
No tengo otro modo para empezar este artículo que hablar de la sorpresa que me produjo descubrir que se estrenaba una serie de Lucky Luke y que, además, lo hacía, nada más y nada menos, que en la plataforma de streaming de Disney. Ajeno a las noticias y a los avances previos, descubrí su estreno el día que estaba disponible, y ese mismo día ya estaba viéndola.
La historia de partida es sencilla, casi anecdótica. Todo empieza cuando, mientras sigue lidiando con los peores forajidos del Oeste, en el camino de Lucky Luke se cruza una jovencita llamada Louise Willow que lo persigue con pretensión de matarlo porque cree que el llanero solitario ha secuestrado a su madre Charlie. Tras aclarar que Luke jamás haría nada por el estilo, este se presta a ayudarla, sobre todo cuando descubre que ella es hija de una vieja conocida suya. A partir de aquí, la curiosa pareja recorrerá el Oeste tras la pista de Charlie, salvando los obstáculos que se les presenten como puedan, sobre todo porque Louise del Oeste solo conoce lo que ha leído en los fantasiosos libros «autobiográficos» de Calamity Jane.
En primer lugar se debe aclarar una cosa: adaptar al cine de acción real un cómic de Lucky Luke no es complicado, es complicadísimo, del mismo modo que lo es hacerlo de otros personajes como Astérix, Spirou, el Marsupilami y ese largo etcétera de nombres tan conocidos del cómic francobelga. Por lo que, a priori —y en la mayoría de casos, también a posteriori— tiene pinta de fiasco. Por fortuna, este no es el caso, pero si no es así, es porque los responsables han comprendido las diferencias de los medios. La fantasía que los autores y dibujantes de los cómics ponen en sus viñetas es imposible de trasladar a la gran pantalla sin caer en la sensación de que se trata de una historia para niños o demasiado «imposible» para parecer creíble cuando no son dibujos lo que se mueve.
En este sentido, la serie se excusa por las diferencias con la obra original de Morris y Goscinny excusándose al presentarlo todo como un «homenaje». Y lo es, ya que se toman los personajes y se adaptan para hacerlos encajar, la esencia está allí, pero otros elementos clave se diluyen por el camino. Si bien conserva cierto deje humorístico —propio de toda la obra de Goscinny—, este queda en un segundo plano en favor de la búsqueda de mayor realismo a la hora de narrar las historias, acercándose a la conceptualización que se hizo para la cinta de Blueberry de 2004, aunque de manera más acertada. Se admite que se trata de Lucky Luke y que este tiene que cumplir ciertos parámetros, por lo que ciertos elemenos más «realistas» se dejan en el tintero.

Habiendo aclarado este pequeño pero importante detalle, podemos pasar a hablar de la serie que tenemos entre manos. Ocho episodios de media hora, hacen de esta una serie rápida y concisa, no se va por las ramas, no hay relleno y podemos hablar casi de una película muy larga —dura menos que algunas trilogías completas—, dando lugar a un ritmo trepidante que te permite verla casi del tirón. Además, las escenas de acción son constantes y buscan el espectáculo, los disparos, las explosiones y todos los movimientos recuerdan a los mejores momentos del Fort Frenzy —sí, ese espectáculo de Port Aventura que ahora no tiene caballos—, combinados por eso que ahora parece a punto de perderse que es la magia de los especialistas de cine, como los que aún perviven en el desierto de Tabernas, Almería.
Y es que sí, esta serie se ha rodado en los escenarios en los que una vez vivió el Spaghetti y el Chorizo Western, adscribiéndolo a ese género tan querido en nuestras tierras como lo es el western europeo. Pero eso no solo se nota por los escenarios, sino también por la suciedad, el polvo y la mugre que cubren a todos los personajes, ese western sucio regresa en contraposición al brillante de John Wayne. Por si esto no fuera suficiente, tenemos una música que si bien no es memorable, si que encaja a la perfección porque recurre a los silbidos, a las armónicas y al estilo de orquestación de Ennio Morricone, retomando, una vez más, el concepto de homenaje, no solo a Morris y Goscinny, sino a una manera de hacer western.
