No es ningún secreto que el western europeo o, como es más conocido, el spaghetti western, cambió la manera de hacer y de ver cine que había hasta entonces —de una forma muy parecida a lo que ha tenido lugar con el cine de superhéroes—, no solo en cuanto a la manera realista de contar las historias —alejándose de esos westerns americanos «limpios» de Gary Cooper y John Wayne—, sino también a la hora de utilizar enfoques de cámara más atrevidos, con esos primeros planos de frentes sudorosas, acelerando el ritmo y la sangre de los tiroteos, así como incluir auténticas obras de arte musicales —muchas de ellas fruto de las manos de Ennio Morricone— que han superado el paso del tiempo y, aún hoy, siguen transmitiendo los mismos sentimientos. Pero, a lo largo de los centenares de películas que se realizaron, una de las muchas virtudes que tuvo el spaghetti western fue presentarnos a todo un amplio elenco de personajes de todo tipo: héroes sin miedo, villanos enloquecidos, ladrones de poca monta, etcétera, etcétera y un muy largo etcétera. Sin embargo, algo por lo que destacó fue porque muchos de estos personajes perduraron más allá de las historias de las formaban parte. Como si Johnny Depp participara en otras películas de piratas, pero siempre interpretara al mismo perfil de personaje, se llamase o no Jack Sparrow. Es como lo que sucedió con ese ronin desarrapado, mal afeitado y deslenguado pero ingenioso y muy hábil con la katana que interpretó Toshiro Mifune en muchas ocasiones —muchas de ellas de la mano de Akira Kurosawa—, creando no solo el personaje de una película —no importa si en Sanjuro, Yojimbo o en cualquier otra—, sino uno que traspaso los fotogramas insertándose en el imaginario del público, dando lugar a la imagen que hoy tenemos de un samurái sin señor.

Pero a diferencia de otros muchos géneros en los que esto se dio en pocos casos, en el spaghetti western fue una tónica que dio lugar a una identificación casi irrompible entre el actor y el personaje. En este sentido es innegable que en el cine europeo —de raíz italiana pero cuyas ramas se extienden por Francia, España, Alemania y Austria— ha dado una larga lista de nombres propios que bien podrían valer para formar parte de este «olimpo» de héroes —o antihéroes, según se mire— mugrientos y sin escrúpulos, tales como Eli Wallach, Giuliano Gemma, Frank Wolff, William Berger, Mario Brega, Eduardo Fajardo, Klaus Kinski, Luigi Pistilli, Fernando Sancho, Aldo Sambrell… y podríamos continuar enumerándolos, pero lo que diferencia a estos de los auténticos «escogidos», es que aunque fueron habituales, incluso más que cualquiera de mis «magníficos», no dejaron la misma impronta en el imaginario popular. Por ejemplo, aunque Klaus Kinski es identificable en cualquier película en la que aparezca, siempre será Klaus Kinski pero no un villano en concreto; algo similar le sucede a Eduardo Fajardo, que siempre fue un villano elegante, pero cuyas características fue variando según la ocasión; del mismo modo que Giuliano Gemma, que siempre fue el héroe «guapo» pero carente de algo que traspasara el fotograma; por no hablar de Frank Wolff o Luigi Pistilli, grandes secundarios que no se perdían una, pero que tanto podían interpretar al más cruel de los villanos como a un simple granjero o a un párroco.

Partiendo de este único criterio y de la trascendencia que tuvieron las películas de las que formaron parte, creo no equivocarme al escoger los siete magníficos del spaghetti western… que en realidad son ocho, pero no nos adelantemos y empecemos por la elección más lógica.

