cierto renombre durante las campañas napoleónicas, a ser un prisionero de su propio país. En realidad, las políticas belicistas de Napoleón afectaron a todos los escalafones de la sociedad, no había familia que no tuviera un marido, un hijo o un padre en la guerra, por lo que esta sociedad vivía por y para la guerra. Un ejemplo de esto es el personaje de Laura —creado a propósito para la película—, que es una «mujer-soldado», unas mujeres que seguían a las tropas a los que entretenían, divertían y satisfacían de todas las maneras posibles, y siempre iban cobijadas por el tipo de protector que hacía las veces de marido y amante.

A pesar de que personajes como Feraud o Laura se ven claramente marcados por el destino del emperador, otros, como Fouché, que fueron ministros nos demuestran que si se posee cierta habilidad se puede sobrevivir a cualquier contratiempo que la historia nos presente. Debemos recordar que Fouché voto a favor de la muerte de Luis XVI, fue ministro de la policía durante la Revolución y bajo el reinado de Napoleón, y volvió a las cimas del poder francés bajo Luis XVIII.

En definitiva, en Los duelistas vemos como la importancia de Napoleón no reside tan solo en su presencia, sino también en la sombra que extendía por encima de toda la sociedad.

En busca de la ambientación perfecta

Scott se topó con el relato de Conrad cuando buscaba material para realizar su primer largometraje —antes había escrito, junto a Gerry Vaughan-Hughes, The Gunpowder Plot, una película basada en la conspiración de la pólvora de principios del siglo XVII, orquestada por Guy Fawkes, pero no había encontrado financiación para realizarla—, y con el nuevo guión de Vaughan-Hughes bajo el brazo, consiguió apoyo económico de Paramount, que lo financió con novecientos mil dólares.

Pese a que el presupuesto con el que contaba Ridley Scott para realizar esta película era muy pequeño, gran parte de él se destinó a la ambientación. Además, hubo un esfuerzo desmedido en buscar localizaciones adecuadas para mostrar la era napoleónica lo más cuidadosamente posible. Pero los elementos que destacan y, a la vez, sirven para mejorar la ambientación hasta los umbrales de la excelencia es el atrezo y el vestuario.

Buscó los exteriores en la Dordoña, concretamente cerca de Sarlat, donde había acontecido la historia de dos soldados del ejército napoleónico en la que Joseph Conrad se había inspirado para escribir El duelo. Todos los escenarios que vemos en la película, desde el lugar del duelo inicial al castillo en ruinas del final, son escenarios reales, como el mismo afirma: «busqué los exteriores en primavera y eran magníficos, pero como tardamos en reunir el dinero, las hojas se había caído. Llegué y pensé: ¿Qué ha pasado? Me di cuenta de que era una ventaja, porque era precioso. Y porque era lo opuesto de lo que yo quería, que era de una belleza exuberante. De algún modo, parece más austero y, por tanto, queda mejor».

A pesar de que la construcción de escenarios le era imposible, Ridley Scott levantó alguna tienda para rodar alguna escena, como en la que Feraud hace pulsos con sus compañeros. En esta escena, gracias a un juego con el ángulo de visión, parece que se encuentren en un campamento enorme, pero, en realidad, todo lo que Scott tenía para rodar esa escena está a la vista.

Uno de los sellos distintivos de la película es la iluminación interior. La primera intención de Ridley Scott era rodar a la luz de las velas, como había hecho Stanley Kubrick en Barry Lyndon, pero el ajustado presupuesto de Los duelistas no permitía la adquisición o el alquiler de las lentes y cámaras necesarias para poder rodar en esas condiciones. Por ello, en ningún momento hay una preocupación por la cantidad de sombras, por que el negro destaque, ni por que hubiera una explosión de luz, dando lugar a una belleza sobrecogedora de las secuencias interiores. Si los interiores son magníficos, los exteriores son deslumbrantes, son como pinturas vivas muy coloristas que permiten transmitir al espectador la tensión de la escena.

Como hemos dicho, una parte muy importante de la película es el vestuario. Siendo ciegamente fiel a la época, se destinaron miles de libras de la época a la confección de vestidos y uniformes tanto en el Reino Unido como Italia. Donde, como el propio Ridley Scott nos explica, aprendió una gran lección de cine: «yo pago por el vestuario, pero son propiedad suya. Me puse furioso. El vestuario de estos dos tipos en aquella época costaban 19.000 libras. Dije: ¿Cómo que son propiedad suya?. Dijeron: Ése es el trato». Pero valió la pena, ya que es el vestuario el que consigue hacer creer al público que está viendo una película de época.

Como el vestuario, otro elemento vital de la película son los duelos y el atrezo utilizado en ellos. El director de combates, Bill Hobbs, creo una especia de coreografía magnífica, en que se puede apreciar la tensión dramática, yendo más allá del «baile» de espadas, es un diálogo entre dos personajes con dos espadas. A excepción del primer duelo, en el que se utilizaron antenas de coche, en el resto de la película se utilizaron espadas reales. Incluso en los duelos, las espadas utilizadas eran reales, creadas por un maestro armero como reproducciones exactas de la época. Además los dos actores, Harvey Keitel y Keith Carradine, pusieron mucho esfuerzo en el rodaje de los duelos. A parte de prepararse previamente para realizarlos, decidieron luchar con piezas de acero auténticas, cuya única diferencia respecto las reales era que en este caso no estaban afiladas, sin dejar de ser piezas de acero muy peligrosas, pero el peso que tenían hacía mucho más realista la interpretación, sin ir más lejos, el cansancio de los actores es real, por ejemplo.

Al igual que los sables y todas las espadas que se ven en la película, la producción encargó hacer o alquilar pistolas. Las cuatro pistolas del duelo final fueron, en palabras del propio Scott «los elementos más caros de la película», ya que cada una valía alrededor de diecisiete mil libras.

Los duelistas como fuente histórica

Al tratarse de un ensayo pictórico de la era napoleónica, inspirado en los grabados y pinturas de la época, puede ser una fuente muy interesante para ver como era el día a día de los franceses bajo el mando de Napoleón. Esta película sirve para observar como era la vida cotidiana de los soldados, hay numerosas secuencias de tipo costumbrista, en las que vemos cuál era la disciplina que seguían, cómo se comportaban, dónde dormían, o qué comían. Pero el retrato de la cotidianidad no se limita a los militares, ya que también aparecen escenas —cuando D’Hubert ya se ha casado, por ejemplo— en que la protagonista es la aristocracia; o en que la protagonista es la clase más baja, enfocada en torno al personaje de Laura, que nos muestra como la sociedad era supersticiosa y cuyo destino esta marcado por los avances de la guerra.

Del mismo modo, podemos ver como la sociedad, o una parte de ella —en este caso los militares— concebía a Napoleón. Podemos ver como había partidarios radicales de Napoleón, como el propio Feraud, gente que se mostraba en contra como el suegro de D’Hubert y otros nobles; y otros, como Fouché, que sobrevivieron al emperador cambiándose de bando tantas veces como fuera necesario.

A pesar del poco presupuesto con el que contaba, Ridley Scott consiguió crear un retrato fidedigno de una época, superando los límites del retrato pictórico para ofrecernos una fuente documental excelente que no tan solo gira en torno a la vida cotidiana, sino que también nos muestra la vida de los soldados y todo cuanto les rodea. Sin duda alguna, Los duelistas es una pieza fundamental para cualquier estudio histórico-cinematográfico de la era napoleónica.