Estamos ante un ejercicio de humanización de los personajes y de las tramas. Es decir el realismo no está tanto en lo que sucede, sino en cómo lo sienten los protagonistas. Es por ello que, en lugar de intentar encajar la trama en la cronología oficial del personaje, se sirve del antes y del después, situando la historia en un supuesto futuro después de las aventuras del cowboy, en un ejercicio casi de «¿qué pasaria si…?», en el que los años han pasado, los villanos como Joe Dalton y Billy el Niño ya no lo son tanto, y se convierten en una suerte de viejos conocidos que los ayudan e, incluso, se sientan con aire nostálgico recordando antiguas aventuras. Por decirlo de algún modo, esta serie, a diferencia de otras películas que se han hecho antes, no busca tanto el encajar todas las piezas que hicieron grandes a los cómics, sino narrar una historia alternativa que nos haga evocar las originales.

Lo curioso de todo el asunto es que cuando alguien conocedor del mundo de Lucky Luke ve la serie no puede evitar pensar en el cómic de Matthieu Bonhomme, El hombre que mató a Lucky Luke, por la combinación entre realismo y un enfoque narrativo diferente, aunque luego haya varios capítulos que se basen en aventuras escritas por Morris y Goscinny, como Lucky Luke contra Joss Jamon, El juez y El Emperador Smith. Y es que la conexión con el personaje de Morris es indiscutible, ya que no a parte de relaciones argumentales y la aparición de personajes como los Dalton o Calamity Jane, también tienen sus momentos de gloria otros como Ran Tan Plan e, incluso, el debate sobre los cigarrillos y las hebras de paja. Un buffet libre para los amantes del universo westerniano del cómic francobelga.
Llegados a este punto os habréis dado cuenta de que he pasado por alto un tema peliagudo en las adaptaciones live action de los cómics, o mejor dicho, «el tema», que no es otro que la elección de los actores. En el caso de Lucky Luke han pasado por su piel nombres como Jean Dujardin, Til Schweiger y el gran Terence Hill, ninguno sin demasiado éxito. Pero es que la elección de elección de actores para personajes tan arquetípicos como el cowboy, Tintín o Astérix es, cuanto menos, difícil, ya que tienen que coincidir parecido físico y talento interpretativo, y son pocas las veces que ocurre eso, y no siempre se tienen los recursos de Spielberg y Peter Jackson para hacer un Tintín a medida. Desafortunadamente, en el caso de esta serie, el problema persiste, ya que Alban Lenoir, aunque entregado al papel, no termina de cuajar. Sin embargo, aunque no logra alcanzar al personaje perfecto de Morris y Goscinny —y su deje de tipo duro a la francesa tampoco ayuda—, sí que es perfecto para este Lucky Luke en particular; porque sigue siendo el más rápido, pero tiene debilidades, está herido e, incluso, no puede disparar siempre que quiere, sea por falta de pistola, de balas o, simplemente, por que le duele mano. Así que si no nos ponemos demasiado estrictos, Lenoir aprueba como Lucky Luke, sin ser un sobresaliente, pero sale bien del paso.
Como he ido apuntando todo el rato, esta serie sirve como una suerte de prólogo y, sobre todo, de epílogo de las aventuras del cómic, ya que, para remate final, en ningún momento veremos al solitario cowboy adentrándose en el desierto, o, al menos, no de la manera que nos tenía acostumbrados en la viñeta final de cada álbum.
La serie de auspiciada por Disney+ no supone un reinvento del personaje ni tampoco su mejor adaptación —en realidad tampoco es la peor, es una más—, sin embargo si vamos con la mente abierta se deja ver bastante bien. Si, además, somos habituales de la BD, del personaje y del western europeo, estamos ante uno de los estrenos del año, ya que demuestra saber encajar a la perfección todo el bagaje del western y condensarlo en apenas cuatro horas. No es imprescindible, pero muy disfrutable.