 

Clint Eastwood, el «hombre sin nombre»

No estaríamos hablando del spaghetti western ni no fuera por Clint Eastwood y los personajes que interpretó bajo las órdenes de Sergio Leone en la famosa Trilogía del Dólar. La impronta que dejaron la pareja de actor y cineasta fue tal que, después, nadie llegó a la misa calidad… excepto el propio Eastwood, que fue el auténtico importador del cine europeo a Estados Unidos, ya que fue el que se atrevió a romper las normas de los «valores americanos» que siempre se mostraban para presentar personajes más egoístas y ambiguos, en una historias en las que el bien y el mal se separaban por una finísima línea de color rojo… sangre. Pero todo ello empezó con el famosísimo «hombre sin nombre» que se presentó en las tres películas de Leone, un hombre que, aún siendo el héroe, en ningún momento estaba muy claro de si era el bueno o el malo —a no ser que hubiera uno aún más malo—, solo interesado en el dinero, al perseguir las recompensas que pendían sobre el cuello de muchos otros, sin ningún tipo de escrúpulo y sin un pasado que pueda justificar sus actos. Además, dejando a un lado el perfil psicológico, la figura de cadera ladeada cubierta con un poncho, un cigarro entre sus labios y el ceño fruncido es, hoy en día, un referente en cuanto a personajes del oeste se trata, superando a las insignes de John Wayne o Gary Cooper.

Por si eso fuera poco, este personaje no terminó en las películas de Leone y el spaghetti western —donde el relevo de Eastwood fue tomado por otros actores como Charles Bronson—, sino que el actor americano se lo llevó con él y no tuvo miedo de seguir explorando la naturaleza salvaje y realista de este personaje en películas como Infierno de cobardes —uno de los westerns más sanguinarios— o El jinete pálido.

 

Lee Van Cleef, el caballero negro

Cuando Lee Van Cleef llegó a Almería para rodar La muerte tenía un precio, no era un joven en busca de una oportunidad para lanzar una carrera, sino un hombre que ya había demostrado lo que valía en películas como Solo ante el peligro o El hombre que mató a Liberty Valance, y había optado por retirarse de la actuación y se ganaba la vida pintando cuadros. Por lo que cuando se incorporó al elenco del joven spaghetti western, en seguida se hizo un hueco entre los grandes gracias a su forma de actuar frente a las cámaras, su imponente figura y su penetrante mirada, perfilándose, en seguida, como el antihéroe por antonomasia, ya que bien podía ser el villano perfecto, como demostró en películas como El bueno, el feo y el malo, o un todo un héroe, como en Oro Sangriento, interpretando a uno de sus personajes más reconocidos, el cazarrecompensas Sabata, o incluso los dos a la vez, como en El día de la ira. Ahora bien, aunque el personaje de Sabata es digno de mención, sin duda alguna a Lee Van Cleef no le hizo falta nunca tener que valerse de un personaje, ya que supo tejerse un perfil muy característico. Bajó un sombrero de ala ancha y elegantemente vestido de tonos oscuros, representó a esos personajes que tenían cierta distinción, hasta cierto punto refinados entre los andrajosos delincuentes que los rodeaban, pero no por ello eran menos duro o cruel, ni tampoco lento con ese revólver que llevaba enfundando en el centro de su cintura, en lugar de en una cadera… todo un ejemplo de elegancia, ya que todo el mundo sabe que una canana a un lado hace arrugas en la chaqueta. Dando, como resultado final, lo más parecido a un caballero —desde un punto de vista de gentleman inglés o sureño— negro —tanto por sus indumentarias como por sus motivaciones—, y un de los hitos del género.

 

Tomas Milian, el revolucionario

A lo largo de toda la historia del spaghetti western ha habido decenas de actores que han interpretado a los «harapientos» rebeldes mexicanos surgidos de las historias más pulp, pero hubo uno que destacó entre todos ellos, Tomas Milian. Este actor cubano que desembarcó en Europa después no poderse labrar una carrera en América, en seguida consiguió valerse de su talento y su histriónica interpretación para dar vida a los más alocados personajes del western europeo. Desde revolucionarios mexicanos de tres al cuarto a japoneses pasados de vueltas, Milian no le hizo ascos a nada, pero sin duda, entre todos sus personajes, el que lo alzó entre los mejores del spaghetti western fue el que interpretó bajo las órdenes de Sergio Sollima en El halcón y la presa —junto a Lee Van Cleef— y en ¡Corre, Cuchillo… corre!, y ese no es otro que el gran Cuchillo. Este ladrón de origen mexicano con un sentido de la moral discutible, andrajoso, sucio y de manos rápidas, se ganó su sobrenombre al utilizar siempre, por encima de cualquier arma de fuego, un cuchillo, con una habilidad que demuestra sin miedo frente a los más rápidos del oeste. A pesar de ello, no debemos olvidar que Milian fue uno de los grandes camaleones del género, ya que, como ya hemos mencionado, podía interpretar cualquier personaje, como El Vasco, tal vez su mejor contribución al género. En este caso, dio vida a un revolucionario mexicano de origen, evidentemente, vasco, cuya forma de ser, alocada, interesada y temeraria, sirve como contrapunto perfecto al elegante y refinado Peterson, interpretado por Franco Nero, del que, indudablemente, también hablaremos.

 

Gian Maria Volonté, el psicópata

Bien es cierto que Lee Van Cleef es uno de los grandes villanos del western, al igual que lo fueron Eduardo Fajardo o Jack Palance, sin embargo, la ambigüedad —elemento clave en el género— permitía que fueran personajes que libres de pasar de un lado a otro de la ley; en cambio, cuando estamos hablando de los auténticos «malos» del spaghetti western, no podemos dejar de pensar en el rostro de Gian Maria Volonté. Este actor italiano, cuya fama reside en género que tenemos entre manos, pero cuyo talento quedó plenamente demostrado en películas como Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha, y en unos papeles en los que profundizaba hasta el extremo. Pero centrándonos en los personajes que interpretó en Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio, Quién sabe? Yo soy la revolución o Cara a cara, en seguida comprobamos que es uno de esos villanos que no pueden resultar ambiguos, ya que su predisposición a hacer el mal es innata en ellos. Normalmente dio vida a un perfil de bandolero mexicano trastornado por naturaleza, neurótico, de corte revolucionario, pero cuyos actos eran tan impredecibles que se convertía en el más peligroso de los forajidos que poblaron el desierto de Tabernas. El Indio o Ramón Rojo son personajes que jamás te caerán bien como otros villanos —como los interpretados por Eli Wallach o Tomas Milian—, pero es que tampoco lo pretenden, ya que lo único que buscan es perturbar al espectador con una interpretación profunda y dramática llevada a cabo con brillantez por el actor. En este sentido, podríamos asemejarlo a las interpretaciones de Klaus Kinski, aunque el actor polaco nunca hizo demasiada gala de ellos en este género. Tenemos que ser sinceros al admitir que el talento que derrocha Volonté ante las cámaras supera, con creces, a cualquiera de los otros actores nombrados en este artículo, y no era para menos, ya que se lo consideró uno de los mejores actores europeos de su generación; por lo que es casi un honor poder hablar de él al referirnos a los villanos más aterradores que el spaghetti western puede ofrecernos.

 

Bud Spencer y Terence Hill, los caraduras

Como ya he dicho un poco más arriba, estos siete magníficos del spaghetti western, en realidad, son ocho, pero es que a estos dos es difícil separarlos. A pesar de que iniciaron sus carreras de formas muy diferentes, el destino los unió en 1967 en Tú perdonas… yo no, dando lugar a dos de los personajes más carismáticos del spaghetti western, Trinità y Bambino. Ataviados con ropas sencillas y con una gruesa capa de polvo que los convierte en los cowboys más desarrapados a este lado del Atlántico; aunque ambos son rápidos con sus armas —no importa si con la derecha o la izquierda—, esta extraña pareja de hermanos no le hace ascos a una buena pelea a puñetazo limpio porque, aunque los demás no sepan, ellos siempre tienen las de ganar.

A pesar de que estos personajes —que cruzaron incluso la frontera del spaghetti western—, siempre estuvieron ligados a sus actores, no necesariamente lo estuvieron entre ellos, ya que mientras que el gamberro de Trinità, pasó a llamarse Nessuno en Mi nombre es Ninguno junto a la larga sombra del gran Henry Fonda, el bueno de Bambino también repartió unos buenos mamporros en Un ejército de cinco hombres o Una razón para vivir y una para morir, compartiendo aventuras con actores de la talla de James Corburn, Telly Savalas o Peter Graves. Sin embargo, al igual que se puede considerar que Sin perdón es el epílogo de la historia del «hombre sin nombre» de Eastwood, Bud Spencer y Terence Hill tuvieron su propia despedida en Y en Nochebuena… ¡se armó el Belén!, de 1994, aunque con un tono menos «crepuscular».

 

Gianni Garko, el tahúr

Para ser sinceros no sé cuál fue antes, si Sartana o Sabata, si nos fijamos en las fechas de estreno, el primer Sartana fue interpretado por Garko en Baño de sangre al salir el sol de 1966, pero poco tenía que ver con el personaje que vio la luz en 1968 en Si te encuentras con Sartana… ruega por tu muerte, y al que inmortalizaría al actor italocroata, por lo que nos hace pensar que Sabata es su copia, pero el hecho de que Lee Van Cleef sea mayor, siempre me ha hecho verlos como padre e hijo, y teniendo en cuenta que ambos nacieron de la mano de Gianfranco Parolini, es de suponer que, en realidad, tanto monta, monta tanto. Sin embargo, si por su parte, como ya hemos visto, el «caballero negro» tuvo la oportunidad de dar vida a muchos personajes, todos ellos notables, Garko destacó, precisamente, por ser el rostro de este otro gentleman del oeste. Ataviado de negro, con la corbata roja a juego con el forro de su gabán, se dedicó a cazar malhechores gracias a su pequeño Derringer y un portentoso y amplio abanico de recursos complementarios; desde la dinamita a una ametralladora escondida en un órgano de iglesia… todo un as en la manga. Además, a diferencia de Sabata, Sartana es un hábil tahúr que puede tomarle el pelo a cualquiera que se lo intente tomar a él, dejando en evidencia los trucos y las trampas usadas en los casinos de cuantos pueblos explora. En este sentido, creo que no me equivoco al decir que podríamos considerarlo el hermano elegante de Trinidad y Bambino, o el hijo caradura de Lee Van Cleef.

 

Franco Nero, el extranjero

Aunque su ascenso como estrella del cine vino de la mano de Sergio Corbucci en uno de los grandes spaghetti western, Django —que le ha valido la inspiración a Tarantino y un pequeño papel al actor italiano—, Franco Nero se convirtió en el perfil perfecto para ser el extranjero de todas las historias de este oeste ubicado a medio camino entre Almería e Italia. Aunque su parecido con Terence Hill es más que notable —que a este le sirvió para interpretar a un sucedáneo de Django en El clan de los ahorcados—, mientras que el veneciano siempre jugó un rol «americano» en las películas, Franco Nero interpretó todo tipo de papeles, decantándose siempre por un perfil europeo y, hasta cierto punto, noble. En ese sentido, son destacables sus personajes como el polaco Sergei Kowalski en Salario para matar, el de Yodlaf Peterson, de origen sueco, en Los compañeros o el de príncipe ruso Dmtri Vassilovich Orlowsky en ¡Viva la muerte… tuya!. A pesar de personajes completamente diferentes, Franco Nero los inmortalizó con esa sonrisa de pillo tan característica e imperturbable, con grandes bigotes y barbas rubias y elegantemente vestidos —sea con traje o con uniformes de campaña de estilo europeo—son personajes que no perdían los nervios jamás —o pocas veces— y siempre tenían un as bajo la manga para salir con vida de las situaciones más rocambolescas imaginables. Además, tenían la particularidad de ser presentados como auténticos mercenarios sin ningún tipo de escrúpulos, pero que, a la hora de la verdad, eran leales y con sentido de la moral muy noble en un escenario tan inhóspito como el del spaghetti western.

Como habéis podido ver solo con estos siete —u ocho— personajes —a los que, como ya he dicho anteriormente, se podrían sumar muchísimos más—, el imaginario del spaghetti western es uno de los más amplios y nutridos de la historia del cine, con un sinfín de tópicos y recursos narrativos dignos de las mentes más originales. Bien es cierto, que la excesiva explotación de este género —llevada a cabo sin ningún tipo de reparo—, lo condujo a la ruina y a la desaparición, al abusar de situaciones demasiados exageradas e histriónicas, y de un humor absurdo que, poco a poco, destruyó la tensión y el suspense de sus duelos; pero, por suerte, por el camino dejó auténticas obras de arte que, aún hoy, casi cincuenta años después, siguen demostrando cómo debe ser un western: una mezcla explosiva entre grandes personajes, muchos disparos y una historia plagada de ambigüedades en las que no importa dónde estén el bien y el mal, sino conseguir el botín más grande posible